lunes, 10 de marzo de 2008

Varuna

Todo viaja lentamente hacia su difuminación
(Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí)

Apenas puedo hacer una corta lista de media docena de elementos cuando quiero entresacar recuerdos de esta neblina pegajosa que llamo consciencia. Si se quiere por orden cronológico, pongamos por caso, emerge de la niebla una cestita de paja en miniatura, claramente accesorio infantil, con un Bambi de tela cosido en una cara. Ahí se empeñaba en llevar su merienda esta que os habla cuando algún adulto la llevaba al parque a jugar y airearse. Precisamente en el Parque de Isabel la Católica perdí una tarde de vista a Bambi y ya no supe más de él ni de su cestita adosada. Con un poco de esfuerzo casi puedo experimentar un sucedáneo de la angustia que me asaltó entonces, niña con los ojos más abiertos que nunca, con las vísceras encaramadas a la garganta, mamá, la cesta no está, seguramente lloré, ya no puedo recordarlo.
La pérdida, la despedida, la gran lección que nadie domina nunca del todo, a pesar de que nos examinamos constantemente.

Después de Bambi y durante muchos años, el abismo del presente contínuo, la inconsciencia perpetua del olvido: si perdí más cosas queridas, que seguro que sí, no soy capaz de acordarme. El siguiente elemento de la lista tiene que esperar hasta 1996. Esperar a ser ideado, creado, fabricado, puesto a la venta y adquirido por mí. Era un marcapáginas artesano, una reproducción de gran colorido de motivos artísticos típicos bretones, volutas celtas emparentadas con trisqueles y lauburus, comprado en Lorient en un viaje casi diría que iniciático.
Al año de estar conmigo me dejó: se fue con un libro cualquiera de la sección de Neurología de la biblioteca pública. De nuevo ese puñetazo en el plexo solar al darse cuenta una de que mierda, otra vez. Hice un par de incursiones discretas para recuperarlo que, naturalmente, resultaron inútiles: revolví hojas con manos nerviosas y ceño fruncido, sin desmerecer mucho del ambiente de concentración estudiantil que me rodeaba. Nada, marcaba ya páginas para otros, tentador y majestuoso.

No fue esa la única pérdida de ese viaje. Como manda la lógica, ningún ser humano pasa por este Mundo sin haber extraviado al menos un paraguas, y yo soy -también en este aspecto- muy vulgar. Había traído de Lerwick uno rojo y minúsculo, cuya función nunca supe muy bien discernir teniendo en cuenta su procedencia: no soportaba el mínimo embate del viento y no cubría la anchura de unos hombros medianamente formados, justo lo más incoherente en una isla perdida en el Mar del Norte poblada por unos escoceses con hechuras vikingas. Aún así, lo guardé con mimo en el paragüero, a cuerpo de rey, mientras los demás compañeros aguantaban nordestes y chuzos de punta, hasta que una estúpida tarde, ay, me apeteció exhibir su delicada pequeñez y lo saqué conmigo de compras.
No volvió a casa esa noche. A veces imagino con nostalgia qué cara pondría su nuevo dueño al abrirlo y ver unas letras a Bic azul en la etiqueta junto al 100%polyester (comprado en Lerwick, Shetland, el 17 de agosto de 1996).

No sé, ¿y si los objetos que vamos perdiendo nos llamaran con vocecillas inaudibles? ¡Por ahí no, no te vayas, no me dejes aquíii! Pero en ese momento no oímos nada, no sabemos aún que lo hemos perdido, el lamento llegará tarde, como siempre. Por esa idea descabellada aún sufro poniéndole voz al anillo de plata y concha marina esmaltada que abandoné en un albergue perdido en un monte toscano hace tres años, desesperada como estaba por huir precipitadamente de aquella pesadilla siniestra y pseudo hippie, anillo solitario en la oscuridad del cuarto de baño mientras yo me alejaba, monte abajo, y me empolvaba la nariz en el coche sin sospechar que...

Queridos míos, ¿os cuidan bien? ¿Guardas ricos bocadillos de jamon york y quizás un petit suisse? Y tú, ¿señalas la página 78 de alguna antología de cuentos cortos? Tú no me digas nada, ya lo sé: has terminado protegiendo la cabeza de la sobrina de 7 años de alguien, mira qué mono, tan pequeño, me lo encontré ayer. En cuanto a ti...notas la calidez, por fin, de otra mano posada sobre esa que te lleva en su anular. Siento no haber podido darte eso mientras te tuve, y es tan largo el olvido...

5 comentarios:

Tommy_Baxter dijo...

No soy amigo de halagos almibarados, pero qué tres últimas líneas, amiga mía.

Yo nunca perdí un anillo, pero es de lo poco que no logré extraviar.

Lo que más añoro es mi osito amarillo. Haría cualquier cosa por verle, como a Berlioz.
Es como Bobo, el osito de Monty Burns.
Y es que a mi madre le encantaba regalar mis cosas.
Pero esa es otra historia

La reina de la miel dijo...

Contarás esa historia, y palidecerán mis finales...

Fle dijo...

QUé triste es, y que cierto.
A veces me pregunto si no serán ellos los que, al no sentirse queridos, se abandonan y ni siquiera nos chillan.

Yo también perdí un anillo, vestida de mariquita, en el metro. Lo quité para una foto y después, adiós.
Además de gustarme muchísimo, tenía un alto valor sentimental. Tanto que ni siquiera comprando otro calcado, significó lo mismo.
Y acabó significando, el acto de perderlo, mucho más de lo que pareció a priori.

Tremenda historia, qué bien narrada. Y qué bueno el libro de Marías, por cierto.

Besos imperdibles.

reloxes dijo...

Ayer he llorado de rabia al perder mi cesta en el parque, he sentido frío en Escocia, he vuelto a casa desilusionado de unas vacaciones y me desesperé por lo despistado que soy.
Más como esto, por favor.

tipodeincógnito dijo...

Excepto mis íntimos, nadie sabe la historia de cómo P abandonó su recién estrenada bici real -dejada por los Magos esa misma mañana, a la vera de sus pantuflas- a la puerta de una cafetería donde sus padres vermoutheaban, y de la depresión en la que le sumió comprobar que otro niño debió pensar que era suya pues, al salir de la cafetería, la bici había volado, o rodado. Desde entonces no paro de perderlo todo, y en ocasiones varias veces.