sábado, 20 de octubre de 2012

El lobo ¿feroz?

Hace mucho tiempo que no enciendo la televisión. Ha sido una medida excelente de depuración mental y no la echo de menos en absoluto, pero sí añoro la publicidad. La buena, la que remueve el alma, la que va más allá del producto. En esos anuncios-joya, el producto es lo de menos: el publicista tiene vía libre para expresarse y demostrar su valía, el anunciante queda encantado con que se haga algo tan precioso para representar su mercancía y el target, nosotros, aprendemos, recordamos, reconocemos o incluso negamos, incómodos, algo muy profundo, muy nuestro, muy humano. Porque los buenos anuncios, los anuncios de los que estoy hablando, se dirigen a lo más humano que hay. Aunque parezca que las decisiones se toman con la razón, el publicista realmente bueno sabe que eso no es cierto, que realmente el motor de la decisión, lo que está detrás e inclina la balanza, es la emoción.

De los anuncios-joya que ahora mismo se me vienen a la cabeza, no recuerdo ninguno que no sea de coches. Uno de los más antiguos que me impactaron fue este, que marcó -creo- un hito en la historia de la publicidad en cuanto que el producto de venta no se mostraba por ningún lado: tan solo se vendía la idea, el concepto, de la manera más simple y minimalista posible. Con este anuncio empecé a amar la publicidad.



Generalmente estos anuncios no se andan con paños calientes. Dan donde duele, donde conmueve y remueve. Conocen el alma humana al detalle y atacan los puntos débiles del objetivo, bien sea la angustia del tiempo perdido o los deseos reprimidos del Ello.

Hay un spot en particular que me pone la piel de gallina cada vez que lo veo, o mejor dicho, que lo oigo. Es una obra maestra en miniatura, una pequeña gran genialidad concentrada en unos segundos. Una belleza.


Por todo esto a donde yo quería llegar es a este otro anuncio que me pasaron hace tiempo. Admito que no sé cuál es el producto que publicita, pero es que tampoco me importa. No se puede contar más con menos. Que levante la mano el que no se reconozca, al menos un poco, aunque sea alguna vez en su vida. Humanos, demasiado humanos...



domingo, 14 de octubre de 2012

Qué cojones

Cinco meses con la casa cerrada. Alquilé un pequeño apartamento, mono, coqueto, pero no me encontré en él, no entraba en él con ilusión, con sensación de confort. No me apetecía mucho amueblarlo y dedicarle tiempo.

Aquí lo que hace falta es airear y una buena limpieza general de tanta porquería acumulada por las esquinas.

Vuelvo a casa, qué cojones.