martes, 8 de febrero de 2011

Lo que sé de mí

Estoy redescubriendo mi carrera. A lo mejor ahora es el momento apropiado para retomarla. Estudié Psicología pero nunca me atreví a ejercerla, ni siquiera a intentarlo en serio, porque en el fondo de mí siempre supe que no escogí estudiarla para ayudar a nadie, sino para tratar de desenmarañarme a mí misma. Yo sabía, supe siempre que cuando daba mis consejos tan del hemisferio izquierdo, todo tan racional, tan sensato, fingía un orden interno del que carezco.
Sabía que no tenía ninguna autoridad para guiar a nadie cuando yo misma estaba totalmente perdida, lo supe siempre.

Una siempre sabe esas cosas. Uno no puede engañarse a sí mismo a niveles tan íntimos.

El camino me ha traído hasta una disciplina de la que no me hablaron nunca en la carrera (en la facultad también creen que se engañan a sí mismos, pero seguro que en el fondo saben lo que hay. No les culpo: es jodido admitir la indefensión propia) Se llama Análisis Transaccional y lleva 30 años por ahí rodando. La premisa básica es escueta y durilla, pero preciosa por el canto a la libertad personal que ofrece. El resumen de todo es que nuestra esencia básica, nosotros mismos estamos bien y sanos, pero tempranamente adquirimos roles autolimitadores que desarrollamos mediante juegos no necesariamente divertidos durante toda la vida. Nos convertimos así en princesas y príncipes encantados, con aspecto de sapo, saliendo a escena noche tras noche a representar ese papel que tan de puta madre nos sale, de tan ensayado. La función durará mientras no nos cansemos del papel. O no nos molestemos en buscar otro, claro. Pero no es obligatorio seguir en ese papelucho toda la vida, eso lo decidimos creer nosotros.

No fui feliz de niña. Mejor dicho, ya no recuerdo cuándo fui niña: creo que lo fui pero desde luego por un tiempo insuficiente. No podía permitirme seguir siendo niña en un entorno emocionalmente caótico: alguien tenía que poner orden en aquel sindiós que tanta pupa me hacía y de alguna forma se decidió que fuera yo. Es que esta chiquilla es muy lista. Esa fue mi maldición. Mi niña interior murió antes de poder dar lo mejor de sí misma, y apareció en su lugar una figura absolutamente contra natura, un pequeño proyecto de adulta cagada de miedos y tensiones que fingía templanza y buen criterio mientras a su alrededor las figuras que debieran haberla protegido se comportaban como auténticos cretinos. Cuando sentía ganas de llorar a gritos, me tapaba los oídos. Cuando lo que quería era matarlos, les sentaba cátedra para que se abochornaran de su conducta. ¿Pero a quién habrá salido esta cría? ¡Hay que ver qué sentido tiene!

Ahora ya no siento tanta rabia, lo hicieron como supieron, como se lo dictaban los guiones de sus papeles. No puedo culparles porque no sabían lo que estaban haciendo. Yo tampoco lo sabía.

Esta doctora Ochoa en miniatura creció –poco, la verdad- y escogió Psicología sin pestañear. No fue casualidad, claro. Estaba como loca por conseguir alguna respuesta para mis propias preguntas, porque mi papel, el rol adquirido de pequeña para sobrevivir y ya bien ensayado a esas alturas de la adolescencia, conllevaba el agotamiento extremo de estar todo el rato contestando las preguntas de los demás, incluyendo las que nadie me había hecho y las que no querían ser contestadas. La vida consistía para mí en explicar el Mundo por cojones para no sucumbir al caos, y por supuesto me esforzaba en encontrar respuesta siempre para todo. A veces incluso hasta acertaba y eso reforzaba aún más el personaje que me había hecho a pulso. El que siguiera sintiendo el mismo malestar en el plexo solar, con respuestas o sin ellas, no importaba. Había que seguir razonando, hasta las últimas consecuencias.

Me convertí en adulta sin haber dejado vivir a la niña, pero la niña está ahí y se revuelve en su mordaza. Dice el Análisis Transaccional que el sufrimiento psíquico, la patología neurótica incluso, viene de seguir dando las mismas respuestas viejas de aquellos roles lejanos en situaciones nuevas, y es muy cierto. Mi papel me empuja una y otra vez a controlar, justificar, explicar, diseccionar, razonar y dar sentido a todo, tan solo porque una vez, hace muchísimo tiempo, fui una cría asustada que no entendía nada de lo que la rodeaba ni mucho menos le gustaba. Resulta que tengo una niña abandonada a mi cargo, y yo sin enterarme. Como diría la apreciada PazzaP, es bueno saberse.

7 comentarios:

PazzaP dijo...

Conjugemos el verbo que mejor le cuadra a lo que hay: resulta que ya te has dado cuenta de que tu niña estaba abandonada; luego ya no lo está por mucho que todavía no tengas claro qué harás con ella. Y hasta que lo averigües no me cabe ninguna duda de que si algo no padece tu niña es abandono.

Más que nunca antes puedo decir que yo soy tú. Si bien en lo anecdótico quedemos un poco distantes, en lo emocional la gemelidad es un hecho.

Es bueno saberse si lo que se sabe se ama por entero. Bajo la ley de la transformación, nada es definitivo, pero el amor ha de ser una constante.

Outsider dijo...

¿Como que no has ejercido?, el problema es que tu único paciente (tu) no te paga. ;)

Capazorros dijo...

¿Análisis Transaccional? Tomate unas cuantas mahous en el bar más cercano y sé feliz.

Gaearon dijo...

Hasta donde yo sé, nadie es buen terapeuta de sí mismo.
Besitosss

PazzaP dijo...

Ni malo tampoco, Gaearon. Todo se reduce como siempre al nivel de consciencia que se tenga. O si lo prefieres, al grado de ignorancia que le posea a uno; dicho tanto una como la otra en el sentido más amplio del término.

El que se curra la "autoterapiedad", por así decir, en una línea constructiva bien enrraizada en la tierra y abierto el corazón a la otredad, tiene buenas cosechas del sí mismo.

Mar dijo...

Lo bueno de reencontrarse con la niña interior es que ya nunca te dejará marchar.
Yo hace poco que supe de ella y ahora la visito de vez en cuando, la cojo en brazos y me la llevo a ver mundo. El otro día hicimos un viaje maravilloso las dos juntas, luego dejé que apoyara la cabeza en mi hombro y la abracé largo rato.
Es maravilloso saber que ella no nos abandonó a nosotras, que nos espera, que atenderemos con amor todos sus reproches y su enfado.
Es curioso, Reina de la Miel, creo que somos muchos/as que estamos despertando del mismo sueño.
Un abrazo,

La reina de la miel dijo...

Muchísimas gracias por contarme esto, Mar. Tenemos que ser muchos cuando en la librería me dicen que siempre han de tener un ejemplar de "El drama del niño dotado y la búsqueda del verdadero yo" porque no paran de venderlo :-)