lunes, 2 de octubre de 2006

(No) vida y tribulaciones de un vampiro venido a menos (I)

Un día cualquiera...
Sobre las ocho y media PM Vladimiro se despertó y, al incorporarse, la tapa del ataúd hizo un ruido horrible sobre el parqué, como siempre.
-Ya está el rarito ese, vaya escandalera todas las tardes -la vecina señaló hacia arriba con el pincel de la laca de uñas en la mano.
-Bueno, Concha, qué más te dará a ti...
-¡Pero cómo no me va a dar, Juan Manuel, cómo no me va a dar, si un día de estos nos hunde el techo! Y tú, mucho leer el Marca, pero harías bien en hablar con él alguna vez que le pilles por el portal, vamos, digo yo...

Doña Concha era una mujer entrada en años y en muslamen que no soportaba no estar al tanto de la vida de todos sus vecinos, conocidos, amigos (pocos), familiares, y apurando un poco, conciudadanos. Vladimiro, con sus peculiares costumbres y horarios, la ponía de los nervios. Se moría de ganas de saber a qué se dedicaba (algún trabajo nocturno, de eso estaba segura, ¿guardia de seguridad?, ¿enfermero?, ¿quizás algo relacionado con las discotecas y esas cosas?), si tenía novia (siempre le veía solo) y sobre todo por qué (y con qué) hacía ese ruido tan puñetero todos los días por la tarde , cuando más emocionada estaba ella viendo con fruición la crónica de los asesinatos horripilantes acaecidos en el día que le ofrecía el programa Gente.

A todo esto, Vladimiro tenía un regustillo metálico en la boca y la cara como de alelado, sentado muy tieso completamente vestido en su ataúd con forro de raso beige. Se levantó con cuidado de no pisarse la capa y entró vacilante en el cuarto de baño, una estancia muy moderna con hidromasaje y todo y un murete de pavés separando púdicamente el inodoro. Ya le había encantado cuando le enseñó el piso la chica de la inmobiliaria y no se lo pensó más: cuando ella glosaba las virtudes del PVC, sobre todo en invierno, Vladimiro le hizo un placaje traidor por la espalda y se terminaron sus problemas de vivienda ipso facto.

La gomina se le estaba acabando. Con la poca que le quedaba se recompuso la espesa mata de pelo, prestando especial atención al pico de la frente, ese pico que marcó su vida y, aun más, la encauzó desde el momento de su nacimiento. Al ver sus padres la curiosa excrecencia capilar de su unigénito, de todo punto impropia de un recién nacido, les entró no se qué corriente de telepatía conyugal y dieron en bautizarle Vladimiro con un grado de consenso insólito en un matrimonio al uso. Cuando el pequeñín berreó hasta ponerse púrpura al recibir las aguas bautismales los padres bajaron la vista hacia el ajedrezado suelo de la iglesia, temerosos de Dios, pero se miraron por el rabillo del ojo y volvieron a sentir en su fuero interno aquel latigazo de conocimiento cómplice.
Y es que los padres de Vladimiro eran, para su estrato social de probos trabajadores, unos intelectuales: no sólo tenían en casa la Enciclopedia Ilustrada de las Ciencias Ocultas, del Profesor Jiménez del Oso, sino que se la habían leído enterita, con paciencia y un vetusto diccionario Sopena al que echar mano de vez en cuando.
Sin dejar de ser unos fervientes creyentes católicos, siempre se habían sentido atraídos por el Más Allá en general y lo Desconocido en particular, y desde que se conocieron en una sesión de ouija que organizaba la Asociación de Vecinos para contactar con el panadero, del que se sospechaba había muerto en extrañas circunstancias tras probar un bollo suizo de los que él mismo horneaba con mimo, no hubo película de fantasmas, sesión de vudú o misa negra a la que no asistieran, siempre del bracete.

Con estos antecedentes, el inequívoco aspecto de su hijo nada más nacer les hizo pensar -acertadamente- que acababan de traer al mundo a un ser excepcional. Habían visto fotos de licántropos y similares especímenes en la citada enciclopedia y no tenían duda sobre lo que significaba el triangulillo de pelo sobre los ojos. Sintieron miedo, sí, pero también orgullo. Y tuvieron que decirle delicadamente a la abuela -hoy ya tristemente desaparecida- que no pensaban ponerle Gaudencio, como el abuelo.

Total, que Vladimiro era un vampiro. Muy cachondos los progenitores al elegirle el nombre, para que toda su vida fuese un ripio, una chanza, un chascarrillo andante. Por eso Vladimiro se empeñó desde su más tierna infancia en que se le llamara Vlad, mucho más fino y menos susceptible de rimas, aunque su deseo era sistemáticamente pisoteado cada mañana, al pasar lista en clase.

-¡Número 11, Vladimiro Cofiño!

Y Vladimiro enrojecía hasta el susodicho pico de la frente al oír acto seguido las risillas ahogadas de algunos compañeros bravucones, esos que siempre, desde tiempos inmemoriales, les han robado la merienda a los alumnos más débiles o, simplemente, diferentes al resto...

No quería ponerse triste recordando los difíciles años del colegio. Ahora era un adulto joven, con un piso de lo más aparente y con toda la eternidad por delante, caramba, qué concepto, la Eternidad. Desde que había asumido su naturaleza, hacía ya algunos años, vivía la noche intensamente sin preocuparse por nada más, pues sus comprensivos padres sufragaban los gastos de intendencia doméstica. Un día, al final de sus años de adolescencia, sintió la necesidad de confesarse con sus mayores y les hizo notar la evidencia: que él no era un chico normal.
-Ay, Vladi -su madre sí empleaba el diminutivo, pero a su manera- mira a ver si me vas a dar un disgusto, con las ganas que tengo yo de ser abuela... ¿Es algo con las chicas, que no te gustan o...?

-¡Qué va, mamá, si me gustan muchísimo, no lo sabes tú bien... !

-Calla, mujer, que las cosas no van por ahí -interrumpió el padre - ¿A que no, hijo?. No podemos ser todos iguales, si tú eres... así, pues qué se le va a hacer, con nosotros no te va a faltar de nada, puedes contar con tus padres para lo que quieras...

No se los merecía. Así las cosas, ... (continuará)

3 comentarios:

tipodeincógnito dijo...

Frutal reaparición del otrora ídolo adolescente de las niñas punk. Ay, M, si sabíamos que tú, si sabíamos y ahora seguimos sabiendo. Episódica y frutal, la mejor.

Tommy_Baxter dijo...

Veremos a ver dónde quiere usted llegar.
Debería escribir más a menudo, señorita

Sad dijo...

...vaya un curioso tipo que cree en la eternidad, interesante, debería mantener una entrevista con él, o mejor aún, permanecer a la espera de nuevos capítulos, manteniendo la esperanza de conocer noticias sobre algo que no pueda ser medido por el maldito tiempo...

...ciaoses..