sábado, 1 de diciembre de 2007

Cuento feliz con final triste

Érase una vez un señor que tuvo una hija cuando ya tenía edad para ser abuelo. Sin apenas estudios pero mucha vida detrás, sin leer un solo manual de crianza infantil pero sobrado de sentido común, el señor cuidó a la niña con esmero y dedicación durante toda su infancia. La llevó a jugar al parque, la esperó a la salida del colegio, la llevó al médico de urgencias, le trajo bolsas y más bolsas (porfa papi, porfa porfa) de Boca Bits del supermercado, la defendió de otros niños que se metían con ella, la riñó cuando se lo merecía, la ayudó con los deberes de matemáticas, le partió en trocitos pequeños el filete de ternera, la llevó en brazos a la cama y miles de otras cosas que sería imposible recordar aquí y ahora.
Además de todo eso, le dio el regalo más bonito que un padre puede darle a un hijo: le enseñó a leer y escribir cuando la niña tenía tres años. Gracias a eso, treinta y dos años después, la niña pudo escribirle a su padre unas breves líneas de gratitud y despedida al día siguiente de su muerte, ya que eso era todo lo que podía hacer por él.
A mi queridísimo padre, in memoriam.

6 comentarios:

Marisabidilla dijo...

No cabe duda de que fue un padre maravilloso.

Ánimo Reina.

Un beso.

pcbcarp dijo...

Mi padre está mu pachucho y yo me temo no haber sido un buen hijo.

La reina de la miel dijo...

Gracias, Mari, poco a poco.
Pcbcarp, apresúrate, dile que le quieres antes del final, aunque solo sea por egoísmo y alivio de tu conciencia.

tipodeincógnito dijo...

A la memoria de ese padre y a su adorable y genial hija. Abrazos en estos tiempos de tiniebla, M.

seven dijo...

un gran beso desde el sur para ti, reina

la reina morcilla dijo...

:*