domingo, 27 de junio de 2010

Todo, todo, todo está en los libros

En La Casa del Libro me dan tratamiento regio cada vez que entro. Y desde hace ocho meses entro mucho. Me extienden la alfombra roja, tiran pétalos a mi paso, ¿ha dormido Su Majestad bien esta noche?, y esas cosas. Lo normal, vaya, en alguien que lleva desde el año pasado dejándoles la mitad del sueldo en libros de autoayuda para conseguir echar algo de luz en el puñetero embrollo en el que vive.

Generalmente estos libros prometen más de lo que luego son capaces de dar. Se ve que también hay libros-olmo disfrazados de libro-peral -qué cosas-, pero quien la sigue la consigue, y a base de perseverancia, la recompensa suele aparecer. Claro que una nunca se espera encontrar lo suyo descrito con tanta exactitud en un libro que al parecer lleva por ahí circulando desde hace 25 años, con lo única que me creía yo en mi sufrimiento, vaya, como siempre tan egocéntrica...


"Tal y como indica cada historia presentada en este libro, las mujeres que aman demasiado provienen de familias en las cuales estuvieron sobrecargadas con responsabilidades inapropiadas [...] o se vieron sujetas a un caos peligroso, de modo que desarrollaron una abrumadora necesidad de controlar a quienes las rodeaban y a las situaciones en que se encontraban.
[...] Es inevitable que ella se involucre con un hombre que es irresponsable en por lo menos algunas áreas importantes de su vida [...], allí comienza la lucha de esa mujer por tratar de cambiarlo mediante el poder y la persuasión de su amor. Es en este punto inicial donde se presagia la posterior insania de la relación, cuando ella comience a negar la realidad de la misma [...] El sueño que ella tiene sobre cómo podrían ser las cosas y sus esfuerzos para lograr esa meta distorsionan su percepción de cómo son las cosas. Ignora o disipa racionalmente cada decepción, fracaso y traición en la relación.

[...] Al mismo tiempo que ese hombre la decepciona y le falla, ella se vuelve más dependiente de él en lo emocional. Esto se debe a que ella ya se ha concentrado totalmente en él, en sus problemas, en su bienestar y, lo que quizá sea más importante, en sus sentimientos hacia ella. Mientras sigue tratando de cambiarle, él absorbe la mayor parte de sus energías. Muy pronto ese hombre se convierte en la fuente de todas las cosas buenas en su vida. Si el hecho de estar con él no la hace sentir bien, trata de arreglarlo a él o a sí misma para que sí lo haga. Está demasiado ocupada tratando de que la relación funcione. Está segura de que si puede hacerlo feliz él la tratará mejor, y entonces ella también será feliz. Cada vez que él se enfada, ella interpreta esa reacción como su propio fracaso y se siente culpable, por no haber sido capaz de aliviar la infelicidad de él, por no haber podido rectificar las insuficiencias de su hombre [...]
En su desesperación, comienza a tener una intensa necesidad de discutir las cosas con su pareja y se producen largas charlas (si él acepta hablar con ella), pero en general no se tratan los verdaderos problemas.
[...] Las cosas empeoran. Pero como el hombre teme que ella se desaliente y se aparte de él, le dice que está equivocada, que imagina cosas, que la ama y que la situación está mejorando, pero que ella es demasiado negativa para notarlo. Y ella le cree, porque necesita creerle. Acepta esa opinión de que ella está exagerando los problemas y se aleja aún más de la realidad.
[...]Todos los sentimientos de ella son generados por el comportamiento de él [...] Incapaz de aceptar que él es como es y que sus problemas son de él, no de ella, experimenta una profunda sensación de haber fracasado en todos sus enérgicos intentos de cambiarlo [...] Siente que es la única que trata de que la relación funcione. Su sentimiento de culpa aumenta mientras se pregunta de dónde viene esa furia en ella y por qué no puede ser suficientemente digna de ser amada para que él quiera cambiar por ella, por los dos.
Intercambian promesas. Ella no lo fastidiará si él no [insértese cualquier conducta de él]. Ninguno de los dos es capaz de cumplir con el trato, y ella percibe vagamente que está perdiendo el control, no solo sobre él sino también sobre sí misma. Su respeto por sí misma decae en forma vertiginosa.
A esta altura, ella ya está tan consumida por esa amarga batalla que no le quedan fuerzas ni energía para otra cosa [...] Su relación ha pasado a ser su mundo entero"
(Extracto de "Las mujeres que aman demasiado", de Robin Norwood)


Conócete a ti mismo. Pero conócete para cambiar lo que impide tu bienestar, para eliminar pautas inconscientes repetidas, para dejar de una puta vez de autoboicotearte. Estoy acojonada con el camino que me queda por delante.

martes, 15 de junio de 2010

Cuando el zapato aprieta (Metáfora, claro)

Un día sales a mirar zapatos. Has visto unos días antes en un escaparate unos que te han gustado mucho, y ahora vas a probártelos a ver qué tal. Te apetece horrores volver a casa ese día con zapatos nuevos, hace mucho tiempo que no estrenas unos que te gusten de verdad.

Te acercas a la tienda. Ya de lejos escudriñas el expositor esperando verlos, no vaya a ser que ya se los haya llevado alguien. Pero no, por fin los ves: son preciosos, los más bonitos de entre todos sus competidores. No te lo piensas y entras de cabeza, se los señalas a la dependienta, pides tu número y esperas.

La chica vuelve con ellos, te los alcanza. Ahora que los ves de cerca te parecen aún más bonitos. Todo en ellos es perfecto, justo lo que andabas buscando, tu zapato ideal: la puntera no muy afilada, el tacón justo para no trastabillar, la piel -ah, la piel...- fina y bien terminada...

Te los pruebas. Inmediatamente te sientes más alta, más guapa, mejor. Te levantas y das unos pasos hasta un espejo: te afinan el tobillo, son elegantes...Hasta te sientes mejor con ellos puestos, más segura de ti misma incluso.

Das otro pequeño paseo por el local mirándote en todos los espejos a tu paso mientras la vendedora comenta lo bien que te quedan. Tú estás de acuerdo porque son -¿lo he dicho ya?- absolutamente preciosos y estás a punto de llevártelos, sin probarte ningún otro par, sin darte una vuelta por otras zapaterías, ¿para qué, si estos son lo más bonito que has visto nunca?

Aunque ya antes de entrar en la tienda tenías la intención de comprarlos, sigues no obstante dando vueltecitas de aquí para allá para seguir convenciéndote de que tu elección es la mejor. Se pisa muy bien con ellos, ya lo creo, no resbalan, el color va bien con todo...

Sin embargo hay algo que...Por favor, ¿puedes traerme un número más? Me aprietan un poco


No hay un número más, es una pena. Sólo quedan este par y el del escaparate, que es aún menor, lo siente, este modelo gustó mucho, se vendió muy bien.


Vaya.


(Así que al final no tenías un gusto tan exquisito)


La noticia te descoloca un poco. No contabas con esa eventualidad. Te da un poco de rabia porque ya te habías hecho la expectativa de que te los ibas a llevar. Te gustan tanto que dudas. A pesar de que te quedan pequeños, y ahora que estás de pie desde hace 5 minutos con ellos ya puedes notar claramente que te van a hacer daño, a pesar de eso, digo, dudas.


La chica nota tu debate interno. Te sugiere darlos un poco de sí en la horma. Hace maravillas, añade. Tú te ilusionas otra vez con la perspectiva. Claro, forzándolos un pelín se ajustarán a ti, esto es porque están nuevos, es normal. Te los quitas y puedes ver que ya hay pequeñas rojeces en algunas partes del pie. No pasa nada. Por supuesto te los llevas: se arreglará y serán los mejores zapatos de tu vida.

El resto de la semana los tienes en la horma. Los recoges impaciente para estrenarlos por todo lo alto el fin de semana. Al principio la sensación es claramente distinta, desde luego han dado de sí, pero cuando vuelves a casa esa noche tienes los pies doloridos, con alguna rozadura seria. No lo entiendes, si ya te quedaban bien, ¿cómo es posible que te vuelvan a hacer daño?

En las siguientes semanas visitas un par de veces más al zapatero. Accede a ponerlos en la horma de nuevo, pero desde su experiencia profesional te dice que corres el riesgo de que se rompan. Son así, y así hay que gastarlos, te dice, pero tú te resistes a rendirte a la evidencia.


Que esos zapatos no son para ti. Aunque te gusten muchísimo, no son de tu número. Te hacen daño.


La historia, no obstante, sigue unos meses más. Ante el temor a que la piel se resquebraje por la horma repetida, optas por usarlos igual y ponerte vendas en las heridas. Muchas veces incluso, previendo ya dónde te van a rozar, te pones la venda antes de la herida. Usar esos zapatos es un gozo estético y un tormento de dolor al mismo tiempo, pero tú no cejas en tu empeño, en tu ilusión de que algún día, a base de usarlos, dejarán de destrozarte, se amoldarán a ti y caminar con ellos será lo más confortable de tu vida...

Naturalmente no es así, no fue así. Si un zapato aprieta, no es tu zapato, da igual todo lo demás.

Recuérdalo para la próxima vez que te pruebes calzado...por cierto, ¿cuándo vamos de tiendas?

miércoles, 9 de junio de 2010

Breve tratado sobre la culpa. Y un cumpleaños.

En el idioma tibetano no existe ninguna palabra que pueda traducirse fielmente como "culpa". Este hecho sigue maravillándome igual que el día que lo descubrí. Mi esquema mental del mundo no podía asimilar que alguien no se sintiera culpable nunca, por nada, por nadie, seguramente porque yo me he visto atrapada en ese corsé muchas, demasiadas veces en mi vida.
Resulta que en el universo conceptual tibetano lo que sí existe es la ignorancia. Cuando algo sale mal, cuando alguien resulta perjudicado, cuando se comete un error lo que hay es desconocimiento: no se supo hacer algo mejor, se ignoraba el modo óptimo de actuar, no obraba la mala fe ni el deseo explícito de dañar o malograr, sino que faltaban herramientas para mejorar el resultado final. No hay culpa, pues: lo que pasa es que nos falta información.

La culpa tal y como la vivimos los occidentales es un concepto tremendamente egocéntrico. Asumimos la responsabilidad de las decisiones que toman los demás dando por hecho que tenemos todas las piezas del puzzle, creyendo firmemente que si nosotros no hubiéramos dicho, no hubiéramos hecho, dios mío, ¿qué he hecho? los demás, mansos, no habrían hecho, no habrían dicho. Como si ellos no fueran autónomos, como si sólo fueran espejos de nuestro comportamiento.

Como si no tuvieran ya una decisión tomada, hiciéramos nosotros lo que hiciéramos y suplicáramos lo indecible.

Lo que ocurre es que la información que nos faltaba tarde o temprano se desvela, generalmente por vericuetos inesperados. Y de repente nos sentimos idiotas -literalmente idiotas: centrados en nosotros mismos- por haber permitido que nuestra mente rellenara los huecos de la historia con datos y suposiciones de cosecha propia, y encima nunca a favor nuestro.

Entonces lo que fue pena mientras duró la ignorancia se torna indignación, y se echan de menos algunos valores que se daban ingenuamente por sentado: honestidad, valentía...cojones. Cojones para decir sin anestesia, a los ojos y de frente la verdad de la historia. Una verdad que habría servido para evitar meses de remordimientos, de espirales enloquecedoras de preguntas sin respuestas, de esperanzas inútiles que abrazaba, claro está, solamente la parte a la que le faltaba la información. Esa información.

Hay que ser ciertamente muy cobarde para permitir que alguien se hunda en la culpa más insoportable a sabiendas de que tan sólo con haber dado a tiempo esa pieza fundamental de información que le faltaba hubieran cesado la incertidumbre y el dolor. Una palabra tuya, como la canción, y habría amainado el tormento. Hace falta ser un mierda para hacer daño de esa manera a alguien que, al menos superficial y fugazmente, formó parte de tu vida.

"El saber os hará libres", sí. Duele la hostia encontrarse de frente con la información que nos faltaba, pulcramente enlutada, pero hay que ver cómo libera. Ah, pero entonces...¡joder, era por eso! De repente una losa de mil kilos sobre el pecho queda suspendida en el aire, todavía sobre nosotros, pero no aplastándonos. De un momento para otro te das cuenta de que llevas un tiempo que parece eterno sintiendo que has sido cruel e injusta con alguien, que has arruinado sin remedio lo mejor que tenías, sin ni siquiera contemplar la posibilidad de que la otra persona estaba siendo a su vez deshonesta contigo...

En fin. Desde la paz -o al menos, la ausencia de desesperación- que confiere el conocimiento, solo me queda una cosa por decir: si de algo he sido responsable, fue de pedirle peras a un olmo.

El cumpleaños es el mío. Hoy cumplo 38 preciosos años. Me autoregalaré un libro ilustrado de árboles frutales para no volver a confundir especies.

Ah, ¿alguien me ha echado de menos? :-)