jueves, 24 de noviembre de 2011

Primera conjugación

Aceptar.
Confiar.
Expresar.

Soltar.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Actriz de método

Una tarde al sol en el puerto, oí una voz.
Alta y clara, me hacía una pregunta:
"¿cuándo fuiste realmente honesta con tus sentimientos?"
La voz era yo misma.


Un día me dí cuenta de que llevo la vida entera creyendo que el personaje que me hice para protegerme es mucho mejor que lo que soy en realidad. Me lo creí totalmente, hasta el fondo del alma. Convencimiento absoluto de que el papel valía más que la intérprete, que tenía más matices, que era más interesante.Que querrían muchomuchomucho al personaje y despreciarían a la persona.

El día en que me dí cuenta de esto fue hoy. Abro las manos y no se cae nada al suelo, porque están vacías. A estas alturas de la película -nunca mejor empleada la expresión- tampoco sé ya si son las manos de la actriz o de su máscara.




miércoles, 9 de noviembre de 2011

Y a mí, ¿quién me analiza?

Gracias a CMQ y AN por recomendármelos en mi petición de canciones alegres. Esta letra ha llegado directa a la torre de control.



Me cortaron las alas,
con esmero y meticulosidad
Y me vistieron con un frac
a analizar, con tesón,
las desgracias de los demás

y a crear la solución
y vendérsela aprisa
Y a mi, ¿quién me analiza?

No más Myolastan,
no más Doxilamina, no más
Hoy empieza mi nueva vida
Voy a cambiar el final, a volver a volar
(It’s your turn)

No más Myolastan,
no más Doxilamina, no más
Hoy empieza mi nueva vida
Voy a cambiar el final, a volver a volar
(Ya no hay nada que me lo impida)

Recibí condolencias,
expresiones de lástima y pesar
Y aún no lo entiendo la verdad
Si al final, un error
Nos trae la felicidad
Y un desliz la ocasión
Para hacer que en la vida
Haya más de una salida

Pueden pensar que si no me arrepiento
Al instante, un gran muro de cemento
Cerrará mi camino a las puertas del paraíso

sábado, 5 de noviembre de 2011

Mon petit Golem

Golem: en el folclore medieval
y la mitología hebrea,
un ser animado fabricado
a partir de materia inanimada



Se comienza por buscar un despertador o un cronómetro, que se pone al alcance de la mano, en una habitación donde se esté solo y en calma, sentándose de la manera más confortable posible. Se pone el cronómetro para que suene a los quince minutos. Se toma la pasta o arcilla y se la amasa hasta formar una bola. Es preferible que la materia, un poco fría al comienzo, resista a la presión de los dedos. Al cabo de alrededor de tres minutos, se cierran los ojos, se instalan bien las nalgas en una silla o en el suelo y se comienza a modelar una figura. Los ojos permanecerán cerrados hasta la finalización del trabajo.

Por la cabeza pasa una multitud de pensamientos. "¿Lo voy a hacer bien? ¿Estaré a la altura?" A la altura de qué, no se sabe. Se debe aprovechar la relativa oscuridad que dan los ojos cerrados para dejar que los dedos, que saben lo que deben hacer, se muevan y modelen a su antojo. En mis grupos he notado con frecuencia que, hacia el final, las personas no pueden dejar de levantar la cabeza para verificar, a través de los párpados, qué aspecto tiene lo que está entre sus manos. Quedan confusos y se ponen a estirar el muñón del modelado para hacer aparecer la pierna o el brazo que faltaban. Por supuesto, más vale tener el coraje de saber lo que se intenta esconder. Más vale mostrarse sin piernas antes que estar tan rígido que se camina como un pájaro mecánico.

Cuando suena el cronómetro se abren los ojos. La emoción es inmediata. Sí, he dicho la emoción. Si se es sincero, no se puede permanecer indiferente ante su criatura. A veces el corazón se encoge, tan pesado parece el sufrimiento para ese minúsculo cuerpo de arcilla. El rostro no tiene rasgos, es una bola o un vago óvalo y, no obstante, no conozco nada más expresivo que esos cuerpos que se modelan cerrando los ojos.

[...] La ternura y la compasión suben a los labios, como si se viera al propio doble de repente sin defensas, descubierto y vulnerable. Es el niño que a veces se ha sido y que ha sido herido y al que ahora querríamos consolar. Uno se da cuenta de que solo se trata de una efigie frágil y provisional, pero no puede dejar de reaccionar así.
Thérèse Bertherat, La guarida del tigre, pp. 113-116




martes, 1 de noviembre de 2011

En crudo

¡Buf, cuánto me echo de menos a mí misma...!