martes, 19 de septiembre de 2006


"Pasión más grande que el amor es el archivo", dicen que dijo Borges, don Jorge Luis. Esta frase me impactó sobremanera cuando la descubrí, allá en mi idiotizada juventud, y estalló inmediatamente el placer íntimo de sentirse secundada, aunque fuera por un bardo porteño y medio ciego con el que no iba a compartir una sobremesa jamás. Casi cualquier frase lapidaria borgiana tiende a fascinarme porque incide en mi punto débil: el vértigo de lo racional. El orden, la simetría, la ecuación que se resuelve, las premisas precipitándose a una conclusión inevitable, la palabra perfecta en la frase idónea en el párrafo adecuado... Siempre encontré una rabiosa satisfacción en lo racional más que en lo emocional. Aprender, aprehender, recopilar, relacionar, archivar (sí, también), encontrar significados ocultos, interpretar signos...saber. ¿Quién podría preferir ser feliz antes que saberlo todo?. Si por lo menos se pudiera ser feliz con una verdad a medias...
Pero sucede que la felicidad es para los mediocres y que detesto la incertidumbre y los abanicos de posibilidades -¿estaba antes, durante, con qué intensidad, con qué compromiso, sirvió de algo, seguirá el mes próximo...?- y amo la concreción, la opción única, para un mes estuvo bien, ahora ya no me interesas, pero quién te dijo a ti que todo el mundo tiene valor para decir la verdad a la cara, ratita, así que en estas semanas el desencanto y los afectos cercenados no están siendo la secuela más dolorosa, aunque quemen: lo es la ofensa gravísima de no saber, de no poder saber seguramente nunca ya, de tener que vivir con todas las opciones posibles en este triste asunto como cartas de una mano de póker -¿picas, tréboles...corazones?- en una sucesión enloquecedora, sin poder parar la ruleta en un punto... Permita Dmitri que todos los cobardes de este mundo tengan su merecido algún día.

jueves, 14 de septiembre de 2006

Tan simple como eso


Podría disertar sobre la conveniencia de volver al modus operandi de mis 17 -en vista del éxito obtenido, mode ironic on-, aquel con el que hacerse la estrecha pertinazmente servía para poner a prueba al oponente, protegerse de espejismos y a la par exacerbar el deseo (lo más: eso era sentir, sentir con intensidad; la liberación sexual de la mujer es una estafa, desde aquí lo proclamo); podría, digo, bosquejar una minitesina de andar por casa sobre los topicazos de la guerra de los sexos que yo, en mi palurdez, creía superados y que sin embargo son eternos, no, mejor dicho, Eternos; podría, yo qué sé, confesar públicamente que sí, que soy la vergüenza de mi género tal y como nos ha descrito la sabiduría popular, en tanto carezco del más mínimo talento para camelar, envolver, despistar, turbar, enloquecer, atrapar y fagocitar a los hombres, mayormente porque los trato como personas antes que como hombres...
En estos días podría empezar a vomitar pensamientos y no parar, de veras, pero en realidad sólo estoy escribiendo ésto para que en el contador de entradas del blog no aparezca el jodido mes de agosto de 2006 como el último de la lista, mirándome con esos ojazos. Tan simple como eso.