miércoles, 31 de mayo de 2006


SHE walks in beauty, like the night

Of cloudless climes and starry skies;

And all that 's best of dark and bright

Meet in her aspect and her eyes:

Thus mellow'd to that tender light

Which heaven to gaudy day denies.

One shade the more, one ray the less,

Had half impair'd the nameless grace

Which waves in every raven tress,

Or softly lightens o'er her face;

Where thoughts serenely sweet express

How pure, how dear their dwelling-place.


And on that cheek, and o'er that brow,

So soft, so calm, yet eloquent,

The smiles that win, the tints that glow,

But tell of days in goodness spent,

A mind at peace with all below,

A heart whose love is innocent!
George Gordon Byron, Lord Byron, 1788-1824

viernes, 26 de mayo de 2006

A veces ocurre. Estamos observando un cuadro y de repente nos invade la sensación de que no, de que es el cuadro quien nos observa a nosotros. La reacción entonces puede ser pudor -y bajamos la mirada- o desafío -y miramos aún con más descaro- o claudicación, y nos sentamos mansamente delante del hallazgo asintiendo y sonriendo con levedad, para nosotros mismos: nos ha cazado.
Bronzino pintó este retrato en algún momento no datado del Cinquecento, con el encargo de reflejar el inmenso poder político del Duque de Florencia y Gran Duque de Toscana, el implacable Cosme I de Médicis. En sus dimensiones originales resulta un cuadro bronco, recio, que no admite un vistazo ligero ni mucho menos comentarios frívolos, so pena de que el retratado gire su temible mirada y nos fulmine. La casa Médicis sabía a quien encargaba su departamento de márketing: Bronzino ya era por entonces el retratista oficial de la famiglia. Lo que se pueda decir aquí y ahora (el metal bruñido, los labios apretados, la extraña fiereza que le confiere el estrabismo) no haría justicia al formidable efecto que causa esta pieza cuando se está delante de ella: inspira respeto, y eso que es un jodido trozo de madera con colores dispuestos sobre él. El arte es maravilloso, no me digan ustedes que no...
Foto: Cosimo I de Médicis con armadura, Bronzino (1503-1572), Museo Thyssen-Bornemisza

jueves, 25 de mayo de 2006

Siempre quise pensar que estaba ahí para mí. Mi vida hasta entonces estuvo destinada a ir esa tarde a ese lugar y verlo. Han pasado 10 años y lo sigo pensando. Desde entonces muchos ojos habrán vuelto a posarse sobre él, pero eso carece de importancia. Es mío. Me brindó su tiempo hace 298 años sin saberlo: empleó horas en tallar en mármol su nombre y el año en curso para que yo lo viera. Me gusta imaginarlo arrodillado en el suelo, afanado con un punzón o un puñal, arañando la bancada -entonces nívea, también quiero pensar-, esmerándose con la R de Robert, trazando con energía los estilizados dígitos, 1, 7 (oh, el siete, qué belleza de número), 0, 8...
Escribí en septiembre de 1996, aturdida y recién separada de él: Mi mano, su mano. ¿Qué diferencia hay? La mía no estará: la suya ya no está. Nací muerta, pues no se puede nacer de otra manera, y mi mano, ya descarnada, os deja este mensaje: "no me olvidéis, no me olvidéis...".
Me han prometido que te buscarían. Déjate esta vez.
Foto: Galería de los Susurros, Catedral de San Pablo, Londres.

lunes, 22 de mayo de 2006

Me tenía intrigadísima. Nada en él denotaba oscuridades insondables o decadentes submundos, pero le conocían por el sobrenombre de Bloody. Sangriento, caramba. No se puede llamar uno así sin haber hecho méritos. Comencé a construirle una personalidad ad hoc y así fuí convirtiéndole en una criatura temible y -son sinónimos- terriblemente atractiva: en poco tiempo conseguí ver destellos demoníacos en sus ojos donde los demás solo veían los efectos del último gin-tonic y supe leer entre líneas sus gestos hasta lograr captar la maldad implícita que contenían.
Por eso el impacto fue tan apabullante cuando se aclaró el malentendido fonético. Alguien dijo al descuido "¿Quién, Vladimiro?" y el peso del insight fue demasiado para mí. A ver qué hacía yo ahora con semejante personaje ficticio: maldita homofonía de los cojones...

viernes, 19 de mayo de 2006

Dice P que debería escribir, y a veces hasta yo misma estoy casi convencida de ello. Hubo un tiempo en que escribía diario con asiduidad, siempre con Pilot negro de punta redonda, siempre en coquetos cuadernos con hojas de color vainilla que había traído de mis escasos viajes. Todo fluía, no era necesario elaborar nada, ni esforzarse: sólo me sentaba en la cama y escribía. No tengo modo de demostrarlo, pero algunas entradas de esos cuadernos fueron muy buenas: conseguían que, al leerlas años después, experimentara la emoción del momento en que se crearon. No es cosa baladí para alguien que cree que "toda emoción verdadera es mentira en la inteligencia, pues no se da en ella; toda emoción verdadera tiene por tanto una expresión falsa: expresarse es decir lo que no se siente". Este Pessoa, ya se sabe, un agonías, pero qué lúcido...

La última entrada de mi diario actual data del 29 de agosto de 2004. Mi amor por la simetría y los números redondos me hace fantasear con esperar hasta tal fecha de este año y dinamitarlo todo a partir de entonces. Mientras tanto voy a seguir permitiendo indolentemente que mi tiempo sea como mercurio de un termómetro roto: escurridizo, inapresable e inútil.
Puede ser interesante. Permanezcan en sintonía.

lunes, 15 de mayo de 2006

20 PALABRAS NOMÁS
-¡Pide un deseo! -se reía, despreocupado.
-Pido no tener deseos. Nunca se cumplen, y duelen.
Bebí.
No volví a verle.
(Abril 1999)

domingo, 14 de mayo de 2006

La mujer desaparecía cada vez que él pronunciaba la palabra "espejo". Lo descubrió sorprendentemente tarde, cuando ya llevaban un tiempo viviendo juntos. Una noche, cansado de esperarla, se asomó a la puerta del cuarto de baño y dijo: "¡Vamos, que llevas media hora mirándote al espejo...!", y entonces ella -¡plop!- se desvaneció en el aire ante sus ojos. Cuando unos minutos después se materializó de nuevo, exactamente en la misma posición que ocupaba al desaparecer, él seguía tan atónito que no acertó a hacer alusión alguna al extraordinario suceso que acababa de presenciar. Ella cerró el grifo, apagó la luz y, con pasmosa naturalidad, preguntó: "¿Qué pasa, no te acuestas?"
Jugó muchas veces a volverla invisible durante los años que estuvieron juntos. Al principio por fascinación (¿cómo podía ser posible un fenómeno así?), después como algo cotidiano (cuando las discusiones llegaban a ser insoportables cinco minutos de silencio eran una bendición), pero nunca hasta ahora -cuando llaman insistentemente al timbre y él repite "¡espejo, espejo!" como una letanía- había sospechado que era tan difícil hacer desaparecer a un muerto...

jueves, 11 de mayo de 2006

Tengo frescas aún las palabras -despiadadas-, recuerdo bien los gestos -burlones-, tengo las ganas -rabiosas-, tengo los personajes -un dúo, ¿cómico o trágico?-, tengo la estructura -las piezas, por una vez, se encajan solas, complacientes-, tengo los detalles que harían la narración verosímil (a pesar de que todo fue real, antiliterario por definición), tengo todos los malditos ingredientes para una historia...

Lo malo es que ya está escrita.

"¡Eres un monstruo!", le gritó ella.
Él asintió con lo que parecía su cabeza.
(Ángel Olgoso, Monstruo, 1999)

martes, 9 de mayo de 2006

Debe excitar verte subir a las flores,
quien pudiera verte digerir su polen,
llevarlo contigo donde nace el suave
viento que acaricia todos los lugares.

Si este es tu plan quiero parar mis motores,
así­ te veré metida en tus labores.
Hija de la cara oculta del frescor:
te confieso, te confieso mi amor.

Eres la reina de la sal y de la miel,
y todo lo haces bien excepto amarme.

Debes temblar de soledad y tus colores
brillan en mi sueño y sus alrededores.
Es tu alma mi contemporánea muda,
y sabe de la vida más que aquí­ ninguna.

Si este es tu plan quiero parar mis sensores,
ralentizaré así­ mis temores.
Hija de la cara oculta del frescor:
te confieso, te confieso mi amor.

Eres la reina de la sal y de la miel,
y todo lo haces bien excepto amarme.

(Reina de la miel, Sobrinus, del álbum "13 muecas compiladas")

Presentarse es lo primero que manda la cortesía...