sábado, 30 de diciembre de 2006

2007, 2007...¿toca rima con "ojete"? ¡Oh, cielos!

Esta señorita, cuasi mancuniana de adopción, me ha soltado un guantazo del que no puedo sustraerme. Vamos, no a mí directamente, sino al común de sus lectores, asín en global. No crean, a mí los guantazos últimamente me vienen de fábula: ando muy atontolinada de un lustro pa' acá y va siendo hora de levantar cabeza, a pesar de la cervicalgia y eso, ouch.
En total, que la cosa va de declarar a los cuatro vientos 7 propósitos para el cabronazo del 2007 que se aproxima -a estas alturas prefiero ser cauta: vamos a partir de la base de que todo lo que se avecina de pasado mañana en adelante va a ser jodido, no one's gonna take me alive-, y nada de "dejar de fumar" o "empezar a clases de inglés". Seamos serios, por San Judas Tadeo.
1. Estudiar en serio para ganar en propiedad el puesto laboral que ocupo tan guapamente desde hace dos años.
2. Re-apuntarme a pilates o yoga: tengo la espalda arrasá.
3. Ir a ver a Muse en el supermega nuevo estadio de Wembley en junio, Murphy mediante, claro.
4. Salir de casa de mis padres cuanto antes para no salir, en cambio, en la sección de sucesos por matricidio alevoso.
5. Calmarme, relajarme, sosegarme, temperarme, deshisterizarme et al.
6. No buscar novio desesperadamente (que se me nota un huevo), y menos por internet. Aún no se me pasa el arroz (repetir 5 veces y respirar, y luego darme un bofetón).
7. Hacerme la manicura a menudo, que llevo las uñas hechas un dolor.
Pues ahí estamos. Qué paz da poner las cosas por escrito, coñe.

jueves, 28 de diciembre de 2006

Inventario


Obviando que quedan aún tres días para que se termine el 2006, y en un ejercicio vergonzante de arrogancia (pues qué mayor soberbia hay que presumirnos vivos mañana o la próxima media hora), me gustaría escribir algo que comenzara con un "Ha sido un año interesante...". De momento, digo, fueron 362 días en los que se dosificaron lecciones de humildad, momentos de gozo intenso y puro seguidos de sus consiguientes decepciones, oraciones sentidas, esperanzas, caídas del caballo de la ilusión, tinta china, despertares apacibles en estancias arenosas do habitaban las melancolías baratas, esperas angustiosas, templanza, vergüenza ante mí misma (la peor de todas), black holes & revelations, vida.
Un año que para mí fue indiscutiblemente el año del Lagarto y del Ratón, diga lo que diga al respecto el horóscopo chino. Meses en los que pasé de víctima a verdugo en poco tiempo, siempre con aviones de por medio, y ví cuán fácil es herir sin darse cuenta y qué abismo tan horrible esconde alguien que desea algo, lo que sea, mayormente amor.

"Cuando no se desean las cosas es cuando llegan; cuando no se temen es cuando se alejan-Lao Tse". ¿Para qué molestarse en decir nada, en realidad? Cualquier cosa que digamos ya la pensó un chino et cetera. Sabio Año Nuevo.

sábado, 28 de octubre de 2006

Clínica veterinaria

Malgré moi, llevo desde el lunes frecuentando el hospital en calidad de señorita de compañía, concepto este muy desacreditado normalmente, pero que en este caso mantiene intacto su honor al tratarse el enfermo de mi vetusto padre.
En una de mis idas y venidas a/de la cuarta planta hice el descubrimiento del que aquí dejo testimonio gráfico: una deliciosa caída de erre que iluminó de la manera más simple estos días de sueros glucosados, apósitos y baberos.
Como se ve, la calidad fotográfica es limitada: confieso que la presión de sentirme observada por los familiares y presuntos padres de los nascituri -porque siempre son presuntos mientras no se demuestre lo contrario- que paseaban atribulados y ahora extrañados por allí me hizo obrar con demasiada precipitación (ni el flash le quité) y luego arrojarme dentro del primer ascensor que se abrió, providencial.
Ahora no puedo dejar de imaginarme a una enfermera saliendo con un patito en cada brazo y felicitando calurosamente a algún pavo de los presentes. Y perdón por el chiste fácil.

viernes, 27 de octubre de 2006

(No) vida y tribulaciones de un vampiro...(II)

No se los merecía. Así las cosas, llevaba unos diez años dale que te pego al colmillo, no privándose de nada y trasnochando a diario. Vladimiro no era mal parecido, con lo que muy pocas víctimas se le resistieron en los momentos previos al desenlace, pero hasta el ocio cansa, y tras docenas de rollos de una noche sin posibilidad material de llamar por teléfono al día siguiente para repetir la cita (y no por falta de saldo en el telefonino, precisamente, sino por las enojosas limitaciones que presentan los fiambres para atender llamadas) hay que decir que se sentía hastiado de esta vida, aburrido. En definitiva: necesitaba sentar la cabeza.

Se quitó la capa. No pensaba ponérsela más para salir de farra después de lo que le había pasado esa misma noche, cuando unos periodistas noctámbulos (pero bueno, ¿es que no duermen nunca?) le habían perseguido al trote cargados con una cámara enorme y gritando: "Señor Duque, por favor, ¿cuándo ha regresado de París? ¿Son ciertos los rumores de ruptura con la Infanta?". A duras penas pudo darles esquinazo metiéndose en un portal oscuro y profundo, pero le destrozó el tímpano el chillido horrísono de la pareja de jovenzuelos que se topó dándose el filete y él, que se había quedado estupendamente con la cena -un regordete treintañero paseando a un chihuahua que le hizo las veces de aceituna de aperitivo-, tuvo que hacer de tripas corazón y repetir condumio, con las consiguientes hartura y acidez gástrica.

Miró su reloj, ya eran las nueve y veinte. Atusándose la frondosa mata una vez más, Vladimiro apagó la luz del baño y se dispuso a salir a cenar y a lo que se terciase, aunque la experiencia le decía, ay, que seguramente sería aquella otra aburrida noche de tantas: sangre, sexo y cubatas a ocho euros, hay que fastidiarse con el redondeo de las narices.
Salió al rellano y llamó al ascensor. Cuando llegó y se dispuso a entrar , la puerta se abrió de golpe y se encontró con el tupé felizmente encajado en un escote femenino digamos que generoso.
-¡Huy, perdón, no sabía que venía alguien!- Vladimiro dio un paso atrás para recuperar la posición erecta, y de paso pudo ver con qué neumática criatura acababa de colisionar.
-¿Pero no es el cuarto piso? ¡Ay, tanto ascensor inteligente y luego estos cacharros no saben ni a dónde van...!
Quien tan doctamente había hablado era una mujer joven y lozana, de unos veinticinco -según el ojo experto de Vladimiro-, piel sonrosada y sin trazas de acné juvenil, sobre un metro sesenta, moderadamente rubia y, si las triquiñuelas de la corsetería moderna no engañaban, con una talla cien de sujetador. En el suelo del ascensor, a su vera, reposaba una maleta con ruedas.
Vladimiro tragó saliva, como no podía ser menos.
-Estee..., no, estamos en el quinto. Se ve que lo llamé antes que usted.
-Bueno, pues si baja, entre, que yo voy también hacia abajo -Vladimiro entró y se cerraron las puertas metálicas-. Es que soy la sobrina de Concha, su vecina... Porque usted vive aquí, ¿no?. ¡Encantada, soy Encarnación! -y extendió una mano gordezuela que a Vladimiro se le antojó exquisita y que estrechó reprimiéndose para no seguir brazo arriba.
En unos segundos las puertas volvieron a desplazarse y los dos vieron a doña Concha, que había oído la voz de su sobrina y salía a recibirla. Su gesto generalmente astuto trocó en una mueca de sorpresa al ver en tan reducido espacio a su Encarni sonriente junto a aquel mamarracho del quinto, y ya cuando ésta se despidió cordialmente de él y él, caballero español, le sacó la maleta del ascensor al rellano, a doña Concha se le descolgó ligeramente la mandíbula inferior.
-¡Pero niña, de qué conoces tú a ese gañán, que es lo más raro de todo el vecindario! -la tía, cerrando la puerta con mil pasadores y cerrojos, gritaba en susurros por si Vladimiro aún podía oírla.
-¿Raro por qué? A mí me pareció muy normal, y no es nada feo...
-¡Ay, Jesús, a las muchachas de ahora os gusta cualquier cosa...! Oye, ¿y de qué hablabais...?

Vladimiro, justo es reconocerlo, estaba conmocionado por el encuentro. Había bajado los cuatro pisos entretenido en olfatear el suave aroma a piel joven y algo sudada que Encarnación había dejado flotando en el ascensor, y así, husmeando cual gorrino, le pilló el butanero cuando las puertas se abrieron en el bajo.
El resto de la noche vagó por los garitos que solía frecuentar, pero no le abandonó la expresión de melancolía apalominada que le había producido la visión de su nueva vecina. Porque Encarnación llegaba para quedarse, aunque eso no lo supo Vladimiro hasta un tiempo después. En la ciudad, le habían dicho sus tíos, había más colocaciones (sic) que en el pueblo y además, -aunque eso lo pensaron, pero no se lo dijeron- aquí nadie la conocía por el apelativo de La Carnes, en burda alusión a (y franca mofa de) su nombre de pila.
Vladimiro ni cenó esa noche, del nudo en el estómago que tenía. Al volver de amanecida abrió con languidez un tetra-brik de zumo de tomate que guardaba por aquello de las vitaminas y esas milongas dietéticas, y se lo bebió a sorbos pensando en lo solo que se sentía últimamente y en lo maciza que estaba Encarnación, y no por este orden. Se sentó a terminar su desayuno y, hojeando distraído un periódico local, vio un anuncio en el que solicitaban celadores para una clínica privada. Varón, hasta treinta años, con buena forma física y estudios elementales, apartado de correos tal y tal. Vladimiro no había trabajado en su vida, pero igual no estaba mal intentarlo, a ver cómo sentaba eso de ser independiente...

lunes, 2 de octubre de 2006

(No) vida y tribulaciones de un vampiro venido a menos (I)

Un día cualquiera...
Sobre las ocho y media PM Vladimiro se despertó y, al incorporarse, la tapa del ataúd hizo un ruido horrible sobre el parqué, como siempre.
-Ya está el rarito ese, vaya escandalera todas las tardes -la vecina señaló hacia arriba con el pincel de la laca de uñas en la mano.
-Bueno, Concha, qué más te dará a ti...
-¡Pero cómo no me va a dar, Juan Manuel, cómo no me va a dar, si un día de estos nos hunde el techo! Y tú, mucho leer el Marca, pero harías bien en hablar con él alguna vez que le pilles por el portal, vamos, digo yo...

Doña Concha era una mujer entrada en años y en muslamen que no soportaba no estar al tanto de la vida de todos sus vecinos, conocidos, amigos (pocos), familiares, y apurando un poco, conciudadanos. Vladimiro, con sus peculiares costumbres y horarios, la ponía de los nervios. Se moría de ganas de saber a qué se dedicaba (algún trabajo nocturno, de eso estaba segura, ¿guardia de seguridad?, ¿enfermero?, ¿quizás algo relacionado con las discotecas y esas cosas?), si tenía novia (siempre le veía solo) y sobre todo por qué (y con qué) hacía ese ruido tan puñetero todos los días por la tarde , cuando más emocionada estaba ella viendo con fruición la crónica de los asesinatos horripilantes acaecidos en el día que le ofrecía el programa Gente.

A todo esto, Vladimiro tenía un regustillo metálico en la boca y la cara como de alelado, sentado muy tieso completamente vestido en su ataúd con forro de raso beige. Se levantó con cuidado de no pisarse la capa y entró vacilante en el cuarto de baño, una estancia muy moderna con hidromasaje y todo y un murete de pavés separando púdicamente el inodoro. Ya le había encantado cuando le enseñó el piso la chica de la inmobiliaria y no se lo pensó más: cuando ella glosaba las virtudes del PVC, sobre todo en invierno, Vladimiro le hizo un placaje traidor por la espalda y se terminaron sus problemas de vivienda ipso facto.

La gomina se le estaba acabando. Con la poca que le quedaba se recompuso la espesa mata de pelo, prestando especial atención al pico de la frente, ese pico que marcó su vida y, aun más, la encauzó desde el momento de su nacimiento. Al ver sus padres la curiosa excrecencia capilar de su unigénito, de todo punto impropia de un recién nacido, les entró no se qué corriente de telepatía conyugal y dieron en bautizarle Vladimiro con un grado de consenso insólito en un matrimonio al uso. Cuando el pequeñín berreó hasta ponerse púrpura al recibir las aguas bautismales los padres bajaron la vista hacia el ajedrezado suelo de la iglesia, temerosos de Dios, pero se miraron por el rabillo del ojo y volvieron a sentir en su fuero interno aquel latigazo de conocimiento cómplice.
Y es que los padres de Vladimiro eran, para su estrato social de probos trabajadores, unos intelectuales: no sólo tenían en casa la Enciclopedia Ilustrada de las Ciencias Ocultas, del Profesor Jiménez del Oso, sino que se la habían leído enterita, con paciencia y un vetusto diccionario Sopena al que echar mano de vez en cuando.
Sin dejar de ser unos fervientes creyentes católicos, siempre se habían sentido atraídos por el Más Allá en general y lo Desconocido en particular, y desde que se conocieron en una sesión de ouija que organizaba la Asociación de Vecinos para contactar con el panadero, del que se sospechaba había muerto en extrañas circunstancias tras probar un bollo suizo de los que él mismo horneaba con mimo, no hubo película de fantasmas, sesión de vudú o misa negra a la que no asistieran, siempre del bracete.

Con estos antecedentes, el inequívoco aspecto de su hijo nada más nacer les hizo pensar -acertadamente- que acababan de traer al mundo a un ser excepcional. Habían visto fotos de licántropos y similares especímenes en la citada enciclopedia y no tenían duda sobre lo que significaba el triangulillo de pelo sobre los ojos. Sintieron miedo, sí, pero también orgullo. Y tuvieron que decirle delicadamente a la abuela -hoy ya tristemente desaparecida- que no pensaban ponerle Gaudencio, como el abuelo.

Total, que Vladimiro era un vampiro. Muy cachondos los progenitores al elegirle el nombre, para que toda su vida fuese un ripio, una chanza, un chascarrillo andante. Por eso Vladimiro se empeñó desde su más tierna infancia en que se le llamara Vlad, mucho más fino y menos susceptible de rimas, aunque su deseo era sistemáticamente pisoteado cada mañana, al pasar lista en clase.

-¡Número 11, Vladimiro Cofiño!

Y Vladimiro enrojecía hasta el susodicho pico de la frente al oír acto seguido las risillas ahogadas de algunos compañeros bravucones, esos que siempre, desde tiempos inmemoriales, les han robado la merienda a los alumnos más débiles o, simplemente, diferentes al resto...

No quería ponerse triste recordando los difíciles años del colegio. Ahora era un adulto joven, con un piso de lo más aparente y con toda la eternidad por delante, caramba, qué concepto, la Eternidad. Desde que había asumido su naturaleza, hacía ya algunos años, vivía la noche intensamente sin preocuparse por nada más, pues sus comprensivos padres sufragaban los gastos de intendencia doméstica. Un día, al final de sus años de adolescencia, sintió la necesidad de confesarse con sus mayores y les hizo notar la evidencia: que él no era un chico normal.
-Ay, Vladi -su madre sí empleaba el diminutivo, pero a su manera- mira a ver si me vas a dar un disgusto, con las ganas que tengo yo de ser abuela... ¿Es algo con las chicas, que no te gustan o...?

-¡Qué va, mamá, si me gustan muchísimo, no lo sabes tú bien... !

-Calla, mujer, que las cosas no van por ahí -interrumpió el padre - ¿A que no, hijo?. No podemos ser todos iguales, si tú eres... así, pues qué se le va a hacer, con nosotros no te va a faltar de nada, puedes contar con tus padres para lo que quieras...

No se los merecía. Así las cosas, ... (continuará)

martes, 19 de septiembre de 2006


"Pasión más grande que el amor es el archivo", dicen que dijo Borges, don Jorge Luis. Esta frase me impactó sobremanera cuando la descubrí, allá en mi idiotizada juventud, y estalló inmediatamente el placer íntimo de sentirse secundada, aunque fuera por un bardo porteño y medio ciego con el que no iba a compartir una sobremesa jamás. Casi cualquier frase lapidaria borgiana tiende a fascinarme porque incide en mi punto débil: el vértigo de lo racional. El orden, la simetría, la ecuación que se resuelve, las premisas precipitándose a una conclusión inevitable, la palabra perfecta en la frase idónea en el párrafo adecuado... Siempre encontré una rabiosa satisfacción en lo racional más que en lo emocional. Aprender, aprehender, recopilar, relacionar, archivar (sí, también), encontrar significados ocultos, interpretar signos...saber. ¿Quién podría preferir ser feliz antes que saberlo todo?. Si por lo menos se pudiera ser feliz con una verdad a medias...
Pero sucede que la felicidad es para los mediocres y que detesto la incertidumbre y los abanicos de posibilidades -¿estaba antes, durante, con qué intensidad, con qué compromiso, sirvió de algo, seguirá el mes próximo...?- y amo la concreción, la opción única, para un mes estuvo bien, ahora ya no me interesas, pero quién te dijo a ti que todo el mundo tiene valor para decir la verdad a la cara, ratita, así que en estas semanas el desencanto y los afectos cercenados no están siendo la secuela más dolorosa, aunque quemen: lo es la ofensa gravísima de no saber, de no poder saber seguramente nunca ya, de tener que vivir con todas las opciones posibles en este triste asunto como cartas de una mano de póker -¿picas, tréboles...corazones?- en una sucesión enloquecedora, sin poder parar la ruleta en un punto... Permita Dmitri que todos los cobardes de este mundo tengan su merecido algún día.

jueves, 14 de septiembre de 2006

Tan simple como eso


Podría disertar sobre la conveniencia de volver al modus operandi de mis 17 -en vista del éxito obtenido, mode ironic on-, aquel con el que hacerse la estrecha pertinazmente servía para poner a prueba al oponente, protegerse de espejismos y a la par exacerbar el deseo (lo más: eso era sentir, sentir con intensidad; la liberación sexual de la mujer es una estafa, desde aquí lo proclamo); podría, digo, bosquejar una minitesina de andar por casa sobre los topicazos de la guerra de los sexos que yo, en mi palurdez, creía superados y que sin embargo son eternos, no, mejor dicho, Eternos; podría, yo qué sé, confesar públicamente que sí, que soy la vergüenza de mi género tal y como nos ha descrito la sabiduría popular, en tanto carezco del más mínimo talento para camelar, envolver, despistar, turbar, enloquecer, atrapar y fagocitar a los hombres, mayormente porque los trato como personas antes que como hombres...
En estos días podría empezar a vomitar pensamientos y no parar, de veras, pero en realidad sólo estoy escribiendo ésto para que en el contador de entradas del blog no aparezca el jodido mes de agosto de 2006 como el último de la lista, mirándome con esos ojazos. Tan simple como eso.

lunes, 28 de agosto de 2006

Efectivamente, estoy harta de ser buena. Harta de sentir que el tiempo se me escurre como arena esperando el milagro que no ha de suceder. Estoy cansada de ser inasequible a los fracasos, de tener un pozo sin fondo de ilusión que se rellena con sorprendente rapidez tras cada golpe anímico. Estoy hasta ahí mismo de darme, de creer siempre que ésto por fin va a funcionar, sí, que por fin me lo merezco, que ya llegó el momento. Me maravilla mi inocencia, mi confianza en los demás, mi transparencia, mi vulnerabilidad...Todos hieren, dijo el poeta. A la mierda con todos, pues.

domingo, 27 de agosto de 2006


Todo el mundo le reconoce pero casi nadie sabe cómo se llama. Yo tampoco sabía su nombre hasta 1996, cuando -también- reconocí su litografía más famosa en la portada de un pequeño ejemplar, en una librería de Edimburgo. Lo compré y comenzó una hipomanía más, otra en mi lista interminable de pequeños grandes entusiasmos. Me recuerdo días después, sentada en la salita del albergue de Lerwick y absolutamente embebida en la descripción de la obra de este hombre, hipnotizada con las simetrías sin fin, con el vértigo de las estructuras perfectas, yo, que abandoné las matemáticas a los 15 después de que ellas me hubieran abandonado a mí ni se sabe cuándo...
Como digo, casi nadie conoce a Mauritius Cornelius Escher (Leeuwarden, 1898- Laren, 1972) por su nombre, pero cuando describo esta imagen de aquí arriba la reacción siempre suele ser ah, claro, ya sé cuál me dices, y es que tiene que ser difícil olvidar Relatividad (1953) si se ha observado una vez con un mínimo de atención. El pequeño libro escocés fue el primero de unos cuantos, y siempre los leo con la misma fruición del descubrimiento. Me he llegado a obsesionar -Marta y sus arrebatos extáticos, nada serio- con algunas piezas, como fue el caso de Gotas de rocío (1948), imagen que sigo considerando tan perfecta y bella que sencillamente me da miedo.
La obra de Escher me produce una fascinación cuasi religiosa: visitando su museo en La Haya sentí -junto con la emoción pueril de tener los originales a escasos centímetros de mis dedos- un estado de armonía estética increíblemente placentero, la sensación abrumadora de que la perfección existe ahí fuera, si bien solo algunos iluminados pueden captarla y transmitirla, como es el caso.
A medio camino entre el matemático pirado y el dibujante superdotado, el establishment artístico le ignoró abiertamente en vida y tampoco se apresuró a dignificarlo tras su muerte, práctica tan habitual como irritante, pero el desaire, de haberlo, quedó siempre compensado por la absoluta falta de interés de Escher en las vanidades mundanas. Como él mismo dijo en una entrevista: Mi obra nada tiene que ver con los hombres, tampoco con la psicología. La realidad me es ajena. [...] ¿Por qué hay que topar siempre con la mísera realidad? ¿No se puede jugar? .

viernes, 28 de julio de 2006


Igual dentro de unos días voy a visitarlos de nuevo. ¡Son tan simpáticos...! Miradlos ahí, tranquilamente debajo de un árbol del jardín de su casa de Haarlem. Lo que se dice la alegría de la huerta, vamos. "Venga, Frans, termina de una vez, pesadito te pones con los detalles de los encajes de Amberes, rediós...", parece que está diciendo Isaac con ese gesto medio cachondón, medio qué-paciencia-hay-que-tener, ¿verdad?. Y ella, muerta de risa, justo ahora estaba contándole la reacción de su egregia madre esta mañana al ver llegar al pintor con sus bártulos ("¿En el jardín...y juntos?? ¡Qué insolencia, Beatrix, tu padre y yo seremos el hazmerreír!").
Ay, la vida, el amor, la complicidad. Qué poco cambian las cosas realmente importantes, con o sin encajes.
Retrato matrimonial de Isaac Massa y Beatrix van der Laen, Frans Hals v. 1622
Rijksmuseum, Amsterdam

Y, sí, mereció la pena dejar aparte aprensiones rancias y desganas sin fundamento y coger ese autobús el viernes. Si la vida, al fin y al cabo, qué coño, no se compone más que de estas pequeñas fotos en el álbum de recuerdos, si privarse de ellas esperando Los Grandes Acontecimientos es engañoso e inútil, si luego nos sentimos estafados por haber renunciado a las escapadas creyendo que nos esperaban las aventuras, ay...
Huelga decir que sigo sin ser fan de Depeche Mode, pero qué fin de semana en el País Vasco tan agradable, caray...

viernes, 14 de julio de 2006


Ganas de arrollar, de triunfar, de comenzar otra vez o de comenzar de una puta vez, de comerme el mundo, de gritar. Una bola enorme de emociones inconexas ocupando el lugar de mis vísceras, esa certeza impagable de "yo puedo, allá voy", la inconfundible, implacable y escasa sensación de estar conscientemente viva.

El pleno convencimiento de ser inmortal.

Muse han vuelto. Cómo no voy a amarlos.

jueves, 15 de junio de 2006

Tuvimos una apabullante cantidad de cosas en estos veinte años, veinte, que se dice pronto, guapina. Tuvimos Petit Cheri en la mochila mientras nos cambiábamos para clase de gimnasia, tuvimos aparato en los dientes, y autostop adolescente en una carretera de Montpellier, y gafas horribles de pasta que solo tú y mis padres veían, tuvimos martinis y mistelas y vodka con naranja y fiestas de la espuma en el Oasis, y "I cheed you chonight" en El Jardín, y lágrimas de risa, y Picadilly Circus con exquisita pronunciación, y carcajadas silenciadas, y también lágrimas de las otras, tuvimos muchos "¡a pasalo bien!" y "sofocones postreros" y bigotillos (xD), tuvimos una minifalda pistacho con un cerco delator después de una clase de Música, y aquel "cross my euh?" con vocecilla de Patsy Kensit en clase de Griego, tuvimos tardes tomando el sol en el horrible solarium del Grupo, y clases clandestinas de incógnito en las facultades respectivas, y lacetos (sic) de Don Algodón, y churros rellenos en el Mayca, y hasta un accidente compartido, tuvimos intercambios de camisetucas de verano, y tostas de salmón en la madrileña Plaza Santa Ana de un mayo del siglo pasado, y cientos de dibujos y test chorras y notitas y cartas en hojas cuadriculadas con margen rosa, y bolis olorosos, y "pásame un Lucky", y...
Y tú ahora, además, tienes a Alex, y en verdad te digo que -¡si seré tonta...!- siento que yo también lo tengo un poco: será la costumbre de tantos años juntas. Felicidades, comadre, y por otros veinte por lo menos.
(Con motivo del nacimiento de Alex Vrijland Castrillón el 14 de junio de 2006, y con cariño)

miércoles, 31 de mayo de 2006


SHE walks in beauty, like the night

Of cloudless climes and starry skies;

And all that 's best of dark and bright

Meet in her aspect and her eyes:

Thus mellow'd to that tender light

Which heaven to gaudy day denies.

One shade the more, one ray the less,

Had half impair'd the nameless grace

Which waves in every raven tress,

Or softly lightens o'er her face;

Where thoughts serenely sweet express

How pure, how dear their dwelling-place.


And on that cheek, and o'er that brow,

So soft, so calm, yet eloquent,

The smiles that win, the tints that glow,

But tell of days in goodness spent,

A mind at peace with all below,

A heart whose love is innocent!
George Gordon Byron, Lord Byron, 1788-1824

viernes, 26 de mayo de 2006

A veces ocurre. Estamos observando un cuadro y de repente nos invade la sensación de que no, de que es el cuadro quien nos observa a nosotros. La reacción entonces puede ser pudor -y bajamos la mirada- o desafío -y miramos aún con más descaro- o claudicación, y nos sentamos mansamente delante del hallazgo asintiendo y sonriendo con levedad, para nosotros mismos: nos ha cazado.
Bronzino pintó este retrato en algún momento no datado del Cinquecento, con el encargo de reflejar el inmenso poder político del Duque de Florencia y Gran Duque de Toscana, el implacable Cosme I de Médicis. En sus dimensiones originales resulta un cuadro bronco, recio, que no admite un vistazo ligero ni mucho menos comentarios frívolos, so pena de que el retratado gire su temible mirada y nos fulmine. La casa Médicis sabía a quien encargaba su departamento de márketing: Bronzino ya era por entonces el retratista oficial de la famiglia. Lo que se pueda decir aquí y ahora (el metal bruñido, los labios apretados, la extraña fiereza que le confiere el estrabismo) no haría justicia al formidable efecto que causa esta pieza cuando se está delante de ella: inspira respeto, y eso que es un jodido trozo de madera con colores dispuestos sobre él. El arte es maravilloso, no me digan ustedes que no...
Foto: Cosimo I de Médicis con armadura, Bronzino (1503-1572), Museo Thyssen-Bornemisza

jueves, 25 de mayo de 2006

Siempre quise pensar que estaba ahí para mí. Mi vida hasta entonces estuvo destinada a ir esa tarde a ese lugar y verlo. Han pasado 10 años y lo sigo pensando. Desde entonces muchos ojos habrán vuelto a posarse sobre él, pero eso carece de importancia. Es mío. Me brindó su tiempo hace 298 años sin saberlo: empleó horas en tallar en mármol su nombre y el año en curso para que yo lo viera. Me gusta imaginarlo arrodillado en el suelo, afanado con un punzón o un puñal, arañando la bancada -entonces nívea, también quiero pensar-, esmerándose con la R de Robert, trazando con energía los estilizados dígitos, 1, 7 (oh, el siete, qué belleza de número), 0, 8...
Escribí en septiembre de 1996, aturdida y recién separada de él: Mi mano, su mano. ¿Qué diferencia hay? La mía no estará: la suya ya no está. Nací muerta, pues no se puede nacer de otra manera, y mi mano, ya descarnada, os deja este mensaje: "no me olvidéis, no me olvidéis...".
Me han prometido que te buscarían. Déjate esta vez.
Foto: Galería de los Susurros, Catedral de San Pablo, Londres.

lunes, 22 de mayo de 2006

Me tenía intrigadísima. Nada en él denotaba oscuridades insondables o decadentes submundos, pero le conocían por el sobrenombre de Bloody. Sangriento, caramba. No se puede llamar uno así sin haber hecho méritos. Comencé a construirle una personalidad ad hoc y así fuí convirtiéndole en una criatura temible y -son sinónimos- terriblemente atractiva: en poco tiempo conseguí ver destellos demoníacos en sus ojos donde los demás solo veían los efectos del último gin-tonic y supe leer entre líneas sus gestos hasta lograr captar la maldad implícita que contenían.
Por eso el impacto fue tan apabullante cuando se aclaró el malentendido fonético. Alguien dijo al descuido "¿Quién, Vladimiro?" y el peso del insight fue demasiado para mí. A ver qué hacía yo ahora con semejante personaje ficticio: maldita homofonía de los cojones...

viernes, 19 de mayo de 2006

Dice P que debería escribir, y a veces hasta yo misma estoy casi convencida de ello. Hubo un tiempo en que escribía diario con asiduidad, siempre con Pilot negro de punta redonda, siempre en coquetos cuadernos con hojas de color vainilla que había traído de mis escasos viajes. Todo fluía, no era necesario elaborar nada, ni esforzarse: sólo me sentaba en la cama y escribía. No tengo modo de demostrarlo, pero algunas entradas de esos cuadernos fueron muy buenas: conseguían que, al leerlas años después, experimentara la emoción del momento en que se crearon. No es cosa baladí para alguien que cree que "toda emoción verdadera es mentira en la inteligencia, pues no se da en ella; toda emoción verdadera tiene por tanto una expresión falsa: expresarse es decir lo que no se siente". Este Pessoa, ya se sabe, un agonías, pero qué lúcido...

La última entrada de mi diario actual data del 29 de agosto de 2004. Mi amor por la simetría y los números redondos me hace fantasear con esperar hasta tal fecha de este año y dinamitarlo todo a partir de entonces. Mientras tanto voy a seguir permitiendo indolentemente que mi tiempo sea como mercurio de un termómetro roto: escurridizo, inapresable e inútil.
Puede ser interesante. Permanezcan en sintonía.

lunes, 15 de mayo de 2006

20 PALABRAS NOMÁS
-¡Pide un deseo! -se reía, despreocupado.
-Pido no tener deseos. Nunca se cumplen, y duelen.
Bebí.
No volví a verle.
(Abril 1999)

domingo, 14 de mayo de 2006

La mujer desaparecía cada vez que él pronunciaba la palabra "espejo". Lo descubrió sorprendentemente tarde, cuando ya llevaban un tiempo viviendo juntos. Una noche, cansado de esperarla, se asomó a la puerta del cuarto de baño y dijo: "¡Vamos, que llevas media hora mirándote al espejo...!", y entonces ella -¡plop!- se desvaneció en el aire ante sus ojos. Cuando unos minutos después se materializó de nuevo, exactamente en la misma posición que ocupaba al desaparecer, él seguía tan atónito que no acertó a hacer alusión alguna al extraordinario suceso que acababa de presenciar. Ella cerró el grifo, apagó la luz y, con pasmosa naturalidad, preguntó: "¿Qué pasa, no te acuestas?"
Jugó muchas veces a volverla invisible durante los años que estuvieron juntos. Al principio por fascinación (¿cómo podía ser posible un fenómeno así?), después como algo cotidiano (cuando las discusiones llegaban a ser insoportables cinco minutos de silencio eran una bendición), pero nunca hasta ahora -cuando llaman insistentemente al timbre y él repite "¡espejo, espejo!" como una letanía- había sospechado que era tan difícil hacer desaparecer a un muerto...

jueves, 11 de mayo de 2006

Tengo frescas aún las palabras -despiadadas-, recuerdo bien los gestos -burlones-, tengo las ganas -rabiosas-, tengo los personajes -un dúo, ¿cómico o trágico?-, tengo la estructura -las piezas, por una vez, se encajan solas, complacientes-, tengo los detalles que harían la narración verosímil (a pesar de que todo fue real, antiliterario por definición), tengo todos los malditos ingredientes para una historia...

Lo malo es que ya está escrita.

"¡Eres un monstruo!", le gritó ella.
Él asintió con lo que parecía su cabeza.
(Ángel Olgoso, Monstruo, 1999)

martes, 9 de mayo de 2006

Debe excitar verte subir a las flores,
quien pudiera verte digerir su polen,
llevarlo contigo donde nace el suave
viento que acaricia todos los lugares.

Si este es tu plan quiero parar mis motores,
así­ te veré metida en tus labores.
Hija de la cara oculta del frescor:
te confieso, te confieso mi amor.

Eres la reina de la sal y de la miel,
y todo lo haces bien excepto amarme.

Debes temblar de soledad y tus colores
brillan en mi sueño y sus alrededores.
Es tu alma mi contemporánea muda,
y sabe de la vida más que aquí­ ninguna.

Si este es tu plan quiero parar mis sensores,
ralentizaré así­ mis temores.
Hija de la cara oculta del frescor:
te confieso, te confieso mi amor.

Eres la reina de la sal y de la miel,
y todo lo haces bien excepto amarme.

(Reina de la miel, Sobrinus, del álbum "13 muecas compiladas")

Presentarse es lo primero que manda la cortesía...