domingo, 28 de septiembre de 2008

Cumbres Bochornosas revolutions (y ya, leñe)

Por petición popular (bueno, más bien esta y esta otra petición, pero era para darme más pisto ahora que voy a necesitar votos como una desgraciá), procedo a finiquitar la colección de lo que en mi jerga adolescente daba yo en llamar momentos pirulos. Como si de un menú de estos raros deconstruidos se tratara, hoy tenemos…

De primero, empanada matutina con sorpresa en forma de calcetín

Iba yo una fría mañana ovetense de camino a la facultad por una calle atestadita de estudiantes de todos los tamaños y pelajes cuando de una manga de la cazadora se me escurrió un calcetín. Repito: un calcetín. Al principio no pude colegir racionalmente que aquello granate que asomaba por el puño fuera un calcetín, naturalmente porque algo así era imposible. Cuando me agaché a recoger lo que se me había caído (fuera lo que fuese aquello, aún no reconocible, era mío, había salido de pí pispa) y lo cogí y comprendí, me dieron ganas de hincarme de hinojos en la acera como Willem Dafoe en Platoon y clamar al cielo tal que así: ¡Oh, Dios, cuán crueles son tus designios! ¿Tenías que someter a tu elegida a esta prueba precisamente ahora, justamente aquí, con tantos testigos, algunos que incluso la verán a diario en clase y se descojonarán vivos al reconocer a la friki del calceto??


Pues efectivamente, hay que joderse. Y todo por la puñetera manía de usar el respaldo de la silla del escritorio como perchero en lugar de colocar neuróticamente la ropa en su sitio nada más recogerla del tendedero. Con el empane habitual de los madrugones mañaneros la menda agarró la cazadora y de paso prendió lo que pilló debajo, en este caso, el famoso calcetín. ¿Cómo consiguió instalarse tan cucamente dentro de una manga? Aaah, eso ya ni idea. Yo las pasé canutas recogiéndolo, pero les digo una cosa: presenciar cómo alguien pierde un calceto que le sale del lugar más inverosímil en mitad de la calle tiene que ser para traumatizarse. Sirva este texto para expresarle mis más sinceras disculpas al pobrecillo que venía detrás de mí y tuvo que verlo todo, jope…

De segundo, filete vuelta y vuelta macerado en su propio jugo durante varias horas

Una está en una edad en la que ya no desperdicia oportunidades con aquellas excusas tan gilipichis del tipo es que estoy sin depilar o no puedo, tengo la regla. Como oí una vez en una peli italiana, el sexo es como la nieve: nunca sabes cuándo va a volver a caer, así que si hay que ir se va, oigan.
En una de estas raras ocasiones, el afortunado decidió llevarme a casa de sus padres aprovechando que los inocentes estaban de vacaciones. Ya puestos (en todos los sentidos), decidió también que la cama de sus padres era más grande y que para qué pasar estrecheces pudiendo practicar el salto del tigre en una de 1’50. Pos fale, chato, si a mí en estos momentos me vale un tatami, cómo te lo diría yo… No es que me preocupara especialmente el dato, pero ese día aún era yo muy mujer, vamos, quiero decir más mujer que el resto de días del mes, aunque las pruebas evidentes eran ya casi inapreciables y por tanto me consideré perfectamente dispuesta para un homenaje.
El homenaje tuvo lugar, pues. No es el momento ni el lugar para referir los detalles intrínsecos del mismo, y además no es el objetivo de la narración. El caso es que la noche transcurrió y la luz del alba sorprendió a los amantes dormidos (esto no sé muy bien si es más de Corín Tellado o de La Celestina: si es que no se pueden tener tantos referentes literarios, por diosss). El maromo se levantó para ir al baño y entonces…

Maromo: ¡¡¡¡Joooooo-deeerrrrr!!!
Muá (con gesto de suficiencia) Lo sé, lo sé, darling, es el efecto que produce en los hombres la visión de este cuerpo hecho para el pecad...
Maromo: ¡¡¡Hostiaaa, mi madre me mata!!!
Muá: ¿Ein? ¿Qué pasa, que tu madre solo quiere que te líes con feas? Pues vaya madre más desnaturalizada, oche…
Maromo: ¡¡Tía, pero tú mira la colchaaa!!

La colcha. Sí. Y las sábanas también. Ah, y la funda de la almohada, lo mismo. Mayormente aquella habitación parecía con luz diurna el set de rodaje de Carrie, no sé si me entienden. Se ve que con la prospección minera de la noche anterior algunas corrientes subterráneas se agitaron más de la cuenta (percátense de mi dominio del eufemismo, háganme er favó). Cuando conseguí apartar la vista de aquel festival gore lo siguiente fue mirarle a él: estaba como una pared de Altamira, pobrete. Yo no sé cómo se puede perder tanta sangre y seguir viva, ehto é increíble, que diría Bisbal.

¿Qué parte viene ahora? Pues claro: la del bochorno. A ver, una no tenía culpa, son cosas que pasan, pero el momento “ayúdame a meter esto en la lavadora, que me desheredan” pues qué quieren que les diga, lo pasé mal, ains…

De postre, sorbete-cóctel “¿Doctor, ¿es grave?” especial de la casa

No me perdonaré nunca haberme perdido la despedida de soltera de mi mejor amiga, la del aparato dental, la del atropello, la de…(joder, esta mujer sabe más de mis bochornos que yo misma). Me la perdí porque la víspera me pillé una cogorza del quince con los amigos de su novio, que habían venido de Holanda para la boda. De Holanda, insisto. A mí me dicen “Oye, que están aquí Guiri 1 y Guiri 2, van a salir a tomar algo por ahí, ¿vienes?” ¡Anda que vaya pregunta! ¿Que si voy…?
Aún diría más: ¿¿QUE SI VOY??

Fui.


Ni ví ni vencí, las cosas como son. Estos guiris no eran formato berlinés, una pena. Aun así, eran simpáticos y uno incluso era azafato y tenía su público. El caso es que yo, exaltada como estaba por las circunstancias –veranito, jiji-jaja, boda de mi mejor amiga-, me entregué a la sidra con devoción y profesionalidad. Cuando las sidrerías cerraron seguí entregándome –si es que una es así de generosa- creo recordar que al 100 Pipers, y cuando acabé con los cien gaiteros uno detrás de otro pues ya como que empieza a estar algo borroso el asunto, mmm…

Llegué a horas escandalosas a casa. Calculé que si dormía hasta las 2 de la tarde o así podría estar presentable para la despedida de soltera, que empezaba a las 7. Efectivamente, sobre las 2 desperté. Aquello era la Madre de Todas las Resacas, para resumir. Ya no era sólo el dolor de cráneo, la acidez de estómago y la lengua de esparto, sino que el más leve intento de incorporarme de la cama era como El Diario de Patricia: insoportable.


Por aquel entonces yo vivía con mis padres. Mi madre, sospecho que más por ingenuidad que por educación, nunca achacaba mis jaquecas domingueras al alcohol: la nena no puede beber tanto, no, es que es propensa a las cefaleas, la pobre (muy bien, mami, tú sigue así, campeona). Al verme la mujer en ese estado se preocupó por mi salud, lo normal. Decidí seguir tumbada en posición fetal un rato más, a ver si remitía. A las 4 volví a intentar levantar cabeza y nada. A las 6 de la tarde pedí la extremaunción con un hilo de voz y ahí fue cuando mi madre llamó al médico. Al de familia, al que viene cuando tenemos la gripe, a ese señor que saludamos con la manita cuando le vemos con su maletín por el barrio. Glups.


Cuando le vi aparecer por la habitación e inclinarse para examinarme no me pude contener. ¡¡Doctor, me late el ombligo!!, le susurré desquiciada, y le habría agarrado por las solapas con manos agarrotadas a lo Margarita Gautier de no ser porque era agosto y el pavo no llevaba chaqueta. Llevaba dos horas viendo con horror cómo algo alienígena botaba dentro de mi barriga con cada pulsación: pues que no sabía yo que llegaba hasta ahí la aorta, jaté tú…La nota naïve la puso mi progenitora, que con gesto atribulado preguntó si aquello podía ser una úlcera gástrica. No, mujer, es intoxicación etílica aguda, repuso él muy formal. ¡Pero hombre, por diooos! ¿No tenéis en la carrera la asignatura de Comunicación sutil de diagnósticos bochornosos? De verdad que lo mío con los médicos es penoso, jolín…
No les digo más que me duró la resaca 48 horas: para mí que los guiris deben de emitir alguna feromona especial que en combinación con el alcohol a mí me deja para el arrastre, porque esto ya es para sospechar, ¿o no?



Termino definitivamente esta saga vergonzosa con un highlight entrañable, algo muy rápido. Tendría yo unos 16 años cuando se me acercó un desconocido en la discoteca. Atención al diálogo, corto pero intenso, dejando bien patente que el lenguaje une pero también separa irremediablemente…

Desconocido (gritando para hacerse oír sobre la música): Oye, ¿tienes papel?
Yo (atónita): ¿Papel? ¿Pero tú te crees que vengo aquí a escribir, de qué vas??

Bendita inocencia.

viernes, 26 de septiembre de 2008

El sitio de mi recreo

Ayer ví por primera vez un lugar que había mirado de soslayo cientos de veces antes. En pleno centro de mi ciudad se conserva aún el recinto de una antigua ciudadela de posguerra que el ayuntamiento ha habilitado a modo de museo obrero urbano al aire libre. Junto a los restos conservados y remozados de lo que fueron modestísimas viviendas, los próceres locales incluso han tenido el detalle de crear un pequeño jardín, con sus bancos y sus farolas y hasta su fuente. Ayer, digo, entré por primera vez en ese espacio. Era puro, perfecto, precioso. Vacío de personas y sin embargo (o precisamente por eso) tan lleno. Había un montón de cosas a las que prestar atención: el sonido de las hojas caídas arrastradas por el viento, los aleteos de las palomas, los guiños del sol al reaparecer tras una nube, la danza lánguida de un visillo abandonado en la ventana de una casa abandonada...

Será mi secreto.
Estoy deseando volver.


martes, 16 de septiembre de 2008

Cumbres Bochornosas reloaded

Si hubo un año intenso en mi vida ese fue 1990. Viaje de estudios a Italia, selectividad, enamoramiento impetuoso de Claudio meesnifohastalalíneadecorner Caniggia en el Mundial de Fútbol, inicio de la universidad...La guinda la puso una Ducati amarillo chillón que una noche de noviembre en una carretera nacional me hizo un masaje de tibia y peroné pero fino, fino. Nunca había tenido un accidente, nunca me habían operado de nada, nunca había experimentado el dolor físico intenso. Fue una lección de vida importante y los cincuenta y cuatro puntos de sutura me la recuerdan cada día. Eso y que no volví a ponerme vestiditos de verano: menos mal que los pantalones me quedan estupendos.

El atropello fue doble: mi vieja amiga, la del andamio dental, también mordió el asfalto esa noche conmigo, así que nos pasamos el siguiente mes escayoladas y en la misma habitación de hospital. Lo que en principio fue una putada mayúscula tuvo también sus momentos buenos, de risa entre las lágrimas. Lo siguiente es uno de estos momentos.

Cualquiera que haya tenido un miembro escayolado sabrá de qué hablo si digo que la piel pica. Pica muchísimo, y el no poder rascarse es una de las vías más directas a la locura. Tengo las manos pequeñas, pero no tanto como para poder llegar donde necesitaba, así que me agencié una aguja de tricotar que me transportó al séptimo cielo.
El invento pronto se reveló como multifunción: no sólo servía como rascador sino también como elemento auxiliar para alcanzar cosas fuera de mi radio de acción. Para alcanzarlas o para alejarlas. ¿Han probado a quitarse la ropa interior sentados y con una pierna totalmente estirada? Chungo, sí, créanme. Hasta el advenimiento de la aguja de tricotar yo tenía que pedirle a alguien que pasara por allí que me quitara las bragas, literalmente. Las personas afortunadas solían ser enfermeras o auxiliares y era un momento muy humillante: así, sin música de fondo ni un besito ni nada. Aquí te pillo en la habitación 302 y aquí te despeloto. Pues bien, con la aguja todo esa incomodidad se terminó: ya empujaba ella el trofeo más allá de donde me llegaban a mí las manitas hasta conseguir finalmente dejar atrás el pie y volver con la prenda en vilo a modo de pendón (que es una palabra muy digna y no tiene nada que ver con desorejamientos, a ver…)

El proceso, si bien efectivo, llevaba su tiempo. Baja por aquí, estira por allá…Una mañana, mientras me afanaba en ello con extrema concentración, la puerta de la habitación se abrió de golpe y a todo lo que daba. Al parecer, uno de los superpoderes de los galenos es acercarse sin ser oídos (las madres y los jefes también lo tienen, qué cosas), así que sin ningún ruido de pasos que le hubiera delatado ahí apareció el traumatólogo jefe en toda su autoridad y tras él un rebaño de MIR (serían tres o cuatro, pero para mí fue un delirio de batas blancas que ocupaban todo mi campo visual). La sorpresa fue mayúscula. Momentos después hicieron aparición la vergüenza (joder, ¡que estoy sacándome unas bragas sucias con media facultad de Medicina de testigo!) y la indignación, porque, oiga, usted sabrá dónde está el píloro y yo no, de acuerdo, pero yo llamo a las puertas antes de entrar, ¿lo pilla, doctor?
No recuerdo ya bien los detalles, pero creo que mi glups se oyó en el puesto de control de Enfermería al otro lado del pasillo. En mi azoramiento balbucí alguna obviedad, algo como jiji, un momento, por favor, que me estoy quitando las bragas, al estilo de aquel legendario “Traje una sandía” pronunciado por Baby en Dirty Dancing.

El caso es que allí no se disculpó ni dios bendito, ni un gesto de conmiseración, ni gota de piedad humana, oigan. Se acercaron, me toquetearon la escayola, el médico les dijo palabras raras a los mires, los mires apuntaron cosas y luego se largaron como habían venido: con un portazo. A todo esto, la prueba del delito permanecía lánguidamente donde la había dejado, a medio camino entre la rodilla y el tobillo. Me giré lentamente hacia la cama de mi compañera de fatigas y nos miramos con gesto grave. Las carcajadas que vinieron después debieron de ser de órdago porque tuvo que venir una enfermera a recordarnos que aquello era un hospital y que menos cachondeo…

¡Ah, aquellos viejos e intensos bochornos! Luego una se hace mayor y parece que lleva los ridículos con más dignidad, como que le afectan menos las cosas, no sé. Quiero decir que el empane es el mismo, pero luego se recuerda la escena como algo más entrañable y menos trágico.


¿Entrañable, dije? Bueno, también hay ocasiones en las que una ya puede votar desde hace unos cuantos años y sin embargo sigue haciendo el canelo como a los quince. Sin ir más lejos, en una fiesta de Erasmus. Tendría yo un cuarto de siglo cuando se me ofreció la oportunidad de asistir en vivo y en directo a una de estas míticas reuniones en las que se concentra lo más granado de la rubicundez europea en un piso de alquiler de 70 metros cuadrados. Para alguien como yo, a quien le entran sudores con la mera contemplación a distancia de un ario tomando una Franziskaner en una terraza, la idea de poder departir de tú a tú con walkirios a tutiplén, todos tremendos, todos hablando mayormente alemán (slurp), todos en edad de merecer y casi todos ingenieros, era tan emocionante que para soportarlo tuve que darme a la bebida. Y bebida, junto con testosterona, era lo que sobraba en aquella casa, doy fe.

Entre todo el catálogo, y había nacionalidades para escoger, mi favorito era un berlinés de mirada perversa y dicción lenta pero enérgica. Verle aparecer de noche, con la gabardina Barbour abierta al viento enmarcando su 1’85 de prusiana majestad, espoleaba violentamente todas las fantasías con uniformes nazis y látigos que una pudiera tener. Y una podía tener muchas, ay.
En el citado guateque el susodicho zascandileaba de aquí para allá sin perder nunca su elegancia característica. Mostraba permanentemente un esbozo de sonrisa de medio lado, como si todo y todos le resbaláramos, por no decir que nos miraba como un entomólogo observaría un hormiguero, así de magnífico era en su altivez mein übergruppenführer


Consciente de que mi oscuro deseo jamás sería satisfecho, asumido el hecho palmario de que a mí me pirran los guiris pero yo a ellos no, mi mano derecha se convirtió en una especie de axón neuronal en el que la copa vacía hacía las veces de botón terminal: el objetivo era que la copa se acoplara rápidamente a alguna dendrita en forma de botella de Barceló, verbigracia. La sinapsis espirituosa se repitió con una facilidad soprendente: siempre había algún sueco o austríaco o gran danés cerca dispuesto a rellenar copas de españolas semiborrachas, así de majos eran. Entre copazo y copazo llegó la medianoche y con ella la hora del cumpleaños feliz (todas las fiestas Erasmus son de cumpleaños: no sé si hay investigación científica al respecto). Se repartieron copas de champán, nos pusimos en círculo con el homenajeado de turno en medio, cantamos, bebimos, volvimos a beber…
Lo siguiente que recuerdo es una palangana de plástico azul eléctrico delante de los morros. No sé cómo habíamos llegado allí ni la palangana ni yo, ni qué había acaecido en el ínterin, pero estaba sentada sobre alguien que me sujetaba la frente con una mano y la palangana con otra mientras me decía lentamente en inglés que cuando vomitara estaría mucho mejor. Levanté a duras penas la cabeza para ver quién era mi benefactor: los ojillos verdes del berlinés magnífico eran ahora dos ranuras escrutadoras, y de cerca tenía una dentadura cojonuda, por cierto.


Bien. Muy bien, Marta. Lo has conseguido, estás sentada en toda tu (cof, cof) voluptuosidad irresistible sobre un guiri que podría protagonizar los sueños húmedos de una década. Lástima que en estos momentos tengas un pedal como un piano y el aspecto de Robert Smith sin maquillaje waterproof. El objetivo está cumplido: a buen seguro que formarás parte de los recuerdos más entrañables de su época de Erasmus. Ah, no, que el objetivo era calzárselo hasta la extenuación…Pos va a ser que con esta performance lo tienes complicado, reina.

Del shock la borrachera se me esfumó de golpe. Súbitamente lúcida y patética, con una revoltura de estómago del carajo y un bochorno de 9 en la escala Richter, me apeé de aquellos muslos de acero muy a mi pesar y musité un “thank you” que en realidad fue un “hasta siempre, cordero, snif”. La fiesta se terminó para mí en aquel mismo instante, como es natural. Todavía me dejé arrastrar a una discoteca, pero yo ya estaba en fase resacosa y encima no podía dejar de rememorar una y otra vez el momento palangánico…

Horas después el teléfono me sacó de la cama y del coma. Era una amiga que había estado en la fiesta. Yo estaba mareada y confusa, así que de momento no me extrañó que no entendiera nada de lo que parloteaba. Luego, sin embargo, presté atención a lo que me contaba y me espanté: mi amiga me estaba refiriendo con lujo de detalles lo que yo había estado haciendo durante dos horas y no había registrado en absoluto. Sentí pánico. Al parecer la copa de champán desencadenó un blackout durante el que hablé a diestro y siniestro con todo el mundo, me dediqué a perseguir a un pobre austríaco para evitar que fumara (¡!), me caí dentro de la bañera (wtf??) y aseguré que podía volar a quien quisiera oírlo para seguidamente disponerme a hacer una demostración práctica en la ventana: le debo la vida a un bávaro que pasaba por allí y me vio las intenciones.

Como éramos pocos, parió la abuela. Y yo pensando que tener arcadas sentada sobre el paquete de un macizo teutón había sido lo más bochornoso (y contradictorio en sus términos) de la noche, inocente de mí. Días después tuve que enfrentarme, ya sobria, a varios asistentes al evento. Hubo de todo, pero mayormente miradas de reprobación (casi todas femeninas) y muchos comentarios jocosos (casi todos masculinos). Incluso hubo quien me sugirió irónicamente que estuviera atenta al calendario menstrual, por si acaso. Esto me consternó: siempre quise tener un hijo rubio y con ojos azules, pero, honestamente, poder recordar luego la manufactura me parece condición sine qua non.


Y eso es todo. Si de cumbres hablamos, esta fue mi Annapurna particular. Pequeños bochornillos siempre hay, claro, pero en comparación con esto palidecen. Afortunadamente, lo que llamamos realidad cotidiana es como una sucesión de diapositivas, y todo se va difuminando lenta pero decididamente. A día de hoy ya no siento vergüenza al contarlo, pero persistirá siempre la incomodidad de saber que hay dos horas de mi vida consciente que me han sido hurtadas. ¿Cómo se puede hablar, percibir, moverse, actuar y no registrar nada en la memoria? ¿Podría alguien tener un blackout que durara virtualmente su vida entera y no recordar nada nunca? ¿Quién o qué sería esa persona? ¿Sería persona siquiera? ¿Tendría un yo reconocible? La repera, oigan, pero como decía Ende, esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Están entre nosotras

Hay una escena en "Cuando Harry encontró a Sally" (y no, no es la de Meg gimiendo en el restaurante, aunque los tiros van por ahí) en la que el petardo integral de Bill Crystal le cuenta a un amigo cómo había logrado hacer maullar a una mujer en la cama. "Maullar" es un verbo que unido a cosas del fornicio ya suena lo suficientemente gráfico y ya da la suficiente envidia, pero ¿qué me dirían si les aseguro que también puede emplearse el verbo "barritar"? Bien, sí, venga: usted y usted pueden ir un momento a por el diccionario. Para los demás continúo con la narración.
Noche de un martes cualquiera, once y cuarto pm. Tranquilidad absoluta en el edificio, familias decentes, una calle con un solo carril, poco tráfico a esa hora. Servidora está enredando en la cocina cuando un sonido externo a su piso cobra súbitamente protagonismo. Es un lamento. No, no...es un ¿grito?...Errr, es...es...¡dios santo, están matando a una vecina! ¡Policía!
A los treinta segundos de gritos ya me quedó claro que alguien se lo estaba pasando pipa en las cercanías.
Sonreí.
Seguí sonriendo, esta vez ya con un leve rictus de admiración, al minuto y medio de alaridos. Para cuando llegó la cosa a los dos minutos continuados de berrido/segundo de descanso/berrido el rictus había pasado directamente a mosqueo, y no les digo nada de la cara que se me debió de poner un minuto después, cuando aquella desconocida hembra primigenia no sólo no entraba en fase de meseta -respira, muhé, que te ahogas- sino que barritaba in crescendo, tanto que lo que yo ya sentía era simple y llanamente vergüenza, y también una ligera irritación por no haber venido equipada a este mundo con ese motor de inyección de serie.
Estábamos ya en los cuatro para cinco minutos de reloj y aquello (It, podríamos llamarlo, porque infundía terror reverencial) no paraba. Yo caminaba arriba y abajo por casa como Chiquito de la Calzada (no puedor, no puedorrrr) mirando paredes, techo y suelo, intentando dilucidar cuál de las apacibles vecinas a las que había visto hace un mes en la reunión de la comunidad tenía tal stock de kundalini, la muy hija de puta. Entonces, prestando algo más de atención al bramido rítmico, pero ahora ya (¡por fin!) agonizante, me di cuenta de que igual provenía de otro edificio próximo al mío, así que me arrojé a la ventana más cercana.
El espectáculo fue overwhelming, que dicen los ingleses. Vamos, que acojonante: decenas, qué digo decenas, docenas de cabezas furtivas asomaban tras las cortinas, atisbando en la noche, oscilando cual mochuelos para captar mejor el origen de aquel sonido del Averno. Justo en la ventana frente a la mía, un hombre joven con camiseta roja parecía francamente asustado. Sujetaba la cortina junto a su mejilla mientras miraba en derredor con gesto de Bambi buscando a su mamá. En un momento dado nuestras miradas confluyeron: creí notar un poso de hondísima congoja en sus ojos. Tranquilo, majo, lo más seguro es que esté fingiendo, le dije mentalmente. Penita, por dios...

Finalmente la cosa paró, pero me quedó un mal cuerpo que no se imaginan: tenía miedo de irme a dormir, quedarme traspuesta y ser brutalmente despertada con otra exhibición ultraterrena. Al cuarto de hora asomé tímidamente un ojo por la ventana y el de la camiseta roja seguía allí, no sé si husmeando el aire nocturno a ver si le traía efluvios reveladores (otra como esta y la gata me entra en celo) o planteándose dejarlo todo y meterse a cartujo, pobrete.
Y que no sabía yo que además de orgásmicas y multiorgásmicas hubiera requeteorgásmicas, oigan. Cosas veredes.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Ahora encaja

Es sencillamente cojonudo encontrarle sentido a las cosas. Palabras que te removían hace 10 años a un nivel subconsciente cobran hoy luz de repente y te dicen algo que entonces, aun queriendo, no estabas preparada para entender.
Ahora sí, ahora.
Joga (Björk, Homogenic)
All these accidents that happen follow the dot,
Coincidence makes sense only with you,
You don't have to speak, I feel.
Emotional landscapes, they puzzle me,
Then the riddle gets solved, and you push me up to this
State of emergency, how beautiful to be,
State of emergency, is where I want to be.
All that no-one sees you see, what's inside of me,
Every nerve that hurts you heal, deep inside of me, oo-oohh,
You don't have to speak, I feel.
Emotional landscapes, they puzzle me - confuse,
Then the riddle gets solved, and you push me up to this
State of emergency, how beautiful to be,
State of emergency, is where I want to be.
State of emergency ,how beautiful to be.