lunes, 23 de enero de 2012

Dogma eres y en Dogma te convertirás (aunque no quieras)

Seré sincera: la primera intención era escribir sobre Drive poniéndola a caldo por inverosímil y absurda, pero ahora resulta que me pongo a ello y he tenido que borrar tres o cuatro intentos porque en ninguno estaba siendo honesta conmigo misma (huuy, qué raroooo, deshonesta yo con mis sensaciones, fijeseusté)

A medida que la película iba avanzando me asaltaban muy diversos conceptos, y ninguno bueno. Uno era "actores autistas"; otro, "guión inexistente"; también sobrevolaba por ahí "clichés rancios por un tubo". Pero la idea más inquietante que se me abría camino en el celebro era "tufillo Dogma"...¿Dogma?? ¡Pero si está ambientada en Los Ángeles!

Si hay un director que me rechina es Lars von Trier, quien me cortocircuitó -palabro- las neuronas ya con Rompiendo las pelotas olas. Ni siquiera tuve que ver Dogville entera para detestarle completamente: me di el gustazo de largarme  al cuarto de hora de empezar el bodrio de una sala repleta de gafapastas entregados. Este individuo me dejó tan afectada que por su culpa he visto unas cuantas películas Dogma más con predisposición negativa, y me ha desarrollado el olfato: detecto restos de la escuela nórdica hasta al otro lado del Atlántico.

Efectivamente, al tal Nicolas Winding Refn, el director danés (¡oh, sorpresa!) de esta obra de culto del noir contemporáneo (a mí que me registren: no lo digo yo) se le nota el haber sido alumno del otro mochuelo: esos silencios tan densos y esa expresividad facial propia de un coma profundo solo pueden ser de factura escandinava. Le honra, eso sí, haber mandado a la mierda a su ex-maestro públicamente en Cannes, pero, ay, me temo que la impronta le ha quedado ahí, de todos modos.

Sin embargo, a pesar de estos antecedentes tan poco halagüeños, tengo que admitir que el engendro tiene un no sé qué que qué se yo. Visualmente engancha: tal parece estar viendo un videoclip de los mejores años ochenta. El montaje de las imágenes y los encuadres tienen una rara finura, tratándose como se trata de temática de cine negro y estando la cinta llena de personajes de poligonerismo exacerbado. Hasta en la escena más violenta de la película -y sí, aseguro que es muy violenta- hay, ¿cómo decirlo?...lirismo.

Hay sobre todo un elemento que no deja indiferente: la banda sonora, que encaja como un guante perfecto en cada secuencia, desde los mismísimos créditos iniciales. Sonidos puramente ochenteros sincronizados con la estética urbana y macarra de la historia.Una banda sonora sencillamente hipnótica.



Hay otro elemento que no deja indiferente: Ryan Gosling. El superñoño de El diario de Noah y ex-jovenzuelo del Club Disney, con esa cara tan americana de rubio atontolinao, luce como nadie la cazadora bomber más chuloputas de la historia del cine. Véase:


Dicen que cuando Lola Flores actuó por primera vez en Nueva York, la crítica de The New York Times fue: "No canta. No baila. No se la pierdan". Lo mismito, lo mismito que Drive, oigan.