sábado, 28 de octubre de 2006

Clínica veterinaria

Malgré moi, llevo desde el lunes frecuentando el hospital en calidad de señorita de compañía, concepto este muy desacreditado normalmente, pero que en este caso mantiene intacto su honor al tratarse el enfermo de mi vetusto padre.
En una de mis idas y venidas a/de la cuarta planta hice el descubrimiento del que aquí dejo testimonio gráfico: una deliciosa caída de erre que iluminó de la manera más simple estos días de sueros glucosados, apósitos y baberos.
Como se ve, la calidad fotográfica es limitada: confieso que la presión de sentirme observada por los familiares y presuntos padres de los nascituri -porque siempre son presuntos mientras no se demuestre lo contrario- que paseaban atribulados y ahora extrañados por allí me hizo obrar con demasiada precipitación (ni el flash le quité) y luego arrojarme dentro del primer ascensor que se abrió, providencial.
Ahora no puedo dejar de imaginarme a una enfermera saliendo con un patito en cada brazo y felicitando calurosamente a algún pavo de los presentes. Y perdón por el chiste fácil.

viernes, 27 de octubre de 2006

(No) vida y tribulaciones de un vampiro...(II)

No se los merecía. Así las cosas, llevaba unos diez años dale que te pego al colmillo, no privándose de nada y trasnochando a diario. Vladimiro no era mal parecido, con lo que muy pocas víctimas se le resistieron en los momentos previos al desenlace, pero hasta el ocio cansa, y tras docenas de rollos de una noche sin posibilidad material de llamar por teléfono al día siguiente para repetir la cita (y no por falta de saldo en el telefonino, precisamente, sino por las enojosas limitaciones que presentan los fiambres para atender llamadas) hay que decir que se sentía hastiado de esta vida, aburrido. En definitiva: necesitaba sentar la cabeza.

Se quitó la capa. No pensaba ponérsela más para salir de farra después de lo que le había pasado esa misma noche, cuando unos periodistas noctámbulos (pero bueno, ¿es que no duermen nunca?) le habían perseguido al trote cargados con una cámara enorme y gritando: "Señor Duque, por favor, ¿cuándo ha regresado de París? ¿Son ciertos los rumores de ruptura con la Infanta?". A duras penas pudo darles esquinazo metiéndose en un portal oscuro y profundo, pero le destrozó el tímpano el chillido horrísono de la pareja de jovenzuelos que se topó dándose el filete y él, que se había quedado estupendamente con la cena -un regordete treintañero paseando a un chihuahua que le hizo las veces de aceituna de aperitivo-, tuvo que hacer de tripas corazón y repetir condumio, con las consiguientes hartura y acidez gástrica.

Miró su reloj, ya eran las nueve y veinte. Atusándose la frondosa mata una vez más, Vladimiro apagó la luz del baño y se dispuso a salir a cenar y a lo que se terciase, aunque la experiencia le decía, ay, que seguramente sería aquella otra aburrida noche de tantas: sangre, sexo y cubatas a ocho euros, hay que fastidiarse con el redondeo de las narices.
Salió al rellano y llamó al ascensor. Cuando llegó y se dispuso a entrar , la puerta se abrió de golpe y se encontró con el tupé felizmente encajado en un escote femenino digamos que generoso.
-¡Huy, perdón, no sabía que venía alguien!- Vladimiro dio un paso atrás para recuperar la posición erecta, y de paso pudo ver con qué neumática criatura acababa de colisionar.
-¿Pero no es el cuarto piso? ¡Ay, tanto ascensor inteligente y luego estos cacharros no saben ni a dónde van...!
Quien tan doctamente había hablado era una mujer joven y lozana, de unos veinticinco -según el ojo experto de Vladimiro-, piel sonrosada y sin trazas de acné juvenil, sobre un metro sesenta, moderadamente rubia y, si las triquiñuelas de la corsetería moderna no engañaban, con una talla cien de sujetador. En el suelo del ascensor, a su vera, reposaba una maleta con ruedas.
Vladimiro tragó saliva, como no podía ser menos.
-Estee..., no, estamos en el quinto. Se ve que lo llamé antes que usted.
-Bueno, pues si baja, entre, que yo voy también hacia abajo -Vladimiro entró y se cerraron las puertas metálicas-. Es que soy la sobrina de Concha, su vecina... Porque usted vive aquí, ¿no?. ¡Encantada, soy Encarnación! -y extendió una mano gordezuela que a Vladimiro se le antojó exquisita y que estrechó reprimiéndose para no seguir brazo arriba.
En unos segundos las puertas volvieron a desplazarse y los dos vieron a doña Concha, que había oído la voz de su sobrina y salía a recibirla. Su gesto generalmente astuto trocó en una mueca de sorpresa al ver en tan reducido espacio a su Encarni sonriente junto a aquel mamarracho del quinto, y ya cuando ésta se despidió cordialmente de él y él, caballero español, le sacó la maleta del ascensor al rellano, a doña Concha se le descolgó ligeramente la mandíbula inferior.
-¡Pero niña, de qué conoces tú a ese gañán, que es lo más raro de todo el vecindario! -la tía, cerrando la puerta con mil pasadores y cerrojos, gritaba en susurros por si Vladimiro aún podía oírla.
-¿Raro por qué? A mí me pareció muy normal, y no es nada feo...
-¡Ay, Jesús, a las muchachas de ahora os gusta cualquier cosa...! Oye, ¿y de qué hablabais...?

Vladimiro, justo es reconocerlo, estaba conmocionado por el encuentro. Había bajado los cuatro pisos entretenido en olfatear el suave aroma a piel joven y algo sudada que Encarnación había dejado flotando en el ascensor, y así, husmeando cual gorrino, le pilló el butanero cuando las puertas se abrieron en el bajo.
El resto de la noche vagó por los garitos que solía frecuentar, pero no le abandonó la expresión de melancolía apalominada que le había producido la visión de su nueva vecina. Porque Encarnación llegaba para quedarse, aunque eso no lo supo Vladimiro hasta un tiempo después. En la ciudad, le habían dicho sus tíos, había más colocaciones (sic) que en el pueblo y además, -aunque eso lo pensaron, pero no se lo dijeron- aquí nadie la conocía por el apelativo de La Carnes, en burda alusión a (y franca mofa de) su nombre de pila.
Vladimiro ni cenó esa noche, del nudo en el estómago que tenía. Al volver de amanecida abrió con languidez un tetra-brik de zumo de tomate que guardaba por aquello de las vitaminas y esas milongas dietéticas, y se lo bebió a sorbos pensando en lo solo que se sentía últimamente y en lo maciza que estaba Encarnación, y no por este orden. Se sentó a terminar su desayuno y, hojeando distraído un periódico local, vio un anuncio en el que solicitaban celadores para una clínica privada. Varón, hasta treinta años, con buena forma física y estudios elementales, apartado de correos tal y tal. Vladimiro no había trabajado en su vida, pero igual no estaba mal intentarlo, a ver cómo sentaba eso de ser independiente...

lunes, 2 de octubre de 2006

(No) vida y tribulaciones de un vampiro venido a menos (I)

Un día cualquiera...
Sobre las ocho y media PM Vladimiro se despertó y, al incorporarse, la tapa del ataúd hizo un ruido horrible sobre el parqué, como siempre.
-Ya está el rarito ese, vaya escandalera todas las tardes -la vecina señaló hacia arriba con el pincel de la laca de uñas en la mano.
-Bueno, Concha, qué más te dará a ti...
-¡Pero cómo no me va a dar, Juan Manuel, cómo no me va a dar, si un día de estos nos hunde el techo! Y tú, mucho leer el Marca, pero harías bien en hablar con él alguna vez que le pilles por el portal, vamos, digo yo...

Doña Concha era una mujer entrada en años y en muslamen que no soportaba no estar al tanto de la vida de todos sus vecinos, conocidos, amigos (pocos), familiares, y apurando un poco, conciudadanos. Vladimiro, con sus peculiares costumbres y horarios, la ponía de los nervios. Se moría de ganas de saber a qué se dedicaba (algún trabajo nocturno, de eso estaba segura, ¿guardia de seguridad?, ¿enfermero?, ¿quizás algo relacionado con las discotecas y esas cosas?), si tenía novia (siempre le veía solo) y sobre todo por qué (y con qué) hacía ese ruido tan puñetero todos los días por la tarde , cuando más emocionada estaba ella viendo con fruición la crónica de los asesinatos horripilantes acaecidos en el día que le ofrecía el programa Gente.

A todo esto, Vladimiro tenía un regustillo metálico en la boca y la cara como de alelado, sentado muy tieso completamente vestido en su ataúd con forro de raso beige. Se levantó con cuidado de no pisarse la capa y entró vacilante en el cuarto de baño, una estancia muy moderna con hidromasaje y todo y un murete de pavés separando púdicamente el inodoro. Ya le había encantado cuando le enseñó el piso la chica de la inmobiliaria y no se lo pensó más: cuando ella glosaba las virtudes del PVC, sobre todo en invierno, Vladimiro le hizo un placaje traidor por la espalda y se terminaron sus problemas de vivienda ipso facto.

La gomina se le estaba acabando. Con la poca que le quedaba se recompuso la espesa mata de pelo, prestando especial atención al pico de la frente, ese pico que marcó su vida y, aun más, la encauzó desde el momento de su nacimiento. Al ver sus padres la curiosa excrecencia capilar de su unigénito, de todo punto impropia de un recién nacido, les entró no se qué corriente de telepatía conyugal y dieron en bautizarle Vladimiro con un grado de consenso insólito en un matrimonio al uso. Cuando el pequeñín berreó hasta ponerse púrpura al recibir las aguas bautismales los padres bajaron la vista hacia el ajedrezado suelo de la iglesia, temerosos de Dios, pero se miraron por el rabillo del ojo y volvieron a sentir en su fuero interno aquel latigazo de conocimiento cómplice.
Y es que los padres de Vladimiro eran, para su estrato social de probos trabajadores, unos intelectuales: no sólo tenían en casa la Enciclopedia Ilustrada de las Ciencias Ocultas, del Profesor Jiménez del Oso, sino que se la habían leído enterita, con paciencia y un vetusto diccionario Sopena al que echar mano de vez en cuando.
Sin dejar de ser unos fervientes creyentes católicos, siempre se habían sentido atraídos por el Más Allá en general y lo Desconocido en particular, y desde que se conocieron en una sesión de ouija que organizaba la Asociación de Vecinos para contactar con el panadero, del que se sospechaba había muerto en extrañas circunstancias tras probar un bollo suizo de los que él mismo horneaba con mimo, no hubo película de fantasmas, sesión de vudú o misa negra a la que no asistieran, siempre del bracete.

Con estos antecedentes, el inequívoco aspecto de su hijo nada más nacer les hizo pensar -acertadamente- que acababan de traer al mundo a un ser excepcional. Habían visto fotos de licántropos y similares especímenes en la citada enciclopedia y no tenían duda sobre lo que significaba el triangulillo de pelo sobre los ojos. Sintieron miedo, sí, pero también orgullo. Y tuvieron que decirle delicadamente a la abuela -hoy ya tristemente desaparecida- que no pensaban ponerle Gaudencio, como el abuelo.

Total, que Vladimiro era un vampiro. Muy cachondos los progenitores al elegirle el nombre, para que toda su vida fuese un ripio, una chanza, un chascarrillo andante. Por eso Vladimiro se empeñó desde su más tierna infancia en que se le llamara Vlad, mucho más fino y menos susceptible de rimas, aunque su deseo era sistemáticamente pisoteado cada mañana, al pasar lista en clase.

-¡Número 11, Vladimiro Cofiño!

Y Vladimiro enrojecía hasta el susodicho pico de la frente al oír acto seguido las risillas ahogadas de algunos compañeros bravucones, esos que siempre, desde tiempos inmemoriales, les han robado la merienda a los alumnos más débiles o, simplemente, diferentes al resto...

No quería ponerse triste recordando los difíciles años del colegio. Ahora era un adulto joven, con un piso de lo más aparente y con toda la eternidad por delante, caramba, qué concepto, la Eternidad. Desde que había asumido su naturaleza, hacía ya algunos años, vivía la noche intensamente sin preocuparse por nada más, pues sus comprensivos padres sufragaban los gastos de intendencia doméstica. Un día, al final de sus años de adolescencia, sintió la necesidad de confesarse con sus mayores y les hizo notar la evidencia: que él no era un chico normal.
-Ay, Vladi -su madre sí empleaba el diminutivo, pero a su manera- mira a ver si me vas a dar un disgusto, con las ganas que tengo yo de ser abuela... ¿Es algo con las chicas, que no te gustan o...?

-¡Qué va, mamá, si me gustan muchísimo, no lo sabes tú bien... !

-Calla, mujer, que las cosas no van por ahí -interrumpió el padre - ¿A que no, hijo?. No podemos ser todos iguales, si tú eres... así, pues qué se le va a hacer, con nosotros no te va a faltar de nada, puedes contar con tus padres para lo que quieras...

No se los merecía. Así las cosas, ... (continuará)