viernes, 23 de enero de 2009

Les debo una

No se lo van a creer, pero se me quedó un bochornus maximus en el tintero. Anoche, mientras cogía la postura para dormir y antes de caer en esas espirales de formas y colores tan entretenidas y caleidoscópicas que preceden al sueño, me di cuenta de forma súbita de que no les había contado un momento vergonzante de pronóstico reservado, seguramente por aquello del olvido selectivo. Porque digo yo que Freud, además de ser un rijoso y un politoxicómano, también tendría razón en alguna cosilla, que ya está bien de meterse con el señor, hombre ya.

Ocurrió en París (siempre quise comenzar una frase así, queda divina) hace nueve años, en un hotelazo del aeropuerto que en realidad nunca tuve que haber pisado pero en el que me ví obligada a pasar la noche al perder un enlace a Budapest (me está quedando el párrafo cosmopolita de irse por la patilla abajo, vamos). Habrá quien esté acostumbrado y pierda aviones como quien ve alejarse el autobús municipal que pasa cada diez minutos, pero no soy yo. A mí, viajera moderada y en el fondo siempre provinciana, los imponderables aeronáuticos me ponen a mil por hora, de tal manera que aún me produce escalofríos el recuerdo de la palma de la mano que la aeromoza de Air France me puso delante de los morros para indicarme sutilmente que a aquel avión no se subía ya nadie más. Qué eficaz y qué hijadelagranputa, por cierto.

La habitación del Sofitel de cuatro estrellas que nos asignaron era como para llamar al Elíseo y pedir asilo político allí mismo: así a ojo calculo que en la superficie de la cama cabían mi cocina y mi dormitorio actuales, no les digo más. Una suite cojonuda y yo, sin embargo, sobrepasada por los acontecimientos, aún nerviosa, azorada, preocupada y sobre todo cabreada. Está claro que nunca supe disfrutar el momento presente ni los regalos disfrazados de contrariedades que la vida va brindando sin avisar...

En fin, que no me quiero desviar. El pack de consolación por haberme jodido un día de mis vacaciones incluía también desayuno-buffet, acorde igualmente con las dimensiones de la cama: en aquella mesa preparada con esmero había comida para arreglarle el día a algún país africano, estoy segura. El personal del restaurante, uniformado cual mariscal de campo -sea eso lo que sea, demonios-, correteaba de aquí para allá reponiendo viandas tan pronto se terminaban. Por eso, cuando me percaté de que se había acabado la mantequilla, se lo hice saber a uno de esos muchachos que pululaban por allí, extremadamente comestible, por supuesto rubicundo, alto y con una pinta guiri que no se podía aguantar. Simultáneamente, por detrás de él apareció el camarero con un plato con mantequilla y la puso en su sitio.

Un momento. Si este que acaba de llegar es el camarero...¿quién es este otro mochuelo? Este, sí, este mismo que me fulmina con unos ojos gélidos y masculla I-am-not-the-waiter-miss y entonces yo le miro bien la chaqueta azul marino y me fijo en la chapita del pecho y no dice garçon, sino algo así como Comandante Macizo, y luego miro más abajo y pone SAS, y yo digo glups, y pienso que ya me parecía a mí, que con lo rebueno que estaba solo podía ser piloto, y encima sueco. Slurp. Ah, no, espera, que ahora no va eso, ahora toca glups otra vez...

Luego me dirán que hay que ver, que soy capaz de cualquier cosa con tal de arrimarme a un guiri, pero es que ¿cómo iba a saber yo que era piloto, joer? ¡Si es que los visten como camareros de hotel de lujo!

miércoles, 21 de enero de 2009

¡Amparo! ¿Estás borracha?

-Hics...digo, miau!

Criaturica. Entre todos los bares del mundo, tenía que venir al mío.

lunes, 12 de enero de 2009

Decíamos ayer

¿Se acuerdan de cuando eran pequeños y les daba vergüenza dejar de llorar una vez que habían empezado? Uno pensaba Joer, tantos berridos y mocos y babas...¿cómo paro yo ahora decorosamente? ¿Tanta energía para nada? Ya está...¡no paro! Y ahí seguías tú hipando y convulsionando incluso después de que tus padres hubieran accedido a pagar la pasta gansa por el salón de belleza de Barbie, con el riesgo de que pareciera que tenías un desorden neurológico y no simplemente vergüenza torera.

Pues con esto de callarse ocurre algo parecido. Una se calla un buen día de hace tres meses y ahora le da como reparo ponerse a relatar chuminadas de un día para otro como si tal cosa. Sensu stricto sigo sin nada que contar, como no les interese terriblemente lo maciza que me voy a poner -aún más si cabe- en las clases de pilates que voy a retomar por enésima vez en los dos últimos años. O las excursiones tan chulas que llevo haciendo desde hace poco tiempo, como esta y esta otra, que contribuirán a buen seguro a ese transplante doble de rótula y menisco que preveo en breve y que me elevará a las enciclopedias médicas por ser la ciudadana menor de cuarenta años que más gasto le supone a la Seguridá Sosiá. Deberían ver lo bien que me caigo de culo en los caminos embarrados de 45º de pendiente y los encantadores grititos que profiero: eso es arte y no el de cúchares. Digo.

Por eso, y mientras pergeño algún que otro contenido mínimamente comestible, paso a deleitarles con la última performance de aquella que nunca defrauda, aquella que es un espectáculo en sí pispa: mi señora madre (en adelante MSM).

Cuándo: víspera de Reyes, hora punta de la mañana
Dónde: oficina de un afamado banco, en su mismo barrio
Cómo estaba la plaza: abarrotá

MSM teclea algo en el cajero automático de la entrada, espera, se sube bien las gafas de ver de cerca, espera, vuelve a teclear, espera, se inquieta, se seca la frente perlada y, finalmente, recoge la tarjeta y entra en la oficina bancaria.

Se masca la tragedia.

Saltándose las más elementales normas de convivencia social, y trayéndole como le trae al pairo que veinte cabezas se giren al unísono para observarla, MSM levanta la voz desde la mismísima puerta y, dirigiéndose al muchacho de la ventanilla, declara:

-Oye, guapín, una pregunta...¿qué le pasa a este cajero que me pide que le diga EL PI? ¡Pero si yo no tengo ningún PI, a mí siempre me pedía el número secreto!

Sobrecogedor. Creo que voy a empezar a salir de incógnito cuando la acompañe a algún sitio, esto es una ciudad de provincias y yo aún tengo una reputación.