domingo, 26 de mayo de 2013

...so why don't you kill me?

Los Cuatro reaccionan con fuerza a las personas que activan ese deseo de reflejarse, de ser vistos y valorados por quienes son. En el fondo, siempre buscan a la madre y al padre que creen que no tuvieron. Es posible que idealicen a otras personas como «salvadores» que los rescatarán de su lamentable situación. Pero con la misma facilidad suelen .sentirse decepcionados y furiosos con los demás por abandonarlos o por no ver como es debido sus sufrimientos y esfuerzos personales. Consideran a la otra persona fuente de amor y belleza, cualidades que ellos creen no tener, lo cual los expone a la expectativa de que sea la otra persona quien los complete y al miedo terrible de ser abandonados.

Debido a las dudas sobre su identidad, tienden a jugar al «escondite» con los demás: se esconden, pero con la esperanza de que se advierta su ausencia. Intentan ser misteriosos e inspirar curiosidad, para atraer a alguien que se fije en ellos y los redima con su amor. Pero la ocultación y la revelación se alternan, y se pueden expresar con tal intensidad y necesidad que, sin darse cuenta, ahuyentan al ansiado salvador. Mientras no reconozcan esta pauta y vean lo poco realistas que son sus expectativas para con sus íntimos, corren el peligro de alejarlos con sus exigencias emocionales.

[...]Suelen quedarse atrapados en comparaciones y sentimientos negativos debido a su tendencia a imaginar la reacción de las personas en lugar de hablar con ellas para descubrir qué es lo que piensan en realidad. La envidia facilita que se decepcionen a sí mismos y que proyecten esa decepción sobre los demás, suponiendo de antemano que los evaluarán negativamente, incluso personas que los quieren. Así, los Cuatro pasan horas sumidos en fantasías melancólicas, envueltos en velos de tristeza, sintiéndose vulnerables, heridos, incomprendidos por el mundo, y por lo general innecesariamente.
La sabiduría del Eneagrama, Riso y Hudson.
Capítulo X, Eneatipo Cuatro



Ya has visto de qué poco sirven las palabras. A ti, sí, a ti, que empleas tantas. Ya sabrás -supongo- que hay algunas palabras que dinamitan aquello mismo que nombran (gran frase, pardiez) y que generalmente las palabras se inventaron para decir lo que no se siente (no soy yo, es Pessoa). Me imagino que sabrás que lo vi, que vi el miedo en tus ojos, sobre todo cuando los apartabas, y me saltaban todas las alarmas, porque es un viejo conocido que no quiero volver a ver merodeando mi casa. No te analizaba, tan solo te absorbía con interés, con fruición, con esperanza. No te parecía suficiente, ¿verdad?. Quiéreme si te atreves, es una peli francesa, ¿te suena? A mí no me gustó. No te ofrezcas, coño. No te vendas tan barato: eres lo más  valioso de tu Mundo. Eso que buscas fuera de ti no te redimirá, ni te salvará, ni te purificará ni te dará poder si no estás tú. Tienes que estar tú primero. Eres un diamante cubierto de barro y no te enteras. Quítate capas y resplandece, hostias. No, no me das ninguna pena, te lo aseguro.

martes, 5 de febrero de 2013

Las burbujas que somos

Resulta francamente conmovedor aspirar a conocer a alguien alguna vez. Cualquier contacto inicial deja paso bien pronto – a veces demasiado bien pronto- al vislumbre de la inmensa vastedad inabarcable que es una persona. Una sola. Una sencilla persona que hace su vida normal y piensa sus monstruosidades normales y siente sus seísmos normales.
Es arrogante y a la vez inocente creer que alguna vez se va a conseguir conocer a nadie. Viéndolo así, es también increíble cómo hay amistades, u odios, y sobre todo amores. En puridad no tendría que haber nada de todo eso, tan sólo discurrires individuales por el Mundo, trayectorias únicas necesariamente solitarias. Los contactos entre las superficies que por azar se produjeran no tendrían, por tanto, que causar dolor, ni placer, ni nada. Serían solo incidencias sin importancia, leves toques accidentales.

Pero no. Sufrimos, nos alegramos, sentimos pasión o afinidad o aversión, nos exaltamos o nos desesperamos, experimentamos un rango abrumador de emociones y en nuestra confusión asumimos que los otros nos las causan. Las otras burbujas, esas que flotan por ahí a nuestro lado. Cada persona cree que los demás le producen cosas y, en consecuencia, cree que es capaz de controlar o modificar ese hecho produciéndoles cosas a los demás. Una locura colectiva absoluta gracias a la que hay guerras, y también amor del bueno, y en ambas cosas somos incapaces de ver que todo es una equivocación, una confusión de nuestra percepción del Mundo: lo que amamos, lo que odiamos, todo, es nuestra creación. Amo la imagen que me he hecho de ti, como yo quiero creer que eres; detesto eso que veo en ti, y que puede que ni remotamente veas, porque hay algo muy mío en ti que no acepto. Imágenes, ideas sobre ti...pero no tú. No Tú.

Nadie conoce a nadie porque el filtro de la realidad que en verdad somos nos impide la percepción directa, en crudo, de las cosas. Las relaciones humanas son un error milagroso, por tanto. Las burbujas que somos buscamos la compañía para relacionarnos con nosotros mismos, que es a lo único que podemos llegar, y con no poca fatiga (¿quién se conoce todos los mecanismos y resortes, quién?). Los conflictos con los demás son, en definitiva, frentes abiertos contra uno mismo.
“Malentendidos”, nos justificamos. Una burbuja enfurruñada porque otra burbuja la malinterpreta. En medio de ambas, éter. Vacío.

No, no hay nada que entender. Solo hay que aceptar lo que el Mundo nos trae, pero lo complicamos todo tanto...



domingo, 11 de noviembre de 2012

La gymkana

...y es que hay veces en que la vida te pone delante de los morros unas situaciones que son talmente para comprobar si has avanzado algo. El caso es que pierdes la partida si te alteras y te lo tomas como algo personal -pero cómo es posible, es que siempre me pasa igual, pero fíjate que decepción, peroperopero...-, y pasas de pantalla si consigues mantenerte tranquila y sientes que, efectivamente, esa situación está fuera de ti, no es tuya, no es tu responsabilidad ni te afecta en absoluto.

Qué alivio tan grande darse cuenta de que el Mundo no gira para ti, sino porque le da la puta gana.

sábado, 20 de octubre de 2012

El lobo ¿feroz?

Hace mucho tiempo que no enciendo la televisión. Ha sido una medida excelente de depuración mental y no la echo de menos en absoluto, pero sí añoro la publicidad. La buena, la que remueve el alma, la que va más allá del producto. En esos anuncios-joya, el producto es lo de menos: el publicista tiene vía libre para expresarse y demostrar su valía, el anunciante queda encantado con que se haga algo tan precioso para representar su mercancía y el target, nosotros, aprendemos, recordamos, reconocemos o incluso negamos, incómodos, algo muy profundo, muy nuestro, muy humano. Porque los buenos anuncios, los anuncios de los que estoy hablando, se dirigen a lo más humano que hay. Aunque parezca que las decisiones se toman con la razón, el publicista realmente bueno sabe que eso no es cierto, que realmente el motor de la decisión, lo que está detrás e inclina la balanza, es la emoción.

De los anuncios-joya que ahora mismo se me vienen a la cabeza, no recuerdo ninguno que no sea de coches. Uno de los más antiguos que me impactaron fue este, que marcó -creo- un hito en la historia de la publicidad en cuanto que el producto de venta no se mostraba por ningún lado: tan solo se vendía la idea, el concepto, de la manera más simple y minimalista posible. Con este anuncio empecé a amar la publicidad.



Generalmente estos anuncios no se andan con paños calientes. Dan donde duele, donde conmueve y remueve. Conocen el alma humana al detalle y atacan los puntos débiles del objetivo, bien sea la angustia del tiempo perdido o los deseos reprimidos del Ello.

Hay un spot en particular que me pone la piel de gallina cada vez que lo veo, o mejor dicho, que lo oigo. Es una obra maestra en miniatura, una pequeña gran genialidad concentrada en unos segundos. Una belleza.


Por todo esto a donde yo quería llegar es a este otro anuncio que me pasaron hace tiempo. Admito que no sé cuál es el producto que publicita, pero es que tampoco me importa. No se puede contar más con menos. Que levante la mano el que no se reconozca, al menos un poco, aunque sea alguna vez en su vida. Humanos, demasiado humanos...



domingo, 14 de octubre de 2012

Qué cojones

Cinco meses con la casa cerrada. Alquilé un pequeño apartamento, mono, coqueto, pero no me encontré en él, no entraba en él con ilusión, con sensación de confort. No me apetecía mucho amueblarlo y dedicarle tiempo.

Aquí lo que hace falta es airear y una buena limpieza general de tanta porquería acumulada por las esquinas.

Vuelvo a casa, qué cojones.

domingo, 15 de abril de 2012

El don

Dicen (lo he leído infinidad de veces) que todos tenemos un don. Unos ya lo saben pero no se atreven a usarlo; otros lo intuyen y por eso lo buscan en cada esquina de su vida; unos pocos más lo conocen, lo manosean a diario con lujuria y hasta viven espléndidamente de él, y muchos, demasiados, no tienen ni puta idea de qué es un don y no se creerían que ellos poseen algo parecido aunque cobrara entidad física y se les apareciera una mañana en el baño (Hola, soy tu don extraordinario para la organización de grupos de intervención especial en emergencias...¿Que no? No me mires con esa cara gilipollas, termina de limpiarte el culo y espabila, hazme el favor...)

Tal y como mis tripas me cuentan (mis tripas son unas cotorras, como los Frosties del anuncio que le hablaban a aquel niño con cara de flipao), el don no corre el riesgo de confundirse con alguna otra actividad que nos guste, nos entretenga, nos distraiga o se nos de más o menos bien. El don es un señor Don, podríamos decir, y la certeza de su contacto es inequívoca. Cuando nos abandonamos a él -dicen- no hay Tiempo, tan solo estamos nosotros y esa actividad, nosotros haciendo eso y eso haciéndonos a nosotros. El don da sentido a todo, hemos venido aquí para él y el Mundo nos necesita como su canalizador. La pista fundamental nos la da el esfuerzo: una actividad normal es fatigosa, o anodina o simplemente tolerable y la haremos con sensación de hastío y ganas de pasar a otra cosa, o mecánicamente mientras estamos en otro sitio en espíritu, o... Pero cuando hacemos lo que nos corresponde por derecho no nos cuesta trabajo, nos sale solo, y querríamos no parar de hacerlo. Se trata de sentirse vivo y no solo de respirar. Casi ná.

Yo llevo buscando mi don la vida entera. Pruebo y busco y olisqueo y palpo a oscuras, a ver si esta vez. No sé si es un prejuicio racional o una intuición del bajo vientre, pero sospecho que el don pide creatividad, pide parir algo que no estaba antes y que sólo yo puedo darle al Mundo. Quizás no acabe de creerme que el Mundo me necesite, es una sensación algo mesiánica que nunca aprendí a cultivar, pero la voz, la Voz que soy de veras, me habla en ese sentido.

He buscado la chispa del don hundiendo las manos en tierra húmeda para sembrar esperanzas de flores; en las palpitaciones desbocadas de subir a un escenario para cantar, cegada por los focos; en fingir que no era yo (como si ya supiera quién soy Yo) sobre una tarima de madera con otras personas que también fingían ser otros; también me he sentado frente a 88 teclas blanquinegras tratando de arrancarle alguna palabra a aquel ingrato, e igualmente me presenté, tímida, a su compañera de 6 cuerdas, pero ambos me resultaron intratables en principio. En los últimos tiempos me afano en la tarea más mitológica que existe, como es enfangarse las manos con un pedazo informe de arcilla y sacar de ello algo concreto.

Pero no, no puedo engañarme: todavía no lo he encontrado. Todavía no concentro mi alma (?) en esa acción, todavía sigo estando en mi cabeza -¡y de qué jodido modo a veces!- en lugar de estar en las manos que modelan, en el cuerpo que actúa, en la voz que vuela sola...Mi alma me observa hacer todas esas cosas pero no está dentro de ellas, no se cuela sinuosa para darles el sentido que tanto busco. Las almas suelen ser insobornables e íntegras: no hacen nada que no quieran hacer, y la mía tampoco.

Una persona que lleva poco tiempo en mi vida conoce y mima su don. Le admiro por ello y siento una punzada de envidia, de la sana, de la que te lleva a mejorar y a seguir buscando. Viendo su luz recuerdo que yo también tengo la mía, pero solo yo puedo encontrarla. Gracias, neno.


No podemos hacer gran cosa para ayudar a los demás.
 Podemos como mucho intentar despertar su luz. 
Y la mejor manera de despertar esta luz consiste en vivir nuestra propia luz.
 Las otras soluciones propuestas desembocan de alguna manera
 en la negación de la luz del otro.
Guy Corneau

lunes, 23 de enero de 2012

Dogma eres y en Dogma te convertirás (aunque no quieras)

Seré sincera: la primera intención era escribir sobre Drive poniéndola a caldo por inverosímil y absurda, pero ahora resulta que me pongo a ello y he tenido que borrar tres o cuatro intentos porque en ninguno estaba siendo honesta conmigo misma (huuy, qué raroooo, deshonesta yo con mis sensaciones, fijeseusté)

A medida que la película iba avanzando me asaltaban muy diversos conceptos, y ninguno bueno. Uno era "actores autistas"; otro, "guión inexistente"; también sobrevolaba por ahí "clichés rancios por un tubo". Pero la idea más inquietante que se me abría camino en el celebro era "tufillo Dogma"...¿Dogma?? ¡Pero si está ambientada en Los Ángeles!

Si hay un director que me rechina es Lars von Trier, quien me cortocircuitó -palabro- las neuronas ya con Rompiendo las pelotas olas. Ni siquiera tuve que ver Dogville entera para detestarle completamente: me di el gustazo de largarme  al cuarto de hora de empezar el bodrio de una sala repleta de gafapastas entregados. Este individuo me dejó tan afectada que por su culpa he visto unas cuantas películas Dogma más con predisposición negativa, y me ha desarrollado el olfato: detecto restos de la escuela nórdica hasta al otro lado del Atlántico.

Efectivamente, al tal Nicolas Winding Refn, el director danés (¡oh, sorpresa!) de esta obra de culto del noir contemporáneo (a mí que me registren: no lo digo yo) se le nota el haber sido alumno del otro mochuelo: esos silencios tan densos y esa expresividad facial propia de un coma profundo solo pueden ser de factura escandinava. Le honra, eso sí, haber mandado a la mierda a su ex-maestro públicamente en Cannes, pero, ay, me temo que la impronta le ha quedado ahí, de todos modos.

Sin embargo, a pesar de estos antecedentes tan poco halagüeños, tengo que admitir que el engendro tiene un no sé qué que qué se yo. Visualmente engancha: tal parece estar viendo un videoclip de los mejores años ochenta. El montaje de las imágenes y los encuadres tienen una rara finura, tratándose como se trata de temática de cine negro y estando la cinta llena de personajes de poligonerismo exacerbado. Hasta en la escena más violenta de la película -y sí, aseguro que es muy violenta- hay, ¿cómo decirlo?...lirismo.

Hay sobre todo un elemento que no deja indiferente: la banda sonora, que encaja como un guante perfecto en cada secuencia, desde los mismísimos créditos iniciales. Sonidos puramente ochenteros sincronizados con la estética urbana y macarra de la historia.Una banda sonora sencillamente hipnótica.



Hay otro elemento que no deja indiferente: Ryan Gosling. El superñoño de El diario de Noah y ex-jovenzuelo del Club Disney, con esa cara tan americana de rubio atontolinao, luce como nadie la cazadora bomber más chuloputas de la historia del cine. Véase:


Dicen que cuando Lola Flores actuó por primera vez en Nueva York, la crítica de The New York Times fue: "No canta. No baila. No se la pierdan". Lo mismito, lo mismito que Drive, oigan.