martes, 21 de junio de 2011

Tal como éramos

Nunca pudieron, ni jugando, ser dioses para nadie
Teodoro Herranz






Además de observar a los perros, me gusta mucho mirar a los niños. Los pequeños, los de menos de 4 o 5 años. La playa, una vez más, es un lugar privilegiado para ver lo que Somos y compararlo con lo que nos han hecho ser después.

Cuando me fijo en los niños, me centro también en observar a sus madres. A los padres, si los hay, también, pero sobre todo a sus madres, porque las madres son la causa y la raíz de todo. La mano que mece la cuna es la mano que domina el Mundo es una frase global, redonda, esperanzadora y al mismo tiempo aterradora. Porque el niño llega a un Mundo que tiene infinitos caminos y es la madre la que decreta cuál es el adecuado, tanto la madre serena como la desquiciada. Se perpetúan así cadenas de jaulas mentales y emocionales, se crean monstruos donde al principio había –estoy segura- ángeles, se malogran existencias que podían haber sido Vidas.

Las madres que ignoran arrastrar la bola que sus propias madres les ataron al tobillo, creen que eso es lo que han de transmitir a sus hijos. Los niños que crecen bajo la sombra de una figura bicéfala, que tan pronto ofrece su protección como su desequilibrio, asocian desde demasiado temprano el amor con el miedo, crecen con un suelo bajo sus pies que se hunde sin previo aviso, en el momento más insospechado, se hacen funambulistas sin vocación, por pura supervivencia. Y como eso es lo que conocen, eso es lo que ofrecen al Mundo después, en una repetición estéril y lamentable. Esas madres no lo saben, pero el mensaje que han transmitido a conciencia es que quien te ama puede aniquilarte, como yo misma, ¡ataca, huye!.

Me fijo en el niño cuando es puro, cuando alberga todas las posibilidades (¡dios, todas!), y me pregunto cuántos de esos niños serán encerrados en poquísimo tiempo en la cárcel de los terrores, las vergüenzas, las culpas ajenas; me pregunto si alguno de ellos, en algún momento futuro, se dará cuenta de que esa cárcel no es suya, que se la impusieron por su bien, que mamá hace daño sin saberlo pero ya no dependen de ella para sobrevivir, que ya no hay nada que temer como entonces. Que ya pueden dejar de manotear desesperados y abrazar la Vida.

Me gusta mucho mirar a los niños porque apenas me recuerdo siendo Yo antes de que estrecharan mi esencia con miserias heredadas, y necesito modelos válidos. Me pregunto también muchas veces si tú te recuerdas siendo Tú. Nunca fuimos más hermosos que entonces, ¿lo recuerdas…?

3 comentarios:

PazzaP dijo...

Haciendo una respiración holoscópica conecté con la alegría genuina de mi niña; de unas risas y una cachondez que no estaban empañadas por terrores; una que ya había olvidado haber tenido.

He recuperado un lazo inestimable por el que trepo bien desde el océano de mis tristezas a tierra firme, para secarme al sol cuando quiero.

CMQ dijo...

En la esencia no he cambiado tanto... básicamente sigo siendo una salvaje, un alma libre.
Lástima que el resto no se entere, así me va... ;)

beyders dijo...

Huy, pues coincido con usted, salvo en que suelo centrarme más en los padres (léase padres como sinónimo de progenitores, que no quisiera yo centrarme únicamente en la figura masculina). Los observo, los estudio, intento adivinar cómo van a reaccionar ante cualquier movimiento del niño. El resultado es que casi siempre me sorprenden. Raro es el padre que reacciona como lo habrían hecho los míos conmigo o como lo habrían hecho los padres de cualquiera de mis amiguitos.

PD: he visto a un grupo de padres aplaudir a una señora por tener la intención de ir a la universidad de su hija de 19 años a montarle un pollo a una profesora. Es que le había suspendido un trabajo por no presentarlo a tiempo. La profesora era calificada como "la puta ésa que ha suspendido a mi niña".
Son unos psicópatas

(Soy Mara Jade Garland. No me deja comentar con mi identidad)