jueves, 25 de mayo de 2006

Siempre quise pensar que estaba ahí para mí. Mi vida hasta entonces estuvo destinada a ir esa tarde a ese lugar y verlo. Han pasado 10 años y lo sigo pensando. Desde entonces muchos ojos habrán vuelto a posarse sobre él, pero eso carece de importancia. Es mío. Me brindó su tiempo hace 298 años sin saberlo: empleó horas en tallar en mármol su nombre y el año en curso para que yo lo viera. Me gusta imaginarlo arrodillado en el suelo, afanado con un punzón o un puñal, arañando la bancada -entonces nívea, también quiero pensar-, esmerándose con la R de Robert, trazando con energía los estilizados dígitos, 1, 7 (oh, el siete, qué belleza de número), 0, 8...
Escribí en septiembre de 1996, aturdida y recién separada de él: Mi mano, su mano. ¿Qué diferencia hay? La mía no estará: la suya ya no está. Nací muerta, pues no se puede nacer de otra manera, y mi mano, ya descarnada, os deja este mensaje: "no me olvidéis, no me olvidéis...".
Me han prometido que te buscarían. Déjate esta vez.
Foto: Galería de los Susurros, Catedral de San Pablo, Londres.

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