sábado, 30 de abril de 2011

Envidia

Sólo por si no lo saben, les digo que hay por ahí caminando sobre la tierra un tipo que escribe unos microrrelatos inmensos (aquí es donde va la paradoja que se quiere hacer valer y eso). En mis sueños, donde apoyada en barras de bares garrapateo argumentos de cuentos en servilletas de urgencia, no le voy a la zaga a este fulano en cuanto a creatividad, exquisitez argumental y perfección redactora. Pero en cuanto abro los ojos y me despierto -¿o es al revés?- me encuentro con la putada de que a) no recuerdo ni por lo más remoto cuál era la idea que me había visitado mientras soñaba y que iba a ser el germen del mejor cuento de la historia, y b) este individuo del que les hablo tiene las mismas ideas que yo, pero en la vigilia, con lo que no solo las ha plasmado ya en papel, sino que el muy boludo hasta las ha editado.

Este indeseable se hace llamar Raúl Brasca y le odio con locura.


AMOR I
A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras, muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado. Somos felices.

AMOR II
Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me estremece, lo atribuye a sus muchas palabras. Cuando mi cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor.
Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.

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