jueves, 11 de mayo de 2006

Tengo frescas aún las palabras -despiadadas-, recuerdo bien los gestos -burlones-, tengo las ganas -rabiosas-, tengo los personajes -un dúo, ¿cómico o trágico?-, tengo la estructura -las piezas, por una vez, se encajan solas, complacientes-, tengo los detalles que harían la narración verosímil (a pesar de que todo fue real, antiliterario por definición), tengo todos los malditos ingredientes para una historia...

Lo malo es que ya está escrita.

"¡Eres un monstruo!", le gritó ella.
Él asintió con lo que parecía su cabeza.
(Ángel Olgoso, Monstruo, 1999)

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