lunes, 22 de mayo de 2006

Me tenía intrigadísima. Nada en él denotaba oscuridades insondables o decadentes submundos, pero le conocían por el sobrenombre de Bloody. Sangriento, caramba. No se puede llamar uno así sin haber hecho méritos. Comencé a construirle una personalidad ad hoc y así fuí convirtiéndole en una criatura temible y -son sinónimos- terriblemente atractiva: en poco tiempo conseguí ver destellos demoníacos en sus ojos donde los demás solo veían los efectos del último gin-tonic y supe leer entre líneas sus gestos hasta lograr captar la maldad implícita que contenían.
Por eso el impacto fue tan apabullante cuando se aclaró el malentendido fonético. Alguien dijo al descuido "¿Quién, Vladimiro?" y el peso del insight fue demasiado para mí. A ver qué hacía yo ahora con semejante personaje ficticio: maldita homofonía de los cojones...

1 comentario:

tipodeincógnito dijo...

Al final -¿remando al viento?- las criaturas siempre vuelven con sus creadores (¿o era aquello acaso un flashback?) Whatsoever, "Bloody" acecha. Aquí tiene mi cuello: que sea lento.