martes, 15 de junio de 2010

Cuando el zapato aprieta (Metáfora, claro)

Un día sales a mirar zapatos. Has visto unos días antes en un escaparate unos que te han gustado mucho, y ahora vas a probártelos a ver qué tal. Te apetece horrores volver a casa ese día con zapatos nuevos, hace mucho tiempo que no estrenas unos que te gusten de verdad.

Te acercas a la tienda. Ya de lejos escudriñas el expositor esperando verlos, no vaya a ser que ya se los haya llevado alguien. Pero no, por fin los ves: son preciosos, los más bonitos de entre todos sus competidores. No te lo piensas y entras de cabeza, se los señalas a la dependienta, pides tu número y esperas.

La chica vuelve con ellos, te los alcanza. Ahora que los ves de cerca te parecen aún más bonitos. Todo en ellos es perfecto, justo lo que andabas buscando, tu zapato ideal: la puntera no muy afilada, el tacón justo para no trastabillar, la piel -ah, la piel...- fina y bien terminada...

Te los pruebas. Inmediatamente te sientes más alta, más guapa, mejor. Te levantas y das unos pasos hasta un espejo: te afinan el tobillo, son elegantes...Hasta te sientes mejor con ellos puestos, más segura de ti misma incluso.

Das otro pequeño paseo por el local mirándote en todos los espejos a tu paso mientras la vendedora comenta lo bien que te quedan. Tú estás de acuerdo porque son -¿lo he dicho ya?- absolutamente preciosos y estás a punto de llevártelos, sin probarte ningún otro par, sin darte una vuelta por otras zapaterías, ¿para qué, si estos son lo más bonito que has visto nunca?

Aunque ya antes de entrar en la tienda tenías la intención de comprarlos, sigues no obstante dando vueltecitas de aquí para allá para seguir convenciéndote de que tu elección es la mejor. Se pisa muy bien con ellos, ya lo creo, no resbalan, el color va bien con todo...

Sin embargo hay algo que...Por favor, ¿puedes traerme un número más? Me aprietan un poco


No hay un número más, es una pena. Sólo quedan este par y el del escaparate, que es aún menor, lo siente, este modelo gustó mucho, se vendió muy bien.


Vaya.


(Así que al final no tenías un gusto tan exquisito)


La noticia te descoloca un poco. No contabas con esa eventualidad. Te da un poco de rabia porque ya te habías hecho la expectativa de que te los ibas a llevar. Te gustan tanto que dudas. A pesar de que te quedan pequeños, y ahora que estás de pie desde hace 5 minutos con ellos ya puedes notar claramente que te van a hacer daño, a pesar de eso, digo, dudas.


La chica nota tu debate interno. Te sugiere darlos un poco de sí en la horma. Hace maravillas, añade. Tú te ilusionas otra vez con la perspectiva. Claro, forzándolos un pelín se ajustarán a ti, esto es porque están nuevos, es normal. Te los quitas y puedes ver que ya hay pequeñas rojeces en algunas partes del pie. No pasa nada. Por supuesto te los llevas: se arreglará y serán los mejores zapatos de tu vida.

El resto de la semana los tienes en la horma. Los recoges impaciente para estrenarlos por todo lo alto el fin de semana. Al principio la sensación es claramente distinta, desde luego han dado de sí, pero cuando vuelves a casa esa noche tienes los pies doloridos, con alguna rozadura seria. No lo entiendes, si ya te quedaban bien, ¿cómo es posible que te vuelvan a hacer daño?

En las siguientes semanas visitas un par de veces más al zapatero. Accede a ponerlos en la horma de nuevo, pero desde su experiencia profesional te dice que corres el riesgo de que se rompan. Son así, y así hay que gastarlos, te dice, pero tú te resistes a rendirte a la evidencia.


Que esos zapatos no son para ti. Aunque te gusten muchísimo, no son de tu número. Te hacen daño.


La historia, no obstante, sigue unos meses más. Ante el temor a que la piel se resquebraje por la horma repetida, optas por usarlos igual y ponerte vendas en las heridas. Muchas veces incluso, previendo ya dónde te van a rozar, te pones la venda antes de la herida. Usar esos zapatos es un gozo estético y un tormento de dolor al mismo tiempo, pero tú no cejas en tu empeño, en tu ilusión de que algún día, a base de usarlos, dejarán de destrozarte, se amoldarán a ti y caminar con ellos será lo más confortable de tu vida...

Naturalmente no es así, no fue así. Si un zapato aprieta, no es tu zapato, da igual todo lo demás.

Recuérdalo para la próxima vez que te pruebes calzado...por cierto, ¿cuándo vamos de tiendas?

23 comentarios:

Anónimo dijo...

Ojalá que encuentres la horma de tu zapato.

Saludos.

La reina de la miel dijo...

No. Nada de hormas. El buen zapato no las necesita.

Biónica dijo...

Ah chica... de zapatos que aprietan he entendido por desgracia xD. Y precisamente tengo muy buen pie. Pero destrozan el pie hasta quitar las ganas de vivir. No vale la pena.

Y por supuesto, existe el zapato para ti xD.

Anónimo dijo...

Peor es aceptar vivir toda tu vida con dolor de pies.

Perceban

La reina de la miel dijo...

Biónica, me reconforta tu experiencia compartida ;-)

Perceban, algo tan obvio no siempre se ve, sobre todo si has centrado tu vida en lucir esos zapatos.

pcbcarp dijo...

¡Anda! ¿Y mi comentario? No me digas que blogger ya me está haciendo de las suyas. Bueno, en resumen: una mujer comprando zapatos es una metáfora de la civilización occidental encarnada. (cual uña)

Anónimo dijo...

Una perspectiva demasiado menesterosa de mirar la vida, hacer de unos zapatos el centro de nuestra existencia.

Amplia el campo de visión :)

anónimA, coñe dijo...

Yo tuve un par de zapatos así. Pero tengo que reconocer que yo también los trataba con cierto desprecio. Cada vez que me producían una herida, los arrojaba al cubo de la basura,renegando, jurando no volver a ponermelos. Cuando el dolor desaparecía, los recuperaba del contenedor(¡eran tan bonitos!). Pero un día, cuando volví a recogerlos después de haberlos abandonado una vez más.. ya no estaban.

No me culpé por su pérdida. No estaban hechos para mi. Pero tampoco les culpé a ellos: mi empeño en adaptarlos a mi pie los dejaron maltrechos.

Ahora llevo unas preciosas sandalias. Quizás no sean tan bonitas, pero se adpatan a mis pies como un guante, son cómodas y resistentes. Y además, me dan mucha más libertad.

Y aunque algunas veces me acuerdo de aquellos zapatos, lo hago con cierto cariño. Ni siquiera me afligió verlos adornando los pies de otra persona. No estaban hechos para mi.

AnónimA, coñe dijo...

(Segundo intento de publicar este comentario: reina, que dificil es esto de la internete).

Yo tuve unos zapatos así. No eran de mi número y, al final, me dejaron los pies hechos unos zorros. Pero reconozco que yo tuve parte de culpa (esa culpa que los budistas no conocen, benditos). Los traté con desprecio. Cada vez que me producían una herida, los arrojaba al cubo de la basura, renegando, jurando no volver a ponerlos. Cuando el dolor se calmaba, los recuperaba de nuevo (¡eran tan bonitos!).

Pero un día, después de haberlos repudiado por última vez, fui a rescatarlos del cubo y ya no estaban. Estaba claro que no eran para mi.

Ahora llevo unas sandalias. Quizás no sean tan lindas y estupendas como aquellos zapatos, pero se adaptan a mis pies como un guante, son resistentes y además, me dan mucha libertad.

Y aunque algunas veces recuerdo aquellos zapatos, lo hago con cierto cariño. Ni siquiera me afligió verlos adornando los pies de otra persona: estaba claro que, por su culpa o por la mia, no eran para mi.

P.D. Ve de compras, y prueba todos los zapatos que puedas antes de quedarte con unos. Y si no los encuentras, recuerda que no hay nada más sano que andar descalza.

Anónimo dijo...

Jope, qué fuerte!

Ahora resulta que no basta con encontrar un par de zapatos que nos guste(independientemente de que haya existencia de mi número o de que se ajuste a mi pie) ahora resulta que tengo que visitarme todas las zapaterías y probarme todos los zapatos, para encontrar el apropiado.

Me ha dado un soponcio, volveré cuando me reponga, aarghh!!!

La reina de la miel dijo...

Pcbcarp, extiéndame más esa analogía, que me quedo yo intrigada.
Anónimo segundo, va a tener razón mi psicólogo cuando dice que lo que a mí me pasa es que soy corta de vista: que hay cosas que no veo aunque las tenga bajo los morros, vaya.
AnónimA, querida, dejo intactos las dos versiones del comentario porque bien merecen la pena. Ha sido una delicia leer tu experiencia, de verdad, y gran consejo el final. Vuelve cuando quieras.

La reina de la miel dijo...

Anónimo soponciable, reponte y dime ¿de dónde sale tanto anonimato últimamente??

Anónimo dijo...

Menuda discriminación de anónimos, unos se llevan halagos y otros reprimendas.

¿Será por la "A"?

La reina de la miel dijo...

¿No me digas que ves reprimendas, anónimo enésimo? ¿O eres el anónimo soponciado? ¿Te has repuesto ya? ;-)

Evamar dijo...

Es difícil encontrar un zapato perfecto a la primera, hay que ir probando que no aprieten, que sean cómodos, con la altura justa... yo no he encontrado el zapato ideal pero estoy feliz con el que tengo porque es cómodo y no duele :)

Hacía tiempo que no pasaba por tu casa y no sabía que habías vuelto.

Besitos wapa!

Anónimo dijo...

Nada más llegar...

y vaya, directo al juanete.
(metáfora-muy prosaica-claro)

voy a seguir leyendo : )

anónima

Anónimo dijo...

Propongo crear un club de anónimos, a fin de cuentas ellos dan vida a los blogs.

Anónimo dijo...

Perdón, he dicho "ellos", pero obvio que estoy incluid@.

Txomo dijo...

Con lo cómodo que está uno descalzo...

La reina de la miel dijo...

Evamar, tienes razón. Las prisas, a veces, son muy malas consejeras (para comprar zapatos, se entiende ;-))
Anónim@s vari@s, gracias por pasar por aquí.
Txomo, caray, ¡cuánto tiempo! Descalzo se siente uno libre, pero también se lastima el pie con las piedras, se mancha, se moja en los charcos, puede cortarse, pasa frío...Un zapato bonito y cómodo me parece mucho mejor.

Esthertxu dijo...

Te digo una cosa: no hay zapato perfecto.
Todos (pero todos toditos, eh?) tienen un "pero": o te engañan y parece que sí pero, al final de la fiesta, te sale la ampollita; o te juran que la relación calidad-precio (gran frase, ésta) está de fábula y acabas viendo que te han salido caros; o piensas que te van a conjuntar con todo y resulta que sólo te sirven para esa "ocasión especial" y poco más... en fin, que yo creo que nos "pone" cantidubi lo de sufrir en silencio. Y añadiendo siempre la coletilla "si son súper cómodos, te lo juro", que ya tiene guasa la cosa...
Un saludo!

Anónimo n dijo...

La metáfora está bien, y como la complementan muchos comentarios casi mejor.
Pero me pasa como a otro anónimo, que igual la idea de que unos pies deben ajustarse a unos zapatos, y viceversa, me resulta una perspectiva algo corta.

Si eres de los que creen que es mejor ir calzado, más te vale asumir que ni los zapatos serán siemre iguales ni tus pies dejarán de ir formando callos y, a lo peor, juanetes u otras deformidades. Si quieres estar siempre con unos mismos zapatos, aprende a moldear tus pies igual que se moldeen los propios zapatos. Porque solo de esa interacción y esa flexibilidad podrá surgir una relación verdaderamente duradera y fructífera.

Y si no, asume cambiar de zapatos de tanto en tanto, o incluso ir en rotación de varios en una misma temporada, según necesidades.

No se trata de aguantar lo inaguantable, pero tampoco de pensar que los pies de uno son perfectos y esperar que los zapatos se nos ajusten sin más, todo tiene sus procesos.
Y los roces o las ampollas no solo son necesarios, sino que a veces son muy recomendables para aprender a ser mejores...

Perdón por el tocho.

Saludos de otro anónimo.

La reina de la miel dijo...

Esthertxu, hija mía, a mí lo de sufrir en silencio como que no, ya no, vamos, intentaré que ya no más.

Anónimo último, estupenda asimismo tu contribución, gracias. No obstante, no se trata aquí de dilucidar si es más perfecto el pie o el zapato, o quién se tendría que adaptar a quién. No es eso. Yo también fui zapato jodido para alguien tiempo atrás y también hice sangre, en eso creo que estamos todos en el mismo carro y supongo que en mi caso ya cumplí con el contador kármico "donde las dan, las toman". Tan solo quise, digo, dejar constancia de una verdad de perogrullo que me negué a asumir con todas mis fuerzas: que si alguien no es para ti, da igual todo lo demás, da igual el empeño, la no aceptación, da igual todo. A ver si aprendo, coño.