domingo, 14 de mayo de 2006

La mujer desaparecía cada vez que él pronunciaba la palabra "espejo". Lo descubrió sorprendentemente tarde, cuando ya llevaban un tiempo viviendo juntos. Una noche, cansado de esperarla, se asomó a la puerta del cuarto de baño y dijo: "¡Vamos, que llevas media hora mirándote al espejo...!", y entonces ella -¡plop!- se desvaneció en el aire ante sus ojos. Cuando unos minutos después se materializó de nuevo, exactamente en la misma posición que ocupaba al desaparecer, él seguía tan atónito que no acertó a hacer alusión alguna al extraordinario suceso que acababa de presenciar. Ella cerró el grifo, apagó la luz y, con pasmosa naturalidad, preguntó: "¿Qué pasa, no te acuestas?"
Jugó muchas veces a volverla invisible durante los años que estuvieron juntos. Al principio por fascinación (¿cómo podía ser posible un fenómeno así?), después como algo cotidiano (cuando las discusiones llegaban a ser insoportables cinco minutos de silencio eran una bendición), pero nunca hasta ahora -cuando llaman insistentemente al timbre y él repite "¡espejo, espejo!" como una letanía- había sospechado que era tan difícil hacer desaparecer a un muerto...

2 comentarios:

tipodeincógnito dijo...

Son fascinantes los espejos, dijo Alicia. Pero Marta supo que se refería a las palabras.

tipodeincógnito dijo...

En realidad el espejo era este:

"Nunca te lleve a que madame Leonie te mirara la palma de la mano, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mí, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones, y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro"

"Rayuela", capítulo primero