lunes, 28 de agosto de 2006

Efectivamente, estoy harta de ser buena. Harta de sentir que el tiempo se me escurre como arena esperando el milagro que no ha de suceder. Estoy cansada de ser inasequible a los fracasos, de tener un pozo sin fondo de ilusión que se rellena con sorprendente rapidez tras cada golpe anímico. Estoy hasta ahí mismo de darme, de creer siempre que ésto por fin va a funcionar, sí, que por fin me lo merezco, que ya llegó el momento. Me maravilla mi inocencia, mi confianza en los demás, mi transparencia, mi vulnerabilidad...Todos hieren, dijo el poeta. A la mierda con todos, pues.

domingo, 27 de agosto de 2006


Todo el mundo le reconoce pero casi nadie sabe cómo se llama. Yo tampoco sabía su nombre hasta 1996, cuando -también- reconocí su litografía más famosa en la portada de un pequeño ejemplar, en una librería de Edimburgo. Lo compré y comenzó una hipomanía más, otra en mi lista interminable de pequeños grandes entusiasmos. Me recuerdo días después, sentada en la salita del albergue de Lerwick y absolutamente embebida en la descripción de la obra de este hombre, hipnotizada con las simetrías sin fin, con el vértigo de las estructuras perfectas, yo, que abandoné las matemáticas a los 15 después de que ellas me hubieran abandonado a mí ni se sabe cuándo...
Como digo, casi nadie conoce a Mauritius Cornelius Escher (Leeuwarden, 1898- Laren, 1972) por su nombre, pero cuando describo esta imagen de aquí arriba la reacción siempre suele ser ah, claro, ya sé cuál me dices, y es que tiene que ser difícil olvidar Relatividad (1953) si se ha observado una vez con un mínimo de atención. El pequeño libro escocés fue el primero de unos cuantos, y siempre los leo con la misma fruición del descubrimiento. Me he llegado a obsesionar -Marta y sus arrebatos extáticos, nada serio- con algunas piezas, como fue el caso de Gotas de rocío (1948), imagen que sigo considerando tan perfecta y bella que sencillamente me da miedo.
La obra de Escher me produce una fascinación cuasi religiosa: visitando su museo en La Haya sentí -junto con la emoción pueril de tener los originales a escasos centímetros de mis dedos- un estado de armonía estética increíblemente placentero, la sensación abrumadora de que la perfección existe ahí fuera, si bien solo algunos iluminados pueden captarla y transmitirla, como es el caso.
A medio camino entre el matemático pirado y el dibujante superdotado, el establishment artístico le ignoró abiertamente en vida y tampoco se apresuró a dignificarlo tras su muerte, práctica tan habitual como irritante, pero el desaire, de haberlo, quedó siempre compensado por la absoluta falta de interés de Escher en las vanidades mundanas. Como él mismo dijo en una entrevista: Mi obra nada tiene que ver con los hombres, tampoco con la psicología. La realidad me es ajena. [...] ¿Por qué hay que topar siempre con la mísera realidad? ¿No se puede jugar? .