lunes, 21 de febrero de 2011

Fuera, dentro...¡fuera!

Mis deberes de ahora en adelante son expresar mis emociones en el momento en que se producen sin pasarlas por la razón. En estos asuntos de las entretelas la razón no funciona como un filtro depurador, sino todo lo contrario: la emoción, que nace limpia y sana, queda pringada de alquitrán y grijo cuando pasa por el colador sucio y lleno de mierda del intelecto. O se pone el colador en agua hirviendo y se le deja otra vez como cuando lo estrenamos –tarea que se me antoja casi imposible si no media una experiencia psicotrópica o un pepinazo en el hemisferio izquierdo- , o nos abstenemos de mancillar las emociones haciéndolas pasar por él, son las dos opciones saludables que se me ocurren.


Al ser para mí muy difícil dejarme ser con fluidez, permitir que salga espontánea mi verdad (¿acaso tengo vergüenza de mí misma? ¿y me he dedicado a averiguar resortes ajenos teniendo esto pendiente en mi propia casa??), necesito ayudarme con detonadores emotivos que propicien la salida de esta presión, como la música. Esta es la razón (siempre ella, la muy puta) de que no me conforme con melodías que solamente me gusten de un modo superficial, o con músicos que sí, bah, no están mal, a secas.


No. Yo necesito música que me haga sentir tan viva que parezca que voy a reventar de gozo mientras esas notas me traspasan. Necesito música a decibelios indecentes que me haga estremecer, quiero sonidos que me cubran y me sujeten como un amante con ganas, que me haga ser carne y sangre latiendo y gritos roncos. Que me haga Ser fuera de mi cabeza aunque sea durante los dos minutos que dura una canción.


Esto no lo consigue cualquiera. Por eso me cuesta tanto encontrar grupos como Muse, que me provocan orgasmos múltiples emocionales con apenas comenzar una línea de bajo o unas notas de piano. Desde que me acompañan soy mujer de una sola banda, me dan todo lo que necesito y estoy sobradamente satisfecha. Nunca soy más yo que saltando en un concierto suyo. Nadie que no me haya visto en un concierto suyo sabe en realidad quién soy.


Sin embargo, y aun siendo ellos el amante siempre dispuesto, me he dejado acariciar por otros, muy jovencitos, pero que a veces suenan a The Stone Roses y otras a Joy Division. Se llaman White Lies y a su contacto me he relamido. Como los perros ;-)



(Gracias a Zoant, el mejor buscador de oro sónico)

4 comentarios:

barbaria dijo...

Uno de mis pacientes, un hombre de 84 años que siempre siempre sonríe, me lo ha dicho más de una vez: las decisiones del corazón no se deben tomar con la cabeza.

La reina de la miel dijo...

Menos mal que me he dado cuenta antes de los 84...Ahora solo espero ponerlo en práctica antes de los 84. Besos, guapa :-)

Outsider dijo...

Las del corazón no se deben tomar con la cabeza... si tenemos presente que yo suelo tomar las de la cabeza con los pies, no quiero ni pensar con que tomo las del corazón.

Se tomen como se tomen... que no falte un buen vino y una guarnición.

Sad dijo...

Que grande eres reina...y tu exquisito gusto musical!.

PD: Y disculpa el atrevimiento de robarte el tercer párrafo, allí es donde me vi reflejado.