martes, 20 de julio de 2010

Una vida con sentido, el sentido de la vida

Cuando abrí el libro y leí su primera página sentí que me iba a consolar mucho su lectura.Empezaba así y yo ya sabía de qué me hablaba:

Revoloteo de palo en palo

en una jaula cada vez más pequeña

cuya puerta está abierta, abierta de par en par.

Gyula Illyes

Poeta húngaro, 1902-1983


Thomas d'Ansembourg es un autor belga especializado en desarrollo personal y más concretamente en lo que Marshall Rosenberg acuñó como Comunicación no violenta, algo así como la panacea de la comunicación eficiente y honesta entre personas que realmente quieren entenderse. En este libro recién terminado y subrayado hasta la extenuación, Deje de ser amable, ¡sea auténtico!, propina bofetones del siguiente calibre:

"Así se desencadena la mecánica de la violencia en torno a la falta de comunicación:

Yo no te digo lo que verdaderamente vivo; tú no te pones a la escucha de lo que verdaderamente siento. Yo protesto; tú te asustas. Yo me rebelo; tú controlas. Yo me rebelo aún más; tú refuerzas el control. Yo exploto; tú reprimes...Oye, ¿no estás cansado de este juego perfectamente regulado desde hace siglos? ¿Y si nos escuchásemos?"


D'Ansembourg remata con algo, para mí, especialmente significativo: "¿Es necesario estar encolerizado, tener el pretexto de la ira, para lograr decir la verdad? ¿Por qué es tan difícil decirse la verdad con dulzura y benevolencia? ¿Somos tan minusválidos de la expresión que precisamos la energía de la ira para lograr decir lo que está en ebullición en nosotros?"

El epílogo de esta obra es uno de los más bonitos y conmovedores textos que he tenido oportunidad de leer últimamente:

"La violencia no es la expresión de nuestra naturaleza. Es la expresión de la frustración de nuestra naturaleza. Esta es mi hipótesis de trabajo. La violencia sirve para expresar nuestras necesidades cuando no son reconocidas o satisfechas [...] Cada vez creo menos en la maldad de las personas y cada vez creo más en el poder de la amargura de la gente que no se ha ocupado (o no ha tenido oportunidad de ocuparse) de su sufrimiento. Si pudiéramos expresar nuestras amarguras o nuestros temores, incluso los más secretos, los más tabúes, compartir o trabajar nuestras frustraciones, incluso las más inconfesadas, ¿no cabe pensar que podríamos coexistir con fuerza y fantasía sin agredirnos?"

Queda mucho por hacer. En realidad, queda todo por hacer: aunque la puerta de mi jaula esté abierta, yo apenas he empezado a vislumbrar que hay barrotes.