viernes, 26 de mayo de 2006

A veces ocurre. Estamos observando un cuadro y de repente nos invade la sensación de que no, de que es el cuadro quien nos observa a nosotros. La reacción entonces puede ser pudor -y bajamos la mirada- o desafío -y miramos aún con más descaro- o claudicación, y nos sentamos mansamente delante del hallazgo asintiendo y sonriendo con levedad, para nosotros mismos: nos ha cazado.
Bronzino pintó este retrato en algún momento no datado del Cinquecento, con el encargo de reflejar el inmenso poder político del Duque de Florencia y Gran Duque de Toscana, el implacable Cosme I de Médicis. En sus dimensiones originales resulta un cuadro bronco, recio, que no admite un vistazo ligero ni mucho menos comentarios frívolos, so pena de que el retratado gire su temible mirada y nos fulmine. La casa Médicis sabía a quien encargaba su departamento de márketing: Bronzino ya era por entonces el retratista oficial de la famiglia. Lo que se pueda decir aquí y ahora (el metal bruñido, los labios apretados, la extraña fiereza que le confiere el estrabismo) no haría justicia al formidable efecto que causa esta pieza cuando se está delante de ella: inspira respeto, y eso que es un jodido trozo de madera con colores dispuestos sobre él. El arte es maravilloso, no me digan ustedes que no...
Foto: Cosimo I de Médicis con armadura, Bronzino (1503-1572), Museo Thyssen-Bornemisza

1 comentario:

tipodeincógnito dijo...

Viajes pensados: caras que miran cuadros que miran caras, frapuccino de frambuesa, más caras, más cuadros, una silla: artes y no arcos.
P