viernes, 27 de octubre de 2006

(No) vida y tribulaciones de un vampiro...(II)

No se los merecía. Así las cosas, llevaba unos diez años dale que te pego al colmillo, no privándose de nada y trasnochando a diario. Vladimiro no era mal parecido, con lo que muy pocas víctimas se le resistieron en los momentos previos al desenlace, pero hasta el ocio cansa, y tras docenas de rollos de una noche sin posibilidad material de llamar por teléfono al día siguiente para repetir la cita (y no por falta de saldo en el telefonino, precisamente, sino por las enojosas limitaciones que presentan los fiambres para atender llamadas) hay que decir que se sentía hastiado de esta vida, aburrido. En definitiva: necesitaba sentar la cabeza.

Se quitó la capa. No pensaba ponérsela más para salir de farra después de lo que le había pasado esa misma noche, cuando unos periodistas noctámbulos (pero bueno, ¿es que no duermen nunca?) le habían perseguido al trote cargados con una cámara enorme y gritando: "Señor Duque, por favor, ¿cuándo ha regresado de París? ¿Son ciertos los rumores de ruptura con la Infanta?". A duras penas pudo darles esquinazo metiéndose en un portal oscuro y profundo, pero le destrozó el tímpano el chillido horrísono de la pareja de jovenzuelos que se topó dándose el filete y él, que se había quedado estupendamente con la cena -un regordete treintañero paseando a un chihuahua que le hizo las veces de aceituna de aperitivo-, tuvo que hacer de tripas corazón y repetir condumio, con las consiguientes hartura y acidez gástrica.

Miró su reloj, ya eran las nueve y veinte. Atusándose la frondosa mata una vez más, Vladimiro apagó la luz del baño y se dispuso a salir a cenar y a lo que se terciase, aunque la experiencia le decía, ay, que seguramente sería aquella otra aburrida noche de tantas: sangre, sexo y cubatas a ocho euros, hay que fastidiarse con el redondeo de las narices.
Salió al rellano y llamó al ascensor. Cuando llegó y se dispuso a entrar , la puerta se abrió de golpe y se encontró con el tupé felizmente encajado en un escote femenino digamos que generoso.
-¡Huy, perdón, no sabía que venía alguien!- Vladimiro dio un paso atrás para recuperar la posición erecta, y de paso pudo ver con qué neumática criatura acababa de colisionar.
-¿Pero no es el cuarto piso? ¡Ay, tanto ascensor inteligente y luego estos cacharros no saben ni a dónde van...!
Quien tan doctamente había hablado era una mujer joven y lozana, de unos veinticinco -según el ojo experto de Vladimiro-, piel sonrosada y sin trazas de acné juvenil, sobre un metro sesenta, moderadamente rubia y, si las triquiñuelas de la corsetería moderna no engañaban, con una talla cien de sujetador. En el suelo del ascensor, a su vera, reposaba una maleta con ruedas.
Vladimiro tragó saliva, como no podía ser menos.
-Estee..., no, estamos en el quinto. Se ve que lo llamé antes que usted.
-Bueno, pues si baja, entre, que yo voy también hacia abajo -Vladimiro entró y se cerraron las puertas metálicas-. Es que soy la sobrina de Concha, su vecina... Porque usted vive aquí, ¿no?. ¡Encantada, soy Encarnación! -y extendió una mano gordezuela que a Vladimiro se le antojó exquisita y que estrechó reprimiéndose para no seguir brazo arriba.
En unos segundos las puertas volvieron a desplazarse y los dos vieron a doña Concha, que había oído la voz de su sobrina y salía a recibirla. Su gesto generalmente astuto trocó en una mueca de sorpresa al ver en tan reducido espacio a su Encarni sonriente junto a aquel mamarracho del quinto, y ya cuando ésta se despidió cordialmente de él y él, caballero español, le sacó la maleta del ascensor al rellano, a doña Concha se le descolgó ligeramente la mandíbula inferior.
-¡Pero niña, de qué conoces tú a ese gañán, que es lo más raro de todo el vecindario! -la tía, cerrando la puerta con mil pasadores y cerrojos, gritaba en susurros por si Vladimiro aún podía oírla.
-¿Raro por qué? A mí me pareció muy normal, y no es nada feo...
-¡Ay, Jesús, a las muchachas de ahora os gusta cualquier cosa...! Oye, ¿y de qué hablabais...?

Vladimiro, justo es reconocerlo, estaba conmocionado por el encuentro. Había bajado los cuatro pisos entretenido en olfatear el suave aroma a piel joven y algo sudada que Encarnación había dejado flotando en el ascensor, y así, husmeando cual gorrino, le pilló el butanero cuando las puertas se abrieron en el bajo.
El resto de la noche vagó por los garitos que solía frecuentar, pero no le abandonó la expresión de melancolía apalominada que le había producido la visión de su nueva vecina. Porque Encarnación llegaba para quedarse, aunque eso no lo supo Vladimiro hasta un tiempo después. En la ciudad, le habían dicho sus tíos, había más colocaciones (sic) que en el pueblo y además, -aunque eso lo pensaron, pero no se lo dijeron- aquí nadie la conocía por el apelativo de La Carnes, en burda alusión a (y franca mofa de) su nombre de pila.
Vladimiro ni cenó esa noche, del nudo en el estómago que tenía. Al volver de amanecida abrió con languidez un tetra-brik de zumo de tomate que guardaba por aquello de las vitaminas y esas milongas dietéticas, y se lo bebió a sorbos pensando en lo solo que se sentía últimamente y en lo maciza que estaba Encarnación, y no por este orden. Se sentó a terminar su desayuno y, hojeando distraído un periódico local, vio un anuncio en el que solicitaban celadores para una clínica privada. Varón, hasta treinta años, con buena forma física y estudios elementales, apartado de correos tal y tal. Vladimiro no había trabajado en su vida, pero igual no estaba mal intentarlo, a ver cómo sentaba eso de ser independiente...

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