jueves, 30 de octubre de 2008

Verdades como puños, suma y sigue

¿No es acaso un hecho fisiológico que el ser humano no tiene ninguna experiencia directa, salvo la de su organismo? Es decir, todas las percepciones, recibidas a través de los canales perceptivos exteriores o interiores, se experimentan en términos de estados del sistema nervioso. Por lo general no nos damos mucha cuenta de ello. Es un hecho que se reprime, porque cuando miramos hacia nuestro campo visual, asumimos que está afuera; todo cuanto vemos está más allá de la piel que nos cubre la cara. Por eso no nos damos cuenta del hecho de que es más exacto considerar que el campo visual es una sensación del sistema nervioso óptico y que está dentro de nuestras cabezas. Traducimos los cuantos de luz en estados de nuestras neuronas y, más que estos cuantos, conocemos los estados de nuestras neuronas. Pero este hecho, que normalmente se relega y se elimina de la mente, bajo condiciones determinadas podría muy bien hacerse consciente y convertirse en una experiencia palpable para el individuo. De esta forma creería lo que en sentido neurológico es literalmente verdadero: que sus movimientos, estados, la apariencia de los demás y de las cosas, son formas de sí mismo, por lo que podría decir con fundamento: "yo soy también todo este Mundo".
Alan Watts, Qué es la realidad

lunes, 27 de octubre de 2008

Nueva sección: Verdades como puños

Mi mente y el mundo están compuestos por los mismos elementos. Lo mismo ocurre para todas las mentes y sus respectivos mundos, a pesar de la insondable abundancia de interacciones mutuas. El mundo me es dado de una sola vez: no uno existente y otro percibido. Sujeto y objeto son una misma cosa. Y no podemos decir que la barrera que los separa se ha roto como consecuencia de la experiencia reciente en la física [cuántica], porque esa barrera no existe.


Mente y materia, Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física 1933

domingo, 19 de octubre de 2008

La verdadera causa de la desaparición de la capa de ozono

A veces hay que ponerse serios. No todo va a ser cachondeo, bochornos, jiji-jaja y vecindario escandaloso. Hoy toca un documento científico de primer orden, algo que ha llegado a mis manos de manera inopinada y debo compartir con todos ustedes.
Es mi obligación moral dar a conocer que el cambio climático que nos asola (¿o era asuela? es que suena como el culo, oigan) tuvo su origen en los fecundos años ochenta, años en los que se emitieron a la atmósfera toneladas de laca, y lamentablemente no de la ecológica que anuncia la Pe, como tristemente las generaciones posteriores han podido comprobar.
A continuación, la evidencia gráfica de esta hipótesis escalofriante:

Atención especial a :

-Minuto 00:16: emerge el Cuarteto de la Muerte de entre las brumas. Nuestro cerebro no es capaz de asimilar en tiempo real que exista una criatura híbrida entre Josema Yuste y Stewie, pero existe: es el cantante, el miembro con mayor número de fans de cualquier banda. Cielo santo.

-Minuto 3:40: en un atrevido primer plano del interfecto en el que le come la oreja a la torda, se puede apreciar sin ningún género de duda que el solista, además de feo como un pie y hortera a más no poder, cecea cosa fina. I hear the zecretzs that you keep, when you're talking in your zleep, dice el animalico.

No sé cómo les habrá quedado el body. Yo estoy afectadísima, a la par que intrigada: por muy famosos que fueran los andobas estos, ¿habrán sido capaces de meterla en caliente alguna vez durante la gloriosa época ochentil?

domingo, 12 de octubre de 2008

Vota y haz lo que quieras*

*Versión libérrima y repugnantemente electoralista de San Agustín, de profesión ex crápula.

Sielos, lo hise. Yo, que evito postularme a nada, que la primera decisión que tomé cuando en 2º de BUP resulté subdelegada de clase fue presentar mi dimisión irrevocable, me presento en un arrebato de locura al Concurso 20 blogs de 20minutos.com.





-¿Que se presenta la petarda esa de los bochornos?? ¡No jodasss! ¿Y ahora qué hacemos con el blog sobre terrorismo chiíta? ¡Que nos hunde, Rossy!




Para estas cosas en la que entra el azar, como son el juego y los certámenes de lo que sea, siempre he tenido como lema la magnífica frase de Mark Twain que dice "Nunca apuestes: si sabes que has de ganar eres un pícaro, y si no lo sabes eres un tonto". Pues bien, seré tontita yo -tenía indicios, humm, eso sí...-, pero hoy quiero pantojilmente confesar que pongo en ustedes mis ilusiones de quedar en digna posición en esta lid.


-Er blos de ehta muhé é im-prezionante. En doh palabrah: vótenla toa.

(Gracias, figura. Ya te mando el Joselito por mensajería urgente)


Las votaciones se abren el miércoles día 15 de octubre y se cierran el 2 de noviembre. Háganlo. Vótenme. Vótenme toa, inclusive. Tres mil euros no son mucho en términos absolutos, pero para invitar a unas rondas a mis fervientes fans el día de la entrega de premios segurísimo que dan, vamos, eso está hecho...

Para finalizar, rubia enseñando muslaco y pidiendo el voto, para que cale en el iscociente masculino, que yo sé que algún admirador tiene este blog y hay que tenerlos contentos, criaturicas...



martes, 7 de octubre de 2008

Gritos y susurros

Ayer al llegar a casa subí con mi vecino. La conversación giraba en torno a los topicazos veciniles habituales hasta que de pronto sucedió lo que sigue.

Vecino: ...oye, una cosa, ¿tú oíste el otro día los gritos que pegó la del cuarto?
Yo (ojiplática): ¡¡Síiiiiii!! ¡¿Era la del cuarto?! ¡Joder, es que no sabía si era en este o en otro edificio! Qué fuerte, ¿no?
Vecino: Jo, sí, yo subí a ver qué pasaba y todo...
Yo (pattydiphusa): ¿Cómo que a ver qué pasaba? Hombre, era evidente, pero podía disimular un poco, vamos, digo yo...
Vecino: Ya, no sé, pero es que la pobre pedía socorro y eso...
Yo: (¿Que pedía qué?? "La pobre", dice xDD...) Mmm, yo eso ya no lo oí, pero socorro debía de pedirlo el que estaba con ella, juas.
Vecino: Sí, para el acompañante tiene que ser duro...
Yo (muerta de risa): Sí...¡sobre todo duro! xD
Vecino (algo confuso): Luego hablé con el marido...
Yo (descojonada): ¡Pues sería para felicitarle, macho!
Vecino (mirándome ya raro):...Ehhh, no, bueno, venían del hospital, al parecer...
Yo (ojiplática again): ¿¿Del hospital?? Por dios, ni que fuera la primera tía que...
Vecino:...al parecer fue un ataque de ansiedad muy gordo.

Ahí.

Justo ahí me di cuenta de que:

a) no estábamos hablando de la misma mujer

b) no estábamos hablando de los mismos gritos

c) estaba en disposición de otra entrega de cumbres bochornosas

¿Qué pasa, que en este barrio TODO EL MUNDO GRITA? (...ooops)

domingo, 5 de octubre de 2008

Si es que las visten como putas

Desde que compré el carrito de la compra no me reconozco. Yo, que detesto las grandes superficies, me pavoneo ahora por los pasillos del Carrefour secretamente convencida de que mi macchina es la más mona, estilosa y cuca de todo el hipermercado y por supuesto de que más de una maruja me la mira con disimulada envidia. Por lo que recuerdo de la facultad, hay casos muy extremos de demencia antes de los 40: no descarto que este sea uno de ellos y esté chocheando antes de tiempo.

Una vez leí que un psicoanalista es un señor que va a un cabaret y en lugar de mirar a las bailarinas, mira al público. Siempre me he reconocido en esa frase: opino que el prójimo es el mayor espectáculo del mundo. Y si hay algo en un hipermercado un viernes por la tarde es prójimo. De todas las edades, condiciones sociales y tintes capilares posibles, desde familias calé con niño vociferante "¡aaaay, maaaaaamaaa, cómprame el doneteeeee!" a solteros con carrito -infinitamente más anodino que el mío, ande va a parar-, pasando por parejas repijas con niño único.

Estaba yo esperando mi turno en charcutería cuando me percaté de que una niña de unos tres años muy pizpireta se había apostado junto a mí, con cestita incluida, remedando los gestos de los adultos. Llevaba en la mano el papel con el número de turno y todo, y lo agitaba ufana frente al cristal del expositor cada vez que la charcutera se acercaba. Como esta táctica no le servía para sus propósitos de ser atendida a la voz de ya, se dejó de sutilezas y pasó al plan B: empezó a aporrear el expositor a dos manos mientras gritaba "¡¡eeeehhhh!!" con una voz sorprendentemente ronca, al más puro estilo de un camionero cuando se le pone un pardillo con la L delante.

En ese momento se oyó una voz de hombre detrás que la llamaba. Candela, para. Denotaba menos autoridad que un Teletubby, así que naturalmente Candela no solo no paró, sino que redobló sus aporreos. Miré hacia atrás y vi al supuesto padre de Candela, unos cuarenta años, apariencia pija estándar, pantalones chinos, pelo engominado, cara de hastío vital. Cuando asumió que la niña no pensaba hacerle ni puto caso, la cogió por un brazo y se la llevó hacia otro mostrador, donde se quedaron esperando. Entendí que era allí donde querían comprar y que Candela se había escapado para hacer la gracieta. Mientras tuve a la niña pegada a mis piernas, la perspectiva visual que tuve de ella solo me dejaba ver que llevaba una chaquetita de punto color cereza y un enorme lazo en el pelo a juego; ahora que se alejaba de mí pude ver el resto de su indumentaria.

Y se me descolgó la mandíbula inferior.

Debajo de la chaqueta llevaba un vestido beige con dibujitos también color cereza (la armonía cromática, ese gen femenino, otro día hablaremos del tema), pero ocurría que el vestido terminaba donde comenzaba el culo para así dejar que se vieran unos inenarrables pololos blancos. Calcetines cortos y zapatitos completaban el atuendo, a pesar de que aquí ya arrecia el otoño y el resto de niñas coetáneas que había por allí llevaba leotardos finos.

Observé que más gente se quedaba mirando los expuestos jamones de Candela mientras ella correteaba indolente y salvaje ajena a todo. Dentro de la contemplación del prójimo, mirar a los que miran es un ejercicio fascinante. Si entre los observadores había algún pederasta, debía de estar haciendo mentalmente ejercicios de hiperventilación en ese momento para no delatarse. Con todo, el gesto que más veces detecté fue el de lástima. Seguramente ellos veían lo mismo en mi cara.

No sé bien cuándo se forjan en un infante los sentidos del ridículo, de la moral y el más raro de todos, el común, pero intuyo que si en algún momento de tu vida has salido a la calle enseñando el culo -aunque perfectamente conjuntada, eso sí- porque tus propios padres, en los que confías y de los que dependes, te lo han perpetrado, esa impronta indigna tiene que permanecer de algún modo en tu subconsciente. Candela llegará a edad delicada y tentadora y no comprenderá por qué sus padres no la dejan salir el sábado con esa falda tan molona que enseña el tanga de hilo dental, y es que ella juraría recordar que una vez, hace mucho...

domingo, 28 de septiembre de 2008

Cumbres Bochornosas revolutions (y ya, leñe)

Por petición popular (bueno, más bien esta y esta otra petición, pero era para darme más pisto ahora que voy a necesitar votos como una desgraciá), procedo a finiquitar la colección de lo que en mi jerga adolescente daba yo en llamar momentos pirulos. Como si de un menú de estos raros deconstruidos se tratara, hoy tenemos…

De primero, empanada matutina con sorpresa en forma de calcetín

Iba yo una fría mañana ovetense de camino a la facultad por una calle atestadita de estudiantes de todos los tamaños y pelajes cuando de una manga de la cazadora se me escurrió un calcetín. Repito: un calcetín. Al principio no pude colegir racionalmente que aquello granate que asomaba por el puño fuera un calcetín, naturalmente porque algo así era imposible. Cuando me agaché a recoger lo que se me había caído (fuera lo que fuese aquello, aún no reconocible, era mío, había salido de pí pispa) y lo cogí y comprendí, me dieron ganas de hincarme de hinojos en la acera como Willem Dafoe en Platoon y clamar al cielo tal que así: ¡Oh, Dios, cuán crueles son tus designios! ¿Tenías que someter a tu elegida a esta prueba precisamente ahora, justamente aquí, con tantos testigos, algunos que incluso la verán a diario en clase y se descojonarán vivos al reconocer a la friki del calceto??


Pues efectivamente, hay que joderse. Y todo por la puñetera manía de usar el respaldo de la silla del escritorio como perchero en lugar de colocar neuróticamente la ropa en su sitio nada más recogerla del tendedero. Con el empane habitual de los madrugones mañaneros la menda agarró la cazadora y de paso prendió lo que pilló debajo, en este caso, el famoso calcetín. ¿Cómo consiguió instalarse tan cucamente dentro de una manga? Aaah, eso ya ni idea. Yo las pasé canutas recogiéndolo, pero les digo una cosa: presenciar cómo alguien pierde un calceto que le sale del lugar más inverosímil en mitad de la calle tiene que ser para traumatizarse. Sirva este texto para expresarle mis más sinceras disculpas al pobrecillo que venía detrás de mí y tuvo que verlo todo, jope…

De segundo, filete vuelta y vuelta macerado en su propio jugo durante varias horas

Una está en una edad en la que ya no desperdicia oportunidades con aquellas excusas tan gilipichis del tipo es que estoy sin depilar o no puedo, tengo la regla. Como oí una vez en una peli italiana, el sexo es como la nieve: nunca sabes cuándo va a volver a caer, así que si hay que ir se va, oigan.
En una de estas raras ocasiones, el afortunado decidió llevarme a casa de sus padres aprovechando que los inocentes estaban de vacaciones. Ya puestos (en todos los sentidos), decidió también que la cama de sus padres era más grande y que para qué pasar estrecheces pudiendo practicar el salto del tigre en una de 1’50. Pos fale, chato, si a mí en estos momentos me vale un tatami, cómo te lo diría yo… No es que me preocupara especialmente el dato, pero ese día aún era yo muy mujer, vamos, quiero decir más mujer que el resto de días del mes, aunque las pruebas evidentes eran ya casi inapreciables y por tanto me consideré perfectamente dispuesta para un homenaje.
El homenaje tuvo lugar, pues. No es el momento ni el lugar para referir los detalles intrínsecos del mismo, y además no es el objetivo de la narración. El caso es que la noche transcurrió y la luz del alba sorprendió a los amantes dormidos (esto no sé muy bien si es más de Corín Tellado o de La Celestina: si es que no se pueden tener tantos referentes literarios, por diosss). El maromo se levantó para ir al baño y entonces…

Maromo: ¡¡¡¡Joooooo-deeerrrrr!!!
Muá (con gesto de suficiencia) Lo sé, lo sé, darling, es el efecto que produce en los hombres la visión de este cuerpo hecho para el pecad...
Maromo: ¡¡¡Hostiaaa, mi madre me mata!!!
Muá: ¿Ein? ¿Qué pasa, que tu madre solo quiere que te líes con feas? Pues vaya madre más desnaturalizada, oche…
Maromo: ¡¡Tía, pero tú mira la colchaaa!!

La colcha. Sí. Y las sábanas también. Ah, y la funda de la almohada, lo mismo. Mayormente aquella habitación parecía con luz diurna el set de rodaje de Carrie, no sé si me entienden. Se ve que con la prospección minera de la noche anterior algunas corrientes subterráneas se agitaron más de la cuenta (percátense de mi dominio del eufemismo, háganme er favó). Cuando conseguí apartar la vista de aquel festival gore lo siguiente fue mirarle a él: estaba como una pared de Altamira, pobrete. Yo no sé cómo se puede perder tanta sangre y seguir viva, ehto é increíble, que diría Bisbal.

¿Qué parte viene ahora? Pues claro: la del bochorno. A ver, una no tenía culpa, son cosas que pasan, pero el momento “ayúdame a meter esto en la lavadora, que me desheredan” pues qué quieren que les diga, lo pasé mal, ains…

De postre, sorbete-cóctel “¿Doctor, ¿es grave?” especial de la casa

No me perdonaré nunca haberme perdido la despedida de soltera de mi mejor amiga, la del aparato dental, la del atropello, la de…(joder, esta mujer sabe más de mis bochornos que yo misma). Me la perdí porque la víspera me pillé una cogorza del quince con los amigos de su novio, que habían venido de Holanda para la boda. De Holanda, insisto. A mí me dicen “Oye, que están aquí Guiri 1 y Guiri 2, van a salir a tomar algo por ahí, ¿vienes?” ¡Anda que vaya pregunta! ¿Que si voy…?
Aún diría más: ¿¿QUE SI VOY??

Fui.


Ni ví ni vencí, las cosas como son. Estos guiris no eran formato berlinés, una pena. Aun así, eran simpáticos y uno incluso era azafato y tenía su público. El caso es que yo, exaltada como estaba por las circunstancias –veranito, jiji-jaja, boda de mi mejor amiga-, me entregué a la sidra con devoción y profesionalidad. Cuando las sidrerías cerraron seguí entregándome –si es que una es así de generosa- creo recordar que al 100 Pipers, y cuando acabé con los cien gaiteros uno detrás de otro pues ya como que empieza a estar algo borroso el asunto, mmm…

Llegué a horas escandalosas a casa. Calculé que si dormía hasta las 2 de la tarde o así podría estar presentable para la despedida de soltera, que empezaba a las 7. Efectivamente, sobre las 2 desperté. Aquello era la Madre de Todas las Resacas, para resumir. Ya no era sólo el dolor de cráneo, la acidez de estómago y la lengua de esparto, sino que el más leve intento de incorporarme de la cama era como El Diario de Patricia: insoportable.


Por aquel entonces yo vivía con mis padres. Mi madre, sospecho que más por ingenuidad que por educación, nunca achacaba mis jaquecas domingueras al alcohol: la nena no puede beber tanto, no, es que es propensa a las cefaleas, la pobre (muy bien, mami, tú sigue así, campeona). Al verme la mujer en ese estado se preocupó por mi salud, lo normal. Decidí seguir tumbada en posición fetal un rato más, a ver si remitía. A las 4 volví a intentar levantar cabeza y nada. A las 6 de la tarde pedí la extremaunción con un hilo de voz y ahí fue cuando mi madre llamó al médico. Al de familia, al que viene cuando tenemos la gripe, a ese señor que saludamos con la manita cuando le vemos con su maletín por el barrio. Glups.


Cuando le vi aparecer por la habitación e inclinarse para examinarme no me pude contener. ¡¡Doctor, me late el ombligo!!, le susurré desquiciada, y le habría agarrado por las solapas con manos agarrotadas a lo Margarita Gautier de no ser porque era agosto y el pavo no llevaba chaqueta. Llevaba dos horas viendo con horror cómo algo alienígena botaba dentro de mi barriga con cada pulsación: pues que no sabía yo que llegaba hasta ahí la aorta, jaté tú…La nota naïve la puso mi progenitora, que con gesto atribulado preguntó si aquello podía ser una úlcera gástrica. No, mujer, es intoxicación etílica aguda, repuso él muy formal. ¡Pero hombre, por diooos! ¿No tenéis en la carrera la asignatura de Comunicación sutil de diagnósticos bochornosos? De verdad que lo mío con los médicos es penoso, jolín…
No les digo más que me duró la resaca 48 horas: para mí que los guiris deben de emitir alguna feromona especial que en combinación con el alcohol a mí me deja para el arrastre, porque esto ya es para sospechar, ¿o no?



Termino definitivamente esta saga vergonzosa con un highlight entrañable, algo muy rápido. Tendría yo unos 16 años cuando se me acercó un desconocido en la discoteca. Atención al diálogo, corto pero intenso, dejando bien patente que el lenguaje une pero también separa irremediablemente…

Desconocido (gritando para hacerse oír sobre la música): Oye, ¿tienes papel?
Yo (atónita): ¿Papel? ¿Pero tú te crees que vengo aquí a escribir, de qué vas??

Bendita inocencia.

viernes, 26 de septiembre de 2008

El sitio de mi recreo

Ayer ví por primera vez un lugar que había mirado de soslayo cientos de veces antes. En pleno centro de mi ciudad se conserva aún el recinto de una antigua ciudadela de posguerra que el ayuntamiento ha habilitado a modo de museo obrero urbano al aire libre. Junto a los restos conservados y remozados de lo que fueron modestísimas viviendas, los próceres locales incluso han tenido el detalle de crear un pequeño jardín, con sus bancos y sus farolas y hasta su fuente. Ayer, digo, entré por primera vez en ese espacio. Era puro, perfecto, precioso. Vacío de personas y sin embargo (o precisamente por eso) tan lleno. Había un montón de cosas a las que prestar atención: el sonido de las hojas caídas arrastradas por el viento, los aleteos de las palomas, los guiños del sol al reaparecer tras una nube, la danza lánguida de un visillo abandonado en la ventana de una casa abandonada...

Será mi secreto.
Estoy deseando volver.


martes, 16 de septiembre de 2008

Cumbres Bochornosas reloaded

Si hubo un año intenso en mi vida ese fue 1990. Viaje de estudios a Italia, selectividad, enamoramiento impetuoso de Claudio meesnifohastalalíneadecorner Caniggia en el Mundial de Fútbol, inicio de la universidad...La guinda la puso una Ducati amarillo chillón que una noche de noviembre en una carretera nacional me hizo un masaje de tibia y peroné pero fino, fino. Nunca había tenido un accidente, nunca me habían operado de nada, nunca había experimentado el dolor físico intenso. Fue una lección de vida importante y los cincuenta y cuatro puntos de sutura me la recuerdan cada día. Eso y que no volví a ponerme vestiditos de verano: menos mal que los pantalones me quedan estupendos.

El atropello fue doble: mi vieja amiga, la del andamio dental, también mordió el asfalto esa noche conmigo, así que nos pasamos el siguiente mes escayoladas y en la misma habitación de hospital. Lo que en principio fue una putada mayúscula tuvo también sus momentos buenos, de risa entre las lágrimas. Lo siguiente es uno de estos momentos.

Cualquiera que haya tenido un miembro escayolado sabrá de qué hablo si digo que la piel pica. Pica muchísimo, y el no poder rascarse es una de las vías más directas a la locura. Tengo las manos pequeñas, pero no tanto como para poder llegar donde necesitaba, así que me agencié una aguja de tricotar que me transportó al séptimo cielo.
El invento pronto se reveló como multifunción: no sólo servía como rascador sino también como elemento auxiliar para alcanzar cosas fuera de mi radio de acción. Para alcanzarlas o para alejarlas. ¿Han probado a quitarse la ropa interior sentados y con una pierna totalmente estirada? Chungo, sí, créanme. Hasta el advenimiento de la aguja de tricotar yo tenía que pedirle a alguien que pasara por allí que me quitara las bragas, literalmente. Las personas afortunadas solían ser enfermeras o auxiliares y era un momento muy humillante: así, sin música de fondo ni un besito ni nada. Aquí te pillo en la habitación 302 y aquí te despeloto. Pues bien, con la aguja todo esa incomodidad se terminó: ya empujaba ella el trofeo más allá de donde me llegaban a mí las manitas hasta conseguir finalmente dejar atrás el pie y volver con la prenda en vilo a modo de pendón (que es una palabra muy digna y no tiene nada que ver con desorejamientos, a ver…)

El proceso, si bien efectivo, llevaba su tiempo. Baja por aquí, estira por allá…Una mañana, mientras me afanaba en ello con extrema concentración, la puerta de la habitación se abrió de golpe y a todo lo que daba. Al parecer, uno de los superpoderes de los galenos es acercarse sin ser oídos (las madres y los jefes también lo tienen, qué cosas), así que sin ningún ruido de pasos que le hubiera delatado ahí apareció el traumatólogo jefe en toda su autoridad y tras él un rebaño de MIR (serían tres o cuatro, pero para mí fue un delirio de batas blancas que ocupaban todo mi campo visual). La sorpresa fue mayúscula. Momentos después hicieron aparición la vergüenza (joder, ¡que estoy sacándome unas bragas sucias con media facultad de Medicina de testigo!) y la indignación, porque, oiga, usted sabrá dónde está el píloro y yo no, de acuerdo, pero yo llamo a las puertas antes de entrar, ¿lo pilla, doctor?
No recuerdo ya bien los detalles, pero creo que mi glups se oyó en el puesto de control de Enfermería al otro lado del pasillo. En mi azoramiento balbucí alguna obviedad, algo como jiji, un momento, por favor, que me estoy quitando las bragas, al estilo de aquel legendario “Traje una sandía” pronunciado por Baby en Dirty Dancing.

El caso es que allí no se disculpó ni dios bendito, ni un gesto de conmiseración, ni gota de piedad humana, oigan. Se acercaron, me toquetearon la escayola, el médico les dijo palabras raras a los mires, los mires apuntaron cosas y luego se largaron como habían venido: con un portazo. A todo esto, la prueba del delito permanecía lánguidamente donde la había dejado, a medio camino entre la rodilla y el tobillo. Me giré lentamente hacia la cama de mi compañera de fatigas y nos miramos con gesto grave. Las carcajadas que vinieron después debieron de ser de órdago porque tuvo que venir una enfermera a recordarnos que aquello era un hospital y que menos cachondeo…

¡Ah, aquellos viejos e intensos bochornos! Luego una se hace mayor y parece que lleva los ridículos con más dignidad, como que le afectan menos las cosas, no sé. Quiero decir que el empane es el mismo, pero luego se recuerda la escena como algo más entrañable y menos trágico.


¿Entrañable, dije? Bueno, también hay ocasiones en las que una ya puede votar desde hace unos cuantos años y sin embargo sigue haciendo el canelo como a los quince. Sin ir más lejos, en una fiesta de Erasmus. Tendría yo un cuarto de siglo cuando se me ofreció la oportunidad de asistir en vivo y en directo a una de estas míticas reuniones en las que se concentra lo más granado de la rubicundez europea en un piso de alquiler de 70 metros cuadrados. Para alguien como yo, a quien le entran sudores con la mera contemplación a distancia de un ario tomando una Franziskaner en una terraza, la idea de poder departir de tú a tú con walkirios a tutiplén, todos tremendos, todos hablando mayormente alemán (slurp), todos en edad de merecer y casi todos ingenieros, era tan emocionante que para soportarlo tuve que darme a la bebida. Y bebida, junto con testosterona, era lo que sobraba en aquella casa, doy fe.

Entre todo el catálogo, y había nacionalidades para escoger, mi favorito era un berlinés de mirada perversa y dicción lenta pero enérgica. Verle aparecer de noche, con la gabardina Barbour abierta al viento enmarcando su 1’85 de prusiana majestad, espoleaba violentamente todas las fantasías con uniformes nazis y látigos que una pudiera tener. Y una podía tener muchas, ay.
En el citado guateque el susodicho zascandileaba de aquí para allá sin perder nunca su elegancia característica. Mostraba permanentemente un esbozo de sonrisa de medio lado, como si todo y todos le resbaláramos, por no decir que nos miraba como un entomólogo observaría un hormiguero, así de magnífico era en su altivez mein übergruppenführer


Consciente de que mi oscuro deseo jamás sería satisfecho, asumido el hecho palmario de que a mí me pirran los guiris pero yo a ellos no, mi mano derecha se convirtió en una especie de axón neuronal en el que la copa vacía hacía las veces de botón terminal: el objetivo era que la copa se acoplara rápidamente a alguna dendrita en forma de botella de Barceló, verbigracia. La sinapsis espirituosa se repitió con una facilidad soprendente: siempre había algún sueco o austríaco o gran danés cerca dispuesto a rellenar copas de españolas semiborrachas, así de majos eran. Entre copazo y copazo llegó la medianoche y con ella la hora del cumpleaños feliz (todas las fiestas Erasmus son de cumpleaños: no sé si hay investigación científica al respecto). Se repartieron copas de champán, nos pusimos en círculo con el homenajeado de turno en medio, cantamos, bebimos, volvimos a beber…
Lo siguiente que recuerdo es una palangana de plástico azul eléctrico delante de los morros. No sé cómo habíamos llegado allí ni la palangana ni yo, ni qué había acaecido en el ínterin, pero estaba sentada sobre alguien que me sujetaba la frente con una mano y la palangana con otra mientras me decía lentamente en inglés que cuando vomitara estaría mucho mejor. Levanté a duras penas la cabeza para ver quién era mi benefactor: los ojillos verdes del berlinés magnífico eran ahora dos ranuras escrutadoras, y de cerca tenía una dentadura cojonuda, por cierto.


Bien. Muy bien, Marta. Lo has conseguido, estás sentada en toda tu (cof, cof) voluptuosidad irresistible sobre un guiri que podría protagonizar los sueños húmedos de una década. Lástima que en estos momentos tengas un pedal como un piano y el aspecto de Robert Smith sin maquillaje waterproof. El objetivo está cumplido: a buen seguro que formarás parte de los recuerdos más entrañables de su época de Erasmus. Ah, no, que el objetivo era calzárselo hasta la extenuación…Pos va a ser que con esta performance lo tienes complicado, reina.

Del shock la borrachera se me esfumó de golpe. Súbitamente lúcida y patética, con una revoltura de estómago del carajo y un bochorno de 9 en la escala Richter, me apeé de aquellos muslos de acero muy a mi pesar y musité un “thank you” que en realidad fue un “hasta siempre, cordero, snif”. La fiesta se terminó para mí en aquel mismo instante, como es natural. Todavía me dejé arrastrar a una discoteca, pero yo ya estaba en fase resacosa y encima no podía dejar de rememorar una y otra vez el momento palangánico…

Horas después el teléfono me sacó de la cama y del coma. Era una amiga que había estado en la fiesta. Yo estaba mareada y confusa, así que de momento no me extrañó que no entendiera nada de lo que parloteaba. Luego, sin embargo, presté atención a lo que me contaba y me espanté: mi amiga me estaba refiriendo con lujo de detalles lo que yo había estado haciendo durante dos horas y no había registrado en absoluto. Sentí pánico. Al parecer la copa de champán desencadenó un blackout durante el que hablé a diestro y siniestro con todo el mundo, me dediqué a perseguir a un pobre austríaco para evitar que fumara (¡!), me caí dentro de la bañera (wtf??) y aseguré que podía volar a quien quisiera oírlo para seguidamente disponerme a hacer una demostración práctica en la ventana: le debo la vida a un bávaro que pasaba por allí y me vio las intenciones.

Como éramos pocos, parió la abuela. Y yo pensando que tener arcadas sentada sobre el paquete de un macizo teutón había sido lo más bochornoso (y contradictorio en sus términos) de la noche, inocente de mí. Días después tuve que enfrentarme, ya sobria, a varios asistentes al evento. Hubo de todo, pero mayormente miradas de reprobación (casi todas femeninas) y muchos comentarios jocosos (casi todos masculinos). Incluso hubo quien me sugirió irónicamente que estuviera atenta al calendario menstrual, por si acaso. Esto me consternó: siempre quise tener un hijo rubio y con ojos azules, pero, honestamente, poder recordar luego la manufactura me parece condición sine qua non.


Y eso es todo. Si de cumbres hablamos, esta fue mi Annapurna particular. Pequeños bochornillos siempre hay, claro, pero en comparación con esto palidecen. Afortunadamente, lo que llamamos realidad cotidiana es como una sucesión de diapositivas, y todo se va difuminando lenta pero decididamente. A día de hoy ya no siento vergüenza al contarlo, pero persistirá siempre la incomodidad de saber que hay dos horas de mi vida consciente que me han sido hurtadas. ¿Cómo se puede hablar, percibir, moverse, actuar y no registrar nada en la memoria? ¿Podría alguien tener un blackout que durara virtualmente su vida entera y no recordar nada nunca? ¿Quién o qué sería esa persona? ¿Sería persona siquiera? ¿Tendría un yo reconocible? La repera, oigan, pero como decía Ende, esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Están entre nosotras

Hay una escena en "Cuando Harry encontró a Sally" (y no, no es la de Meg gimiendo en el restaurante, aunque los tiros van por ahí) en la que el petardo integral de Bill Crystal le cuenta a un amigo cómo había logrado hacer maullar a una mujer en la cama. "Maullar" es un verbo que unido a cosas del fornicio ya suena lo suficientemente gráfico y ya da la suficiente envidia, pero ¿qué me dirían si les aseguro que también puede emplearse el verbo "barritar"? Bien, sí, venga: usted y usted pueden ir un momento a por el diccionario. Para los demás continúo con la narración.
Noche de un martes cualquiera, once y cuarto pm. Tranquilidad absoluta en el edificio, familias decentes, una calle con un solo carril, poco tráfico a esa hora. Servidora está enredando en la cocina cuando un sonido externo a su piso cobra súbitamente protagonismo. Es un lamento. No, no...es un ¿grito?...Errr, es...es...¡dios santo, están matando a una vecina! ¡Policía!
A los treinta segundos de gritos ya me quedó claro que alguien se lo estaba pasando pipa en las cercanías.
Sonreí.
Seguí sonriendo, esta vez ya con un leve rictus de admiración, al minuto y medio de alaridos. Para cuando llegó la cosa a los dos minutos continuados de berrido/segundo de descanso/berrido el rictus había pasado directamente a mosqueo, y no les digo nada de la cara que se me debió de poner un minuto después, cuando aquella desconocida hembra primigenia no sólo no entraba en fase de meseta -respira, muhé, que te ahogas- sino que barritaba in crescendo, tanto que lo que yo ya sentía era simple y llanamente vergüenza, y también una ligera irritación por no haber venido equipada a este mundo con ese motor de inyección de serie.
Estábamos ya en los cuatro para cinco minutos de reloj y aquello (It, podríamos llamarlo, porque infundía terror reverencial) no paraba. Yo caminaba arriba y abajo por casa como Chiquito de la Calzada (no puedor, no puedorrrr) mirando paredes, techo y suelo, intentando dilucidar cuál de las apacibles vecinas a las que había visto hace un mes en la reunión de la comunidad tenía tal stock de kundalini, la muy hija de puta. Entonces, prestando algo más de atención al bramido rítmico, pero ahora ya (¡por fin!) agonizante, me di cuenta de que igual provenía de otro edificio próximo al mío, así que me arrojé a la ventana más cercana.
El espectáculo fue overwhelming, que dicen los ingleses. Vamos, que acojonante: decenas, qué digo decenas, docenas de cabezas furtivas asomaban tras las cortinas, atisbando en la noche, oscilando cual mochuelos para captar mejor el origen de aquel sonido del Averno. Justo en la ventana frente a la mía, un hombre joven con camiseta roja parecía francamente asustado. Sujetaba la cortina junto a su mejilla mientras miraba en derredor con gesto de Bambi buscando a su mamá. En un momento dado nuestras miradas confluyeron: creí notar un poso de hondísima congoja en sus ojos. Tranquilo, majo, lo más seguro es que esté fingiendo, le dije mentalmente. Penita, por dios...

Finalmente la cosa paró, pero me quedó un mal cuerpo que no se imaginan: tenía miedo de irme a dormir, quedarme traspuesta y ser brutalmente despertada con otra exhibición ultraterrena. Al cuarto de hora asomé tímidamente un ojo por la ventana y el de la camiseta roja seguía allí, no sé si husmeando el aire nocturno a ver si le traía efluvios reveladores (otra como esta y la gata me entra en celo) o planteándose dejarlo todo y meterse a cartujo, pobrete.
Y que no sabía yo que además de orgásmicas y multiorgásmicas hubiera requeteorgásmicas, oigan. Cosas veredes.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Ahora encaja

Es sencillamente cojonudo encontrarle sentido a las cosas. Palabras que te removían hace 10 años a un nivel subconsciente cobran hoy luz de repente y te dicen algo que entonces, aun queriendo, no estabas preparada para entender.
Ahora sí, ahora.
Joga (Björk, Homogenic)
All these accidents that happen follow the dot,
Coincidence makes sense only with you,
You don't have to speak, I feel.
Emotional landscapes, they puzzle me,
Then the riddle gets solved, and you push me up to this
State of emergency, how beautiful to be,
State of emergency, is where I want to be.
All that no-one sees you see, what's inside of me,
Every nerve that hurts you heal, deep inside of me, oo-oohh,
You don't have to speak, I feel.
Emotional landscapes, they puzzle me - confuse,
Then the riddle gets solved, and you push me up to this
State of emergency, how beautiful to be,
State of emergency, is where I want to be.
State of emergency ,how beautiful to be.


jueves, 28 de agosto de 2008

Cumbres Bochornosas

Hace ya tiempo que tenía en mente esta entrada, ya que atesoro highlights vergonzantes como para montar un negocio de exportación de pifias, pero desde que esta pucelana sin complejos publicó lo suyo decidí que no, que la Humanidad no podía ni debía caminar ni un día más sobre la Tierra sin saber qué cotas de ignominia pueden alcanzarse cuando se juntan una magnífica empanada mental de serie y un abono vitalicio de palco a la jodía Ley de Murphy.

Mientras prefiguraba lo que iba a poner –naturalmente en horas de trabajo, sólo faltaba- pensé en remontarme a los orígenes, al Paleolítico Bochornoso, esto es, cuando mi madre me enviaba al cole con el pijama de felpa debajo de la ropa de calle para que no me enfriara en los esteparios (ejem) inviernos cantábricos. De termodinámica andaba ella muy justita y no pillaba que yo era un ser vivo que producía su propio calor, en fin…
A fe mía que conseguía su propósito: las compañeras ya me calentaban en el recreo cuando asomaba la pernera con motivos florales por debajo del pantalón de chandal. Los niños de hoy sufren una cosa que se da en llamar bullying. Ni idea, oigan: lo mío fue un acoso y derribo escolar en toda regla mantenido durante años, quien lo probó lo sabe, parafraseando a Lope.
Sin embargo, finalmente decidí que las miserias infantiles no formarían parte de la lista porque un niño que lo pasa mal no es algo divertido, bien al contrario, es el espectáculo más acongojante que conozco. Incluyo también el sufrimiento de las bestezuelas, animalicos todos al fin y al cabo.

Cuando el momento aargh alcanza su máximo esplendor es, como todo el mundo sabe, en la época púber y/o adolescente. Nunca después uno es tan dolorosamente consciente de sí mismo, de su timidez, de sus granos, de su torpeza, y nunca un contratiempo gilipollas se convierte en una hecatombe de proporciones cósmicas con tanta facilidad. Aquí es donde queríamos llegar, pues.

Uno de los cuentos infantiles de terror más célebres es aquel en el que una pipiola de 14 años se mea de risa en el instituto y tiene que volver andando a casa con el pastel… Ah, espera, no, que no es un cuento de Perrault... ¡que es real y me pasó a mí, juas!
Pues sí, amables lectores, hay días en la vida de una jovencita que no se olvidan nunca. Este fue uno de 1986. Estaba en el instituto, por fin, después de años de penurias escolares gracias a la obsesión materna por la congelación de su heredera y la hijoputez congénita de las otras niñas. El instituto se me antojaba el paraíso, lleno de ejemplares macho (válgame el cielo) acnéicos por los pasillos, hombreras y carpetas forradas con Duran Duran. Solía yo sentarme junto a quien a día de hoy sigue siendo mi mejor comadre (kusjes, Loes!), una chica que por aquel entonces lucía un hermoso andamio en los piños y llevaba con envidiable humor el engorroso asunto de las salivillas escupidas involuntariamente al hablar. En una de estas clases, con el libro abierto sobre una lámina del Cristo de Velázquez a toda página, de profuso fondo negro, pronuncié la frase aciaga, la que desencadenó la tragedia: “¡Aquí, tía, aquí, habla sobre el libro, que aquí se te ven mejor los japolones!”. El ataque de risa posterior fue inmediato e incontrolable, vamos, como si hubiéramos encontrado el Punto G del descojone, también conocido como Punto Je (a esto voy a tener que ponerle el copirrai). Nos reimos hasta jartarnos con esa risa de lagrimón cuando no puedes reírte a carcajada limpia. Me reí tanto que sucedió. No me meaba encima desde los 4 años, pero esa mañana, cual Concha Velasco sin Tena Lady, pe peé toa.

Tenía que reaccionar con presteza y discreción: el jersey atado a la cintura sobre los vaqueros y hala, a correr. Solo había un pequeño problema: yo, que parece que he nacido con el vaquero ya puesto, había escogido ese día para ponerme minifalda. De color mostaza y con una chaquetilla corta a juego (¡¡corta noooo!!), para más inri. No había escapatoria. Todo el instituto sabría de mi deshonor y tendría que hacerme el harakiri en público con el Rotring 0.5 de clase de Dibujo.

Los diez minutos de vuelta a casa fueron los más largos de mi vida. A veces me pregunto qué coño habrán pensado los comerciantes de los locales frente a los que aparecía una niña de espaldas con una circunferencia en el culo que ríase usted de la bandera nipona. Porque yo me hice todo el trayecto en un estilo híbrido entre lagartija y cangrejo: pegada a la pared y avanzando de lado. Como Murphy manda y es lógico, por el camino me crucé con uno de los múltiples gañanes que me gustaban in illo tempore, pero no supuso mayor problema: nunca me hacía ni puto caso y en esa ocasión tampoco.

Efectivamente lo que acabo de relatar fue una cumbre bochornosa de aúpa, pero no crean que el anecdotario se queda ahí. Apenas cuatro años después, en pleno viaje de estudios a Italia, aconteció una escena veramente escalofriante.

Nos encontrábamos un grupillo mixto tomando algo en un bar cutre de Roma. Mochilas, caras de despiste, cocacolas…diecisiete años, en definitiva. Como cada media hora desde que tengo uso de razón, a mi me entraron ganas de hacer pis. Una vez más, el asunto miccional cobra protagonismo. Oteé el local, sucio y salchichero a más no poder, y no encontré ninguna puerta tras la que me apeteciera meterme, sinceramente. Nada de figuritas cromadas pegadas en la madera indicando carne o pescado, ni rastro de los aseos. Así pues, no me quedaba otra que preguntar a los nativos. Oye, ¿alguien sabe cómo se dice “water” en italiano? Uno de la mesa se erigió en traductor jurado. Excusato, me dijo.

Excusato, o sea. Analicen la respuesta, por favor. Esto hoy día no pasaría, los niños logsianos actuales se partirían el culo espasmódicamente solo con oír en español la palabra “water”, así que imaginarlos conociendo sinónimos pedantes o usando otro idioma entra de lleno en la ciencia ficción.
El caso es que el cenutrio que me lo dijo contuvo bien la risa y yo me lo tragué todo (estas últimas cinco palabras puede que me catapulten a las listas de búsquedas guarras de internet, mi sueño dorado, yupi), así que me levanté para preguntar en la barra. Allí, un elemento con camiseta imperio sudada y con lamparones, modelo 2 x 2 y con pelo hasta en el cielo de la boca se afanaba en moldear la masa de una pizza (lo juro, es demasiado típico pero fue así). Prego, dove é il excusato, signor? La dicción, prístina; el acento, perfecto; la sonrisa, profidén. El pavo se giró hacia mí, la masa de pizza giró en el aire como el disco chino de Enrique y Ana, el tiempo se paró. Por su gesto de estupor intuí que algo chirriaba. El tiempo volvió a correr cuando pegó un berrido hacia el interior de la cocina del bar, y yo entonces de alguna manera intuitiva entendí italiano: ¡María, ven, corre, que la mochuela esta me pregunta que dónde está “el excusato”, juaaas!
María salió correteando a la vez que se mondaba. A mí para entonces ya se me había borrado la sonrisa y tenía un humor, digamos, algo sombrío. Cuando miré hacia la mesa de mis acompañantes les vi a todos la campanilla, a todos. Al final el pizzero risueño me indicó el servicio, si es que se podía llamar así a un agujero en el suelo que parecía comunicar Roma con el Hades. Ni qué decir tiene que fue la última vez que viajé sin un diccionario de bolsillo, so cabronazos…

¿Acaso creen que esto se acaba aquí? ¡Ja! Tengo en la recámara otro par de performances que...Bueno, eso, que sigan en sintonía.

martes, 26 de agosto de 2008

Me veo y no me creo

Hay dos hitos en la vida de toda hembra mamífera superior. Uno es cuando te levantas de la cama un día cualquiera de tu infancia tardía y tu sábana bajera tiene más sangre que el Santo Sudario. ¿Qué es esto? ¿Por qué a mí? ¿En la próxima vida seré un tío, eh, eh?




El otro es mucho más importante. Supone romper con todo lo anterior conocido, conculcar las reglas básicas de conducta que un día te autoimpusiste cuando pasaste a engrosar las filas de la adultez, pero siempre sin traicionar tu propio código. Implica entrar de lleno y sin miramientos en la edad madura, reconocer arcanos gestos de miles de generaciones de mujeres. Es, ni más ni menos que...



COMPRARSE UN PUTO CARRITO DE LA COMPRA


(Ains, ¿no es monísimo? Que ya estaba harta de deslomarme con los packs de Grimbergen, hombre ya...)

Hale, sigan comentándome el post de las tetas, que no hago negocio de este blog, leches.


domingo, 24 de agosto de 2008

El sujetador: la realidad y el deseo

Aún conservo mi primer sujetador. Inexplicablemente mi madre estimó conveniente comprarme uno cuando yo tendría unos 13 años, sin dejarme participar en el proceso de elección ni preguntarme talla ni nada. A ojo, con un par. También es cierto que en mi caso la mujer no tuvo que devanarse mucho los sesos: con pedir uno talla 0,5, modelo Castellón de la Plana fue más que suficiente. El adminículo textil en cuestión era un engendro informe de color carne que, admitámoslo, no cumplía absolutamente ninguna de las interesantes funciones que se le suponen a un sostén: no realzaba, no juntaba y no sujetaba. Empero, yo estaba tan emocionada con aquel rito iniciático que la prenda me parecía lo más cuco de la corsetería de aquella temporada, el no va plus de la coquetería y la sensualidad femenina, es increíble lo inocentes que habremos llegado a ser en algún momento de nuestra vida. Quien pillara ese estado de nuevo.
Cuando se trata de mi delantera, lo más correcto semánticamente sería hablar de juntador y no de sujetador. Otras tienen canalillo: yo tengo el Canal de la Mancha con ferry de P&O incluido. Sabedora de esta simpatiquísima característica, el resto de mi vida lencera ha sido una sucesión de ejemplares trufados de aros, ballenas, rellenos y artificios varios que seguro haría las delicias de algún protagonista tronado de Cronenberg o Lynch. De hecho no me explico cómo no me pitan como locos los detectores de metales de los aeropuertos cada vez que paso con la bolsa de mano: juntando mi ropa interior se cuenta más chatarra que en la guarida de Wall-E. He probado religiosamente todas y cada una de las novedades corseteras que han ido apareciendo para las pecholápida como yo, desde el mítico Wonderbra inicial (con el que se habrán documentado ingresos en Urgencias por hundimiento costillar agudo, y si no, al tiempo), o el Wonderbra modelo "Aigor", en el que del entreteto pendían dos cordelillos de los que tenías que tirar simétricamente para que se fueran juntando las sufridas interfectas. La razón de ser del nombre del modelo se comprendía cuando no calculabas bien y tirabas más de un cordelillo que del otro, con lo que se producía un curioso efecto que recordaba el estrabismo del mayordomo de El jovencito Frankenstein. Incluso existe un sujetador que lleva la silicona dentro de la copa, expresamente diseñado para aquellas a las que les mola sorprender a sus partenaires con trucos de magia (¡y ahora voy a hacerlas desaparecer ante tus ojos, churri, nada por aquí, nada por allá...!).
En fin. Tetas, tretas. ¿Qué me dicen las señoras, se reconocen? Los señores, ya saben: cuidadín, que muchas vamos tuneadas xD.

domingo, 17 de agosto de 2008

Bliss

Es extremadamente raro conocer a alguien que parece (y quiero creer que está) en paz consigo mismo. Esa armonía tiene la maravillosa cualidad de irradiarse a los que están cerca y anoche pude sentir esa paz durante unas horas. Como si de un aura protectora se tratase, mirando a los ojos de mi interlocutor esta noche logré creerme aquello tan manido de que querer es poder. Me siento ahora privilegiada por haber tenido esta oportunidad y al mismo tiempo huérfana de esa extraña sensación de sosiego.


Bliss es una de mis indiscutibles canciones preferidas de Muse. Me emociona hasta la lágrima y las veces que la he escuchado en directo me ha causado un efecto prácticamente catártico. Habla de alguien como tú, como tú eres ahora, de tu paz, de tu alegría, de tu libertad. Yo no lo sabía entonces, pero lo que cuenta Bliss existe. Gracias por mostrármelo, J.

...your freedom comes naturally.



ACTUALIZACIÓN A 19 DE AGOSTO DE 2008

Bajo el influjo de esta experiencia reciente, hoy no solo decidí hacer algo que me apetecía desde hace mucho tiempo, sino que lo hice inmediatamente después de decidirlo. Algo tan sencillo y tan enternecedor como enviar a un antiguo profesor de mi facultad una carta ofreciendo mi entusiasmo y mis ganas de colaborar en su departamento. Me ha hecho sentir bien conmigo misma de una forma cálida y profunda, independientemente de si la respuesta es un "es posible, ven a vernos" o un "lo siento, aquí las cosas no funcionan así". El resultado me da igual, lo importante es la acción. Todo parece inviable si no se intenta. Un rato después salí y compré una Moleskine negra, algo que también quise hacer siempre. En la primera página escribí

YO QUIERO, YO PUEDO, YO HAGO

No sé cómo he podido llegar hasta aquí sin creerme esto hasta ahora. Estoy sorprendida, y espero que eso sea sólo un primer paso.

jueves, 14 de agosto de 2008

Al final, los mercaderes volvieron al templo

Foto 1: Taquilla a la entrada de la Catedral de Nuestra Señora de Amberes


(¡Y haber muerto en la cruz para esto, anda queee...!)


Foto 2: "Robado" a un amberino/amberense/amb...bueno, a un impresionante ejemplar flamenco (instantánea featuring Loes, alias "Objetifo indiscreto")
(Perdona, chatín, por este uso no autorizado de tu imagen, pero es que a ti sí que te ponía yo picas, en Flandes y donde cuadrara, madre del amor hermoso...)


lunes, 28 de julio de 2008

Hay cosas que ni qué

Un día tendré que hacer una crónica exhaustiva de los 3 años que llevo apuntada a una famosa web de contactos con una de las líneas publicitarias más agudas y efectivas que conozco. Cuando me inscribí creí con todo mi candor y mi fe de atea que realmente ahí se escondía el amor de mi vida; a día de hoy, después de haber refrescado la asignatura de Psicopatología gracias a algunos individuos, y aunque aún me queda sitio en la trastienda para media docena de decepciones más, estoy ya casi convencida de que lo único por lo que merece la pena continuar en esa web es la sabiduría que de vez en cuando llega en forma de mail inesperado, como el de un anónimo interlocutor mexicano que, cual Cantinflas en su cénit, habló y habló sin decir nada hasta que llegó esta perla absoluta:

Mejor enunciamos las 3 leyes de la dialéctica:
1.- Palo dado ni Dios lo quita.
2.- Todo dura hasta que se Acaba.
3.- Hay cosas que ni que.
En cuanto a globalidad intelectual verás que cualquier reflexión es corolario de una de estas 3 leyes.

"Hay cosas que ni qué". Diablos. ¿Cómo no se me había ocurrido a mí antes?

miércoles, 23 de julio de 2008

De lo bueno y de lo breve

Tengo la literatura recreativa muy abandonada desde que oposito, no así la jurídica, pero ese es un mundo demasiado siniestro para merecer el calificativo de literario. Por eso hoy, ya cuasi liberada de obligaciones estudiantiles -¿será la última vez, caray?-, me fundí casi 80 euros en 6 ejemplares escogidos de microrrelatos, ese género en el que acabaré publicando algún día de mi vida si es que él no acaba antes conmigo. La editorial Thule tiene una colección magnífica del asunto llamada Micromundos que sencillamente me vuelve loca (no tengo ganas de poner el enlace, estoy vaga, pregúntenselo a Google, por Dior). Efectivamente el nombre le va que ni pintado en cuanto que cada pieza es una perfección en sí misma, un minicosmos apretado y denso en el que no sobra ni falta nada. Eso es lo que me hipnotiza de la narración hiperbreve: la maquinaria de relojería implacable que subyace bajo una inocente apariencia de sencillez, ese golpe en el estómago al llegar a la última línea, a veces a la última palabra, que lo ilumina, lo explica o lo trastoca todo. Desde luego yo no tengo ya la menor intención de leer más novelas: cabe más en un cuento de media página que en un tostón de García Márquez.



Lo que había tras su frente era, como dijo el poeta, ancho y ajeno y yo, que siempre fui una cobarde para lo desconocido, decidí que ya era hora de atreverme a algo y salté.



Ahora vago perdida entre los oscuros trasteros de su infancia, me enfango en los pantanos de su juventud o lloro de miedo al entornar cualquier puerta de sus más secretas miserias.



Querría volver al túnel luminoso de su risa, encontrar la salida, pero es inútil: cada vez me pierdo en nuevos vericuetos. Me está bien empleado, por temeraria.

lunes, 14 de julio de 2008

La última y lo dejo, palabra



This is the end, the final showdown,

this is the end of our small love,
you'll have to find another no one to take the shit like I have,

I guess this is the end, I guess this is the end.
Another no one, Suede

domingo, 13 de julio de 2008

Así es la vida





That's life, that's what all the people say.You're riding high in April, shot down in May.

But I know I'm gonna change that tune, when I'm back on top, back on top in June.

That's life, Frank Sinatra

martes, 3 de junio de 2008

Weak in the presence of beauty


No me hagan esto, poddió.


No me cambien a Mariano.


No me pongan a un guaperas clásico con nariz aquilina de líder del PP, por caridad...¡¡¡QUE IGUAL LES VOTO, COÑE!!!

domingo, 18 de mayo de 2008


Ay, qué noche tan serena, que no tiene movimiento,

ay, quién pudiera tener tan sereno el pensamiento

(Copla anónima)



Es duro estar confusa, sentir una cosa y su contraria en espirales repetitivas hasta que se nota una opresión en el pecho y ganas de boquear como un pez.


Es complicado el camino, y no hay guía.

jueves, 1 de mayo de 2008

Tu nombre envenena mis sueños


Es falso que de la inseguridad, del miedo a vivir y de la zozobra interior no surja nunca nada positivo: gracias a ellos nació Aldo hace seis meses.

Tiene toda la vida por delante para no-saber que está aquí porque cuatro años atrás le dije adios a su padre.

viernes, 4 de abril de 2008

Si total para qué


Suena de fondo el segundo movimiento del Piano Concerto in D Minor de Dios, digo, de Bach, y doy un sorbo a la infusión relajante, y me quedo mirando la dieffenbachia, y se me saltan las lágrimas. Creo que fue Severo Ochoa quien dijo que éramos una breve aventura química sin sentido. O quizás lo dijo Ramón y Cajal, pero la desolación es la misma. Lloro, ya digo, maldiciendo mis neurotransmisores, mis hormonas y todo ese entramado infernal que me hace darme cuenta de que lloro.


Todo iba más o menos bien hoy hasta que ella quiso entrar en el Dindurra. Y entramos, y mientras ella parloteaba con vetustas damas que parecieran atornilladas a las sillas desde la apertura del local allá por la época en la que los caballeros se engomaban el bigote, yo tenía delirios existencialistas en los que la veía a Ella, no a ella-mi madre, sino a la Parca tomándose un café entre sus próximas clientas. De repente ví que 35 años no son nada, que reposaban en aquellas mesas ecos de vidas que un día palpitaron y anhelaron y lucharon, y en esta tarde de viernes dormitaban entre veladores de mármol dándose ya por vencidas, si total para qué.


Fui consciente de que tampoco es para tanto haber llegado hasta aquí, que parece que pasó en un suspiro, fue ayer por la tarde cuando perdí la cesta de Bambi, y por tanto en otro suspiro y media docena de objetos queridos extraviados más voy a plantarme en la primera línea hacia el abismo, como cuando en aquellos odiados ejercicios grupales en clase de gimnasia echaba a correr la compañera que te precedía en la fila y quedabas allí esperando tu turno, el corazón desbocado, me toca, me toca...


Me toca. Mierda. Y esta vez no habrá exención de clase de gimnasia que valga. Sólo quedará intentar cubrir con dignidad estos segundos eternos hasta que llegue el turno.






sábado, 22 de marzo de 2008

Hoy que trabaje otro

Como nunca hago homenajes, excepto a mi propio egocentrismo desaforado, hoy me enmiendo y me apetece transcribir un breve cuento de Quim Monzó, a quien admiro e intento plagiar sin éxito desde El porqué de las cosas.
Allá va.

En un tiempo lejano


He aquí que una madrugada azul, de nieves blancas y arenas infinitas y glaciares como lenguas llorosas, el homínido se alzó sobre las dos patas de atrás y bajó los ojos hacia una tierra que ahora, de golpe, le quedaba lejos y movediza, y dilató las narices y olfateó la humedad del río y se dio cuenta de que olfateaba la humedad del río, y gruñó de contento, y volvió los ojos hacia el sol rojo que nacía más allá de prados y montañas y extensiones de tierra negra y horizontes de hierba y cabalgatas de animales eternos como el tiempo, y bajó la mirada y miró con fijeza la encina y levantó el puño y alargó el dedo índice, señalando la masa vegetal que susurraba ante él, y sintió cascadas de agua en la boca, pequeños gritos inconcretos, chillidos toscos: Agr gr gr ga arg; hasta que el gruñido se convirtió en palabra y vocalizó: Ar a arb abr arb arbo l, y repitió: Árrbol, y el índice todavía señalaba la encina, hasta que lo dirigió a la inmensidad azul que se extendía de una lado a otro del día que nacía sobre su cabeza como un dios de dos dimensiones infinitas y dijo: Ci c ce cie cielo, y lo repitió, abrió unos ojos como naranjas, todavía inseguro, y señaló el río y vocalizó: A a ag agu gb a agua ua, y sonrió satisfecho, con los ojos llenos de una alegría reluciente, y pisó el suelo con fuerza, toc-toc, y la señaló con el índice y vocalizó dificultosamente: Pa pso pacost païco pasio ta, y ya con más calma: Paaï sos ca atlanns, sonriente y jovial, sin saber la que acababa de armar.



Un cachondo, este Quim. Aquí y en la China Popular.

sábado, 15 de marzo de 2008

Yo he visto cosas en Wembley que vosotros no creeríais

...pero siempre podéis haceros una leve idea con el DVD a todo lujo que Muse saca a la venta el 17 de marzo con los conciertazos de junio de 2007.




¿Yo voy? Amos anda, después de haber vivido esto que le den al Rock in Rio Madrid... (el cartel aún no está completo, pero no se les ocurrirá mezclarme a Muse con El canto del loco, ¿verdad?...¿VERDAD??)

lunes, 10 de marzo de 2008

Varuna

Todo viaja lentamente hacia su difuminación
(Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí)

Apenas puedo hacer una corta lista de media docena de elementos cuando quiero entresacar recuerdos de esta neblina pegajosa que llamo consciencia. Si se quiere por orden cronológico, pongamos por caso, emerge de la niebla una cestita de paja en miniatura, claramente accesorio infantil, con un Bambi de tela cosido en una cara. Ahí se empeñaba en llevar su merienda esta que os habla cuando algún adulto la llevaba al parque a jugar y airearse. Precisamente en el Parque de Isabel la Católica perdí una tarde de vista a Bambi y ya no supe más de él ni de su cestita adosada. Con un poco de esfuerzo casi puedo experimentar un sucedáneo de la angustia que me asaltó entonces, niña con los ojos más abiertos que nunca, con las vísceras encaramadas a la garganta, mamá, la cesta no está, seguramente lloré, ya no puedo recordarlo.
La pérdida, la despedida, la gran lección que nadie domina nunca del todo, a pesar de que nos examinamos constantemente.

Después de Bambi y durante muchos años, el abismo del presente contínuo, la inconsciencia perpetua del olvido: si perdí más cosas queridas, que seguro que sí, no soy capaz de acordarme. El siguiente elemento de la lista tiene que esperar hasta 1996. Esperar a ser ideado, creado, fabricado, puesto a la venta y adquirido por mí. Era un marcapáginas artesano, una reproducción de gran colorido de motivos artísticos típicos bretones, volutas celtas emparentadas con trisqueles y lauburus, comprado en Lorient en un viaje casi diría que iniciático.
Al año de estar conmigo me dejó: se fue con un libro cualquiera de la sección de Neurología de la biblioteca pública. De nuevo ese puñetazo en el plexo solar al darse cuenta una de que mierda, otra vez. Hice un par de incursiones discretas para recuperarlo que, naturalmente, resultaron inútiles: revolví hojas con manos nerviosas y ceño fruncido, sin desmerecer mucho del ambiente de concentración estudiantil que me rodeaba. Nada, marcaba ya páginas para otros, tentador y majestuoso.

No fue esa la única pérdida de ese viaje. Como manda la lógica, ningún ser humano pasa por este Mundo sin haber extraviado al menos un paraguas, y yo soy -también en este aspecto- muy vulgar. Había traído de Lerwick uno rojo y minúsculo, cuya función nunca supe muy bien discernir teniendo en cuenta su procedencia: no soportaba el mínimo embate del viento y no cubría la anchura de unos hombros medianamente formados, justo lo más incoherente en una isla perdida en el Mar del Norte poblada por unos escoceses con hechuras vikingas. Aún así, lo guardé con mimo en el paragüero, a cuerpo de rey, mientras los demás compañeros aguantaban nordestes y chuzos de punta, hasta que una estúpida tarde, ay, me apeteció exhibir su delicada pequeñez y lo saqué conmigo de compras.
No volvió a casa esa noche. A veces imagino con nostalgia qué cara pondría su nuevo dueño al abrirlo y ver unas letras a Bic azul en la etiqueta junto al 100%polyester (comprado en Lerwick, Shetland, el 17 de agosto de 1996).

No sé, ¿y si los objetos que vamos perdiendo nos llamaran con vocecillas inaudibles? ¡Por ahí no, no te vayas, no me dejes aquíii! Pero en ese momento no oímos nada, no sabemos aún que lo hemos perdido, el lamento llegará tarde, como siempre. Por esa idea descabellada aún sufro poniéndole voz al anillo de plata y concha marina esmaltada que abandoné en un albergue perdido en un monte toscano hace tres años, desesperada como estaba por huir precipitadamente de aquella pesadilla siniestra y pseudo hippie, anillo solitario en la oscuridad del cuarto de baño mientras yo me alejaba, monte abajo, y me empolvaba la nariz en el coche sin sospechar que...

Queridos míos, ¿os cuidan bien? ¿Guardas ricos bocadillos de jamon york y quizás un petit suisse? Y tú, ¿señalas la página 78 de alguna antología de cuentos cortos? Tú no me digas nada, ya lo sé: has terminado protegiendo la cabeza de la sobrina de 7 años de alguien, mira qué mono, tan pequeño, me lo encontré ayer. En cuanto a ti...notas la calidez, por fin, de otra mano posada sobre esa que te lleva en su anular. Siento no haber podido darte eso mientras te tuve, y es tan largo el olvido...

viernes, 7 de marzo de 2008

sábado, 1 de marzo de 2008

Posiblemente el peor videoclip del mundo

A pesar de todo, la canción me obsesiona y vuelve a mí de forma recurrente, cual Cathy golpeando de noche en el cristal...


PD: atención al amago de pino-puente en el minuto 1:25

jueves, 28 de febrero de 2008

¿Tanto miedo les tienen?


¿Puede explicarme algún entendido en la materia por qué los medios evitan sistemáticamente hablar de ellos?


lunes, 25 de febrero de 2008

Ponte gomina como tú sabes, nena

No suelo hacer crónica rosa, que ya hay otras que lo hacen divinamente, pero de verdad que esta vez la ocasión lo merecía...
¿Alguien le puede decir a mi prima Cameron que se peine, por Dior?

domingo, 24 de febrero de 2008

Me la fichan los de Gomaespuma

Está decidido: voy a dedicarle una categoría de entradas a las paridas maternas. Y miren que atesoro una jartá de ellas, son muchos años ya oyendo barbaridades, tanto fonéticas -el clásico "Cargable", asín tojunto, para nombrar al bigotitos que hizo de Rhett Butler- como semánticas (¿cómo que "matar un pájaro de dos tiros"? Céntrese, madre, por diosss).
El último hallazgo, no hace ni una hora. Estábamos ambas descacharrándonos mientras ojeábamos la Cuore cuando se me pone a leer en voz alta que Agatha Ruiz de la Prada se presentó de esta guisa en la recepción del Hotel Waldorf Astorga
Prometo más entregas: lo de esta mujer es un no parar.

El horror, el horror

Fui a ver Sweeney Todd sabiendo a qué truculencias me exponía (las historias folclóricas anglosajonas son muy amantes de lo sórdido y la hemoglobina, todas llenas de destripadores y jinetes descabezados). No, no me asustan estas cosas y ya estoy, además, acostumbrada al ténebre de Tim Burton.
Para lo que no estaba preparada era para el mazazo que me esperaba entre los trailers del comienzo. Tardé apenas dos segundos en darme cuenta de que aquello era un fidelísimo e innecesario remake de una película austríaca del 97 que para mí representó el horror puro, el Miedo. Salí -hace 10 años ya, imposible el olvido- de la sala totalmente trastornada, destrozada, alterada, mirando con ansiedad las caras de la gente junto a mí, buscando el Mal que acababa, a mi pesar, de ver. Ahora se hace una versión ridícula -plano por plano y con el mismo director, seguramente bien untado- para que los bienaventurados que no la habían visto, que no sabían siquiera de su existencia, se emponzoñen sin remedio...
He visto películas de muy diverso tipo y calidad en mi vida, no me he negado a ver casi nada, no me he arrepentido de casi ninguna. No me arrepiento tampoco de haber visto Funny Games: sencillamente desearía que esa película no se hubiera filmado jamás.

viernes, 15 de febrero de 2008

I love Murphy

Sea un pequeño homenaje a la señorita Lorzagirl, a quien gustosamente enlazo en el post anterior...

(Unos días atrás...)
La compañía del gas: El viernes 15 de cuatro y media a cinco y media un técnico pasará por su domicilio a revisarle la instalación.
La reina de la miel: Ah, vale, perfecto.

Hoy salí tarde del trabajo, salí tarde del fisio de la mutua, salí tarde de comer de casa de mi madre y llegué tarde a mi casa. Un poco. Lo justo. Al abrir la puerta se cayó un papelito a mis pies. Lo recogí, lo abrí, lo leí.

Un técnico de lajodiacompañiadelgas ha pasado por su domicilio a las 16:45 horas. Le rogamos concierte una próxima cita en el número nueveochocincocomosiempretelahinco. Gracias.

Miré mi reloj: eran exactamente las 16:51

Llamé al número del papelito.

La reina de la miel: Oiga, que un técnico acaba de dejarme un aviso en la puerta, acabo de llegar, por favor avísenle para que vuelva, debemos de habernos cruzado prácticamente.
La jodiacompañíadelgas: Eso no es posible, lo único que puedo hacer es darle una nueva cita otro día.
La reina de la miel: ¿¿Qué?? Oiga, le digo que ha sido cuestión de cinco minutos, si es que debe de estar todavía arrancando la furgoneta.
La jodiacompañíadelgas: Lo siento, lo único que puedo hacer es darle una nueva cita otro día.
La reina de la miel: ¿Pero cómo que otro día? Vamos a ver, yo ya voy a estar aquí toda la tarde... Que venga a última hora, no me importa.
La jodíacompañíaautistadelgas: No, no. Lo único que puedo hacer es darle una nueva cita otro día.

Normal que me contracture. Y más que lo haré como las compañías de suministros persistan en contratar a pacientes lobotomizados como teleoperadores.
Naturalmente luego me ví obligada a tomar medidas drásticas para calmar mi cabreo: huelga decir que a mí me queda muchísimo más mono.

martes, 12 de febrero de 2008

¿Tas diciéndomelo a mí, ho?

Yo ésto no sé cómo presentarlo. Sólo les digo que vayan al enlace que les pondré a continuación y conozcan al Travis Bickle de carne y hueso, un paisano de los que se visten por los pies, oigan.

Tiembla, ZP: llega Boborolo.



En otro orden de cosas, vamos a lo importante. Lo importante es que esta señora -diría la máh grande, pero va a quedar ligeramente pelota- me ha dado un premio blogueril. Se ve que le han caído en gracia las chorradillas nostálgicas que me da últimamente por perpetrar y me incluye entre su top five, cosa que me ha sorprendido gratisísisimamente y que me hace una ilu que qué les voy a contar.


El premio en cuestión, lo que es el adminículo en sí pispo...¿cómo les diría yo? Tiene un aire así a Prerrafaelita, un no sé qué de Botticcelli, un...


Vale, está bien: es feo, feo de cojones. ¿Que no? Vean, vean...



¿Lo ven cómo tenía yo razón? La diseñadora del engendro, no contenta con la fechoría, va y lo bautiza Arte y pico: la razón oculta se me escapa, y casi que no quiero saberla, je.

Como todos los feos, el premio aspira a perpetuarse y expandirse cual esporas de helecho jurásico -bueno, qué pasa, digo cosas algo raras, la culpa es del relajante muscular que me tomo, ejem-, y viene con las siguientes reglas:


1) Debes elegir a 5 blogs que consideres sean merecedores de este premio por su creatividad, diseño, material interesante y aporte a la comunidad bloguera, sin importar su
2) Cada premio otorgado debe tener el nombre de su autor/autora y el enlace a su blog para que todos lo visiten
3) Cada premiado, debe exhibir el premio y colocar el nombre y enlace al blog de la persona que lo ha
4) Premiado y premiador, deben exhibir el enlace de Arte y pico, para que todos sepan el origen de este premio
5) Exhibir estas reglas

Pues na. Procedo:

  • La barra virtual. Me quitaría el sombrero si gastara, pero es que no hay de mi talla (anda que no querrían muchos decir esto en la farmacia...)
  • Lorzagirl. No puedo evitar acordarme de Malena Alterio en Aquí no hay quien viva cuando cuenta peripecias con fontaneros y porteros. Descacharrante.
  • Despertar(es) maravilloso. O Julio Cortázar redivivo, que tanto da
  • Zapaterías rimadas. La mala leche que tantos conocemos canalizada en rima consonante, con un par.
  • Marisabidilla. Lo siento, pero te devuelvo el premio por feo, rica xD (en realidad es porque es el primer blog que miro a ver si hay novedades, jiji...)

Y se acabó por hoy, ea.

miércoles, 6 de febrero de 2008

¡¡¡¡Peeeeeeeeeedrooooooooo!!!

Aquí donde me leen, fui una niña muy precoz. Declamaba los titulares del periódico a los 3, cantaba jotas aragonesas en emisoras locales de radio a los 5 -en aquellos tiempos no había salto a la fama ni menudas estrellas: mi madre hizo lo que buenamente pudo para salir del proletariado-, me sorprendían morreando sin pudor los posters de Sandokán a los 5 y medio (dejando clara a tan temprana edad una bien definida atracción por los machotes, con su cimitarra y su bigotón, lo normal en una niñita, vaya), y, ya en 1º de EGB, perdía los papeles y casi hasta la braga-faja-bufanda propia de la época por Pedro Marín, irresistible en su bisojez lúbrica y su estampa de chapero barato. A mí es que me han ido siempre los bizcos relacionados con el choubisnes: véase, verbigracia, mi baja pasión unos años más tarde y la siguiente adquisición más tarde aún. No hará falta presentar a tan magnas personalidades, amos, digo yo...


Pero a lo que iba, que los bizcos me distraen peligrosamente. Que vuelve. Pedro. Que veinte años y una portada en el Zero no son nada. Que ayer estuvo en mi ciudad a saber en qué garitos de ambiente metido, y me he tenido que enterar por la prensa, mireusté. Que vuelve con una cosa de nombre surrealista y no-quiero-saber-qué-contenido, pero qué importa eso: ha vuelto mi primer hombre, arf (lo de Sandokán fue solo un rollete, lo juro).

¿No es adorable? No puedo terminar sin poner esta foto, de verdad, no puedorrrrr. Pedro, por muy bujirris que nos hayas salido, en verdad te lo digo: ¡tápate ese pezoncillo o no respondo de mis actos...!




sábado, 12 de enero de 2008

Aquellos maravillosos daños (a la retina)

Continúo y termino, creo que de momento, con la enumeración de los accesorios textiles ochenteros más ignominiosos que recuerdo, que, junto con el post anterior, conforman una trilogía de chorradillas que me ha divertido mucho escribir y espero a ustedes les haya solazado igualmente.
Como digo, quedaban pendientes algunos elementos de infausto recuerdo entre las nacidas en los primeros 70, hoy neuróticas solteron...digo, atractivas treintañeras, a saber:


-los cordones de lana de Don Algodón: ni foto en Google images encuentro, oigan, ya eran frikis...Venían en packs de media docena, se supone que servían para adornar melenas y los colores eran distintos según la temporada, más pastel en primavera y más ocre en otoño. Eran (¿hace falta decirlo?) la cursilada más grande jamás vista, y me resistí mientras pude durante mi época jeviata (hubiera sido algo incoherente recogerme los rizos bonjovinescos con semejante invento, ¿nor?), pero en 3º de BUP relajé mis costumbres y me compré una caja. De todas formas, he de decir en mi descargo que nunca osé ponerme los 6 cordones simultáneamente, que haberlas, húbolas...

-las camisas de leñador: también vulgarmente conocidas como "mantel de cuadros" tanto por su estampado como por su holgura. Acompáñese la prenda con unos tirantes de los de "tralarí, tralarí" (les remito a El milagro de P. Tinto) y con los ya citados vaqueros láser Vaquilla fit style. Un cuadro (nunca mejor dicho): así no ligaba ni Giselle Bündchen.

-el "plumas": para los políglotas, anorak. Había dos sectores enfrentados cual Montescos y Capuletos según el plumífero que tu mamá estuviera dispuesta a pagar (porque abrigar, abrigaban lo mismo): Rox, para el pueblo llano, y Roc Neige, para los guays. Fui dolorosamente consciente de mi clase cuando mi progenitora agarró el primer Rox azul marino y fucsia de la tienda y dijo "hala, esti ye muy guapín" (sic).

-los playeros J'Hayber: de repente, todo dios llevaba unos tanques horrendos de la marca J'Hayber, pero a mí los que me hacían tilín eran los Nike de piel blanca y con logo azul, faltaría más. Cayeron esos y luego también las Converse All Star. Fue mi único momento trendy adolescente. Como buena murphyana, tiré las Converse a la basura un trimestre antes de que volvieran a ponerse de moda con renovado furor, si es queee...

Esto
por lo que respecta a las féminas. Ellos también iban monísimos de la muerte a la discoteca, pero, cosas del egocentrismo, ya no recuerdo los detalles ridículos: gracias a P y a pcbcarp por recordarme dos ejemplos emblemáticos, como son las sempiternas camisas de cuadros -para ellos, ay, también- y los jerseys de cuello cisne asomando por debajo de la susodicha camisa. ¿Algún lector memorioso se anima a hacer otra lista de horrores, esta vez for men?




martes, 1 de enero de 2008

La banda sonora de nuestras vidas: de regalo, un frasco de Normaderm

Heme aquí de nuevo, y no pienso hacer referencia alguna a los fastos recién sufridos. Por lo que a mí respecta, ayer fue lunes y hoy es martes, una cosa de lo más vulgar que se repite semanalmente. Toda yo sigo midiendo lo mismo que las piernas de estas desgraciás y cuando me giro en la cama me topo con el cojín que meto dentro para que no me entre frío y no con Ralph Fiennes, con lo que no ha habido, pues, nada extraordinario que celebrar.


Con estos antecedentes, procedo a engordar el blog con otra entrada revival, porque la actualidad es un asco y porque vivo anclada en el pasado, hale. No se me olvida que tengo pendiente una segunda entrega de horrores estilísticos de los 80, pero hoy no toca. Hoy toca la música. Porque puedo disimular, puedo fingir que no recuerdo nada, pero una breve mirada a mis exiguos vinilos me retrotrae ipso facto, una vez más, a la dorada época en la que Bruce Willis aún se peinaba (poco, la verdad).


Efectivamente, hubo una época en la que yo compraba vinilos. Esto, que actualmente suena de un indie que te cagas y me catapultaría a la élite de las modernasdemierda, era en aquellos tiempos lo más normal del mundo, a no ser que fueras de los horteras que compraban cassettes (por dios, nunca supe cuántas eses y/o tes lleva la palabrita: ante la duda pongo dos de todo)...Ejem, ¿horteras, dije? Vale, lo confieso: tengo un porrón de cintas de psicofonías por ahí rodando: juro y perjuro que en su momento contenían música reconocible y todo... Entre mis discos -qué olor, qué fetichismo, qué nostalgia- recuerdo por ejemplo alguno de...



-Rick Astley: inolvidables el impacto visual y la confusión mental de la primera vez que le vimos el careto: ¡pero si es pelirrojo y, pa más inri, lampiño!. Nadie nos había preparado para esto en Los 40, qué pérfidos. Semanas bailoteando con el vozarrón de lo que nos imaginábamos un negrata con serios problemas para no reventar las costuras de las mangas, y resulta que el chaval era Pumuky, joer, qué fuerte...



-Bros: la muestra más evidente de que Herr Professor Mengele aún vivía hace 20 años y, lo que es más, se había acogido a la ley de prolongación de la vida laboral más allá de los 65: si aquellos gemelos no eran un ejemplo de su talento para fabricar arios a la carta, que baje Dios y lo vea. El tercero en cuestión, una versión escuchimizada del asunto, cumplía la norma no escrita en todos los tríos artísticos: nadie sabe qué coño pinta ahí el tercero. Véase si no al barbas de Martes y Trece o al que no era ni Diego Vasallo ni Mikel Erentxun en Duncan Dhu, por cierto...¿cómo se llamaban? xD.





-Aha: otro trío que sigue escrupulosamente lo anterior: dos macizos y uno de relleno...bueno, relleno más bien poco, porque este tirillas aquí a la derecha era la antítesis del ejemplar nórdico sobrealimentado. La publicidad dice que la crema de manos Neutrogena es lo mejor que Noruega ha dado al mundo: pos va a ser que no. Morten Harket, antes de transmutar en la abuela de Yulupuki, estaba más bueno que el salmón de Bergen, ay, si es que no somos nada, y en bañador ya ni te cuento...






-Eight Wonder: "Take away these dogs from me", recitaba -que no cantaba- con su vocecilla Patsy Kensit mientras ponía posturitas y reviraba la cadera asín. Tan virginal que parecía y va luego y se deja embarazar nada menos que por el Gallagher broncas de Oasis, una pareja mucho más contra natura que Parada y Sebastián el pianista, dónde va a parar. El disco, sin embargo, no estaba mal, era agradable de oir: debido a la penuria decibélica de la frontwoman supuso el antecedente directo de los cedés del Doctor Estivill para que se duerman los nenes en su cunita.
Gensanta, estoy agotada con tanto viaje al pasado, pero díganme, los que lo han vivido, ¿no lo echan de menos...?