viernes, 4 de abril de 2008

Si total para qué


Suena de fondo el segundo movimiento del Piano Concerto in D Minor de Dios, digo, de Bach, y doy un sorbo a la infusión relajante, y me quedo mirando la dieffenbachia, y se me saltan las lágrimas. Creo que fue Severo Ochoa quien dijo que éramos una breve aventura química sin sentido. O quizás lo dijo Ramón y Cajal, pero la desolación es la misma. Lloro, ya digo, maldiciendo mis neurotransmisores, mis hormonas y todo ese entramado infernal que me hace darme cuenta de que lloro.


Todo iba más o menos bien hoy hasta que ella quiso entrar en el Dindurra. Y entramos, y mientras ella parloteaba con vetustas damas que parecieran atornilladas a las sillas desde la apertura del local allá por la época en la que los caballeros se engomaban el bigote, yo tenía delirios existencialistas en los que la veía a Ella, no a ella-mi madre, sino a la Parca tomándose un café entre sus próximas clientas. De repente ví que 35 años no son nada, que reposaban en aquellas mesas ecos de vidas que un día palpitaron y anhelaron y lucharon, y en esta tarde de viernes dormitaban entre veladores de mármol dándose ya por vencidas, si total para qué.


Fui consciente de que tampoco es para tanto haber llegado hasta aquí, que parece que pasó en un suspiro, fue ayer por la tarde cuando perdí la cesta de Bambi, y por tanto en otro suspiro y media docena de objetos queridos extraviados más voy a plantarme en la primera línea hacia el abismo, como cuando en aquellos odiados ejercicios grupales en clase de gimnasia echaba a correr la compañera que te precedía en la fila y quedabas allí esperando tu turno, el corazón desbocado, me toca, me toca...


Me toca. Mierda. Y esta vez no habrá exención de clase de gimnasia que valga. Sólo quedará intentar cubrir con dignidad estos segundos eternos hasta que llegue el turno.